Reflexiones sobre la campaña rosa

Pedro J. Chamorro B.

En una época, no muy lejana por cierto, hasta los primeros pasaportes “revolucionarios” eran pintados de rojinegro, colores que incluso llegaron a sustituir al azul y blanco de la Patria en los edificios públicos. Todo parecía haber dado paso a una revolución vestida de esos colores, que hoy extrañamente vemos escondidos en la propaganda electoral, agazapados detrás de un rosado intenso y el amarillo de una flor girasol.

Las pobres palmeras que adornan nuestra capital no pudieron protestar, cuando en un acto de lesa-natura, las pintaron de rosado “Pepto Bismol”. Así, en la mente de los expertos en propaganda el color de la inocencia quinceañera es asociado subliminalmente con Daniel.

Imagínense por un momento que las palmeras hubieran sido pintadas en los colores oficiales del Frente Sandinista, el rojinegro, ¿qué efecto hubiera tenido tal acción? Sin ser un experto en botánica, ¡es posible que se hubieran secado!

El récord del rojinegro es demasiado grotesco como para andarlo enseñando demasiado. Podría ahuyentar a la gente, piensan los expertos de la campaña rosa, porque es asociado con cosas no agradables para la memoria, entre otras: guerra, escasez absoluta, represión sistemática a los derechos humanos, confiscación, exilio, censura de prensa, servicio militar obligatorio, llanto de madres, el culto a la violencia, asonadas, hiper-inflación, racionamiento y muerte.

Pero la memoria de los pueblos es efímera, aseguran con razón los expertos, así que unos colores alegres —como el de la Pantera Rosa— terminan de borrar los recuerdos y convencer a la gente inocente, de que ha ocurrido un genuino cambio, máxime cuando se les promete la entrada a la “tierra prometida”, si primero entran a la “convergencia”.

Es probable que así como han ido borrando poco a poco el rojinegro de la propaganda electoral, sufran pronto de amnesia colectiva al cantar su propio himno, cuando llega la parte que dice “luchamos contra el yanqui, enemigo de la humanidad”.

Seguramente pensarán que esta estrofa no es conveniente en estos momentos tan difíciles de tensión mundial, más bien resulta totalmente desafortunada y se podría “mal interpretar”. Es posible, incluso, que haya llegado el momento de la supresión oficial de su himno partidario.

Tampoco sería muy oportuno, cuando en la campaña debatamos sobre los planes de educación y alfabetización, sacar el libro básico de lectura de los años 80, “Los Carlitos”. Este folleto de alfabetización enseñaba a todos los niños de Nicaragua a contar con granadas y fusiles, y les inculcaba el culto a la personalidad de los nueve comandantes de la “Dirección Nacional”, la cual dicho sea de paso, tenía su apellido: “Ordene”.

Los verdaderos colores se esconden agazapados en un rinconcito de la pancarta, a la espera de mejores tiempos, en que la pantera rojinegra pueda asomar sin desempolvar demasiado la memoria. De todas formas, muchos, quizás la mayoría de los electores, ya no la tienen, porque eran muy pequeños o no habían nacido cuando los nicaragüenses vivimos en “la tierra prometida”, donde “corrían los ríos de leche y miel y el amanecer dejó de ser una tentación”.

Cierto que entonces no le llamaron así, pero sí fue una revolución prometida, que se convirtió al poco tiempo, en la revolución perdida, que duró toda una década, igualmente perdida.

El autor es presidente de INIFOM  

Editorial
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