En vísperas del viaje sin retorno

Adolfo Bonilla

Hay tantas cosas que se pueden hacer —sin tener que pensar mucho y sin que cueste tanto—para mejorar un poco la vida de las personas de la “Tercera Edad” en sus postreros años en esta Nicaragua cruel. Sólo basta tener un poquito de buena voluntad y esfuerzo, y no únicamente de parte de los funcionarios del Gobierno, sino de los diversos ámbitos de la sociedad, tales como la empresa privada, el transporte, el comercio, etcétera.

Cada uno de estos sectores podría hacer algo en este sentido; por ejemplo, en países desarrollados hay asientos en las unidades de transporte colectivo reservados para este segmento de la población (sin mencionar el respeto, la paciencia y el espíritu de ayuda de los conductores y pasajeros); en los Estados Unidos, el pasaje de autobús es como el 10 por ciento del valor corriente; en los restaurantes o comiderías se ofrecen platos de comida a menor precio; en las tiendas hay precios especiales para estos ciudadanos (ya existe algo de esto en algunos cines y en el Supermercado La Fe).

En este tipo de nación los sindicatos consiguen —por medio de contratos colectivos de trabajo— beneficios significativos para los empleados que se jubilan, el problema es que aquí poca gente se preocupa por estos prójimos, sabiendo que todo mundo llega a esa edad (a menos que se muera antes de su jubilación). Sólo la clase capitalista o similar no se preocupa porque se “prepea” de antemano. Tiene mayor visión, proyección y posibilidades.

En países como Nicaragua casi nadie piensa en sus semejantes, ni siquiera cuando se ocupa un puesto que debería estar al servicio de los demás. A nadie en estas estructuras se le ha siquiera pasado por la mente ir previendo un seguro de desempleo, que es una base fundamental no sólo para proteger la economía familiar, sino que también para mantener cierto grado de estabilidad de la economía nacional. Ya hubiera sido hora de diseñar algo en este sentido, en el entendido de que tomará algún tiempo para que se extienda en todo el territorio, pero ya debería haber comenzado su planificación.

Nadie (con capacidad de generar resultados) mueve un dedo ni dice “pío” para que las pensiones de los jubilados recobren su verdadero valor, menoscabado en 50 por ciento en un período de cinco años. Todo lo demás actualiza su valor, menos los sueldos, salarios y pensiones de los trabajadores. Además, existe un contrasentido increíble: a los empleados afiliados al Seguro Social se les suprime para siempre sus derechos de atención a la salud al instante de jubilarse. Esto podría interpretarse como una medida drástica para que toda esta gente se muera más rápido y el Estado ahorre.

¿Qué se tiene que hacer para que se le haga justicia a estos seres humanos que en una época fueron pilares de la economía del país? No es cuestión de hacer propaganda política partidaria, sino que es una obligación de los que se mueven en las esferas superiores de la sociedad tratar de servirle al pueblo, de hacer algún esfuerzo para beneficio real de los que los mantienen en eso puestos.

Cada vez y cuando algún jubilado clama en este desierto nicaragüense, tratando de llamar la atención de los que están en los centros de poder, esperando que algún día se comprenda la tragedia crónica que sufren los que se encuentran en víspera del viaje sin retorno. ¿Habrá alguna esperanza de que en el futuro cercano algún gobierno honestamente se interese en hacer más placentera la estadía de los “adultos mayores” en sus últimos días de vida terrenal? El escepticismo cunde y lesiona en lo más profundo a esta casta de venerables ancianos.

El autor es periodista  

Editorial
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