El organismo de observación electoral, Ética y Transparencia, alertó el miércoles de esta semana sobre la escalada de violencia que hay en la actual campaña electoral. “Vemos con preocupación tanto el escalamiento y gravedad de las quejas presentadas, como el régimen de impunidad en que éstas caen, generando una peligrosa espiral. Consideramos pertinente enfatizar el papel primario de los candidatos y los partidos en condenar la violencia e inculcar el respeto a la opinión ajena entre sus simpatizantes”, aseguró Ética y Transparencia en un comunicado que dio a conocer el miércoles de esta semana.
Por su parte el Centro Carter, que es uno de los organismos internacionales que observa el proceso electoral de Nicaragua, en conferencia de prensa que celebró el mismo día señaló que: “Sabemos que la campaña puede calentarse. Urgimos que los candidatos presenten sus programas sin recurrir a la campaña negativa y rechazamos en forma absoluta cualquier ataque violento o amenaza en contra de un ciudadano por sus opiniones políticas”.
En realidad, esta vez la violencia ha sido —hasta ahora— menor que en las campañas anteriores; sobre todo respecto a la de 1990, cuando la decisión del electorado era entre continuar bajo el régimen sandinista o reemplazarlo con un gobierno democrático. Sin embargo, en la campaña que está en desarrollo la polarización y la pasión política son casi tan extremas como en 1990, y además, el empate que hay entre liberales y sandinistas y las desconfianzas de estos dos partidos sobre supuestos fraudes que el uno podría hacer contra el otro, así como la débil credibilidad y autoridad del Consejo Supremo Electoral por su partidarización a consecuencia del pacto libero-sandinista, justifican plenamente las exhortaciones de los observadores a tomar medidas para impedir que haya más conatos y estallidos de violencia .
Al respecto, es necesario recordar que según el eminente neurólogo y psicoanalista alemán Sigmund Freud (1856-1939), la civilización humana comenzó cuando el hombre primitivo arrojó el garrote al suelo y, por primera vez, insultó verbalmente a su enemigo. Sin dudas que desde entonces la civilización, la cultura, el derecho y la convivencia pacífica de los seres humanos avanzaron notablemente. Sin embargo, la naturaleza humana primitiva y violenta de las personas aflora de vez en cuando, particularmente cuando se combinan determinados factores históricos, sociales, políticos y psicológicos. Esto ocurre inclusive en países adelantados, pero sobre todo en las naciones atrasadas, como Nicaragua, donde con frecuencia se recoge el garrote que arrojó al suelo el hombre primitivo de Freud.
Precisamente por ese atraso cultural es que aquí la campaña electoral no es una fiesta cívica, sino una continuación de la guerra por medios políticos. La lucha política es polarizada, apasionada e intolerante. La propaganda no se hace para lograr el reconocimiento de los ciudadanos a los méritos del candidato, sino para denunciar los vicios —reales y supuestos— de los oponentes. La campaña no es para convencer a los indecisos, sino para exaltar los ánimos de los propios partidarios y hacer que odien al adversario y lo consideren como un mortal enemigo. Y todo esto lo condiciona y agrava al mismo tiempo el hecho de que la ley no establece rigurosos requisitos de integridad para los candidatos a ocupar los cargos de elección popular.
Desafortunadamente esta realidad no es posible cambiarla, por ahora, pero sí es posible atender las recomendaciones de los organismos de observación electoral, de que los partidos políticos y los candidatos cumplan su “obligación ineludible (de) promover entre sus partidarios la observación a la cordura, respeto, tolerancia, la paz y todos los derechos que la Ley Electoral confiere”.
Pero no sólo por la bienandanza del proceso electoral es que los partidos políticos y los candidatos deberían atender esos sensatos llamados. Es que, además, la nación no podrá salir de la miseria y del subdesarrollo mientras los estamentos políticos no hagan y cumplan un acuerdo permanente de respeto mutuo, de tolerancia, de convivencia en la libertad y para motivar la dedicación al trabajo, que es lo único que enriquece a las personas y a la sociedad, y hace crecer la condición humana.