La epopeya de Zeledón

J. Aníbal Gallegos

Eran las 5 de la mañana del 4 de octubre de 1912 cuando arreció la artillería enemiga, las ametralladoras ladraban como perros rabiosos. El general Francisco Benjamín Zeledón Rodríguez, dormitaba en una hamaca colgada del baptisterio de la Parroquia de la Asunción de Masaya. Masaya cayó ante la lucha combinada de los dos ejércitos sitiadores, conservadores y norteamericanos.

Ese día se desató un terrible enfrentamiento hasta que el coronel Isidro Díaz Flores —quien por órdenes del general Zeledón se hizo cargo de la colina del Coyotepe para detener desde esa importante posición un tren militar con refuerzos de infantes de la Marina de los Estados Unidos, que tenían que pasar cerca del lugar rumbo a la ciudad de Masaya— quedó sin un cartucho en el fusil. Sorpresivamente, en ese momento se le presentó el jefe norteamericano, teniente Boctle, quien lo increpó y le reclamaba que se rindiera, la contestación del coronel Díaz fue: “Mi deber es defender la soberanía y disparar hasta el último cartucho”. En ese instante fue hecho prisionero y conducido a la cárcel de Masaya, de donde, según la historia, se fugó cuando ya había pasado la contienda bélica del año 1912.

Narra “Nidos de Memorias”, que a eso de las diez de la mañana, ya rotas las líneas telefónicas, por el oriente grandes cantidades de enemigos se precipitaron por las calles de Masaya, fue entonces que el general Benjamín Zeledón, decidió romper línea de fuego con su Estado Mayor para dirigirse hacia Jinotepe, adonde había una fuerte columna al mando de los generales Horacio Portocarrero y Marcelo Castañeda, los que días antes habían sido derrotados, “sin darnos cuenta por estar estrechamente sitiados”, dice Hernán Robleto en “Nidos de Memorias”. Al observar la terrible presencia de los yanquis posesionados de la fortaleza del Coyotepe —sigue narrando Hernán Robleto en “Nidos de Memorias”— le entregué al general Zeledón los binoculares, y al constatar la realidad se los quitó rápidamente, abrumado, y fue entonces cuando pronunció estas históricas frases: “Ellos no tienen la culpa, sino los que los llamaron. Pero nosotros hemos salvado el honor de Nicaragua, no todos somos traidores”, palabras textuales que durante esté vivo jamás olvidaré, escribe Hernán Robleto, y agrega: “Ojalá que en su merecida tumba, nuestros correligionarios y amigos escriban este epitafio de rigor, que se debe esculpir las históricas frases del general Zeledón Rodríguez, hemos salvado el honor de Nicaragua. “Nidos de Memorias”.

Donde mataron al general Zeledón fue en el lugar conocido Las Esquinas, frente a la finca de Chu Rivas, jurisdicción de Diriá, comarca El Arroyo.

Al salir derrotado de Masaya Zeledón se dirigió hacia el camino viejo de Nandasmo, pasando por la comarca El Portillo, hoy La Curva, rumbo a Jinotepe, el baquiano era el famoso Chico Lelo Tapia, masatepino, pero éste perdió el camino y se dirigió a Nandaime, y al pasar por la finca de Chu Rivas, sorpresivamente, apareció una caballería de soldados conservadores que iban a reforzar a las tropas de Jinotepe. Los montados, que venían de Nandaime, al ver a los soldados del general Zeledón hicieron alto, pero Zeledón les contestó con disparos, y en esa ligera refriega cayeron abatidos a balazos el general Zeledón y el general Emilio Vega. Algunos ancianos testigos de ese episodio cuentan que a Vega lo enterraron en terrenos de Chu Rivas.

¿Por qué están sepultados los restos del general Zeledón en Catarina?

Zeledón fue trasladado en una carreta que prestó Chu Rivas, para llevarlo a Masaya, pero al llegar a Niquinohomo, propiamente en la esquina frente a la casa de la profesora Hortensia Rayo Potosme, los acompañantes, por estar cansados, decidieron hacer un alto, cuando aparecieron las hermanas Blanca y Salvadora Alvarado, hermanas del ilustre liberal zelayista, Dr. Carlos Alvarado Canelo, quienes arroparon con una sábana blanca el cuerpo inerte del general Zeledón.

Al salir de Niquinohomo y al llegar a Tierra Blanca, hoy Las Azucenas, notaron que el cadáver estaba entrando en estado de descomposición, optaron por dar parte a Masaya, les contestaron que le dieran cristiana sepultura en el cementerio más cercano, como éstos desconocían dónde quedaba el cementerio de Niquinohomo lo trasladaron a Catarina, donde fue recibido por el alcalde, quien según la historia lo ultrajó y lo mandó a enterrar inmediatamente en una fosa a la entrada del Camposanto, donde descansan eternamente sus restos. Pasó mucho tiempo sin que la familia doliente llegara a visitarlo, sólo las familias Muñoz y Gaitán le llevaban flores cada 4 de octubre.

El autor es Periodista.  

Editorial
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