Cultura de servicio público

Marco A. Valle Martínez

A raíz de las elecciones del próximo 4 de noviembre, muchas personas pasarán a trabajar en el Gobierno Central, Asamblea Nacional y el Parlacen. Comenzarán a desempeñar un nuevo rol en donde lo fundamental es tener una conducta y disposición de servicio público y, no como algunos que apenas son elegidos no se acuerdan de los electores sino solo de sí mismos y sus intereses, mientras las mayorías siguen precipitándose en la pobreza, falta de trabajo y educación.

El desempeño de la función pública en nuestro país arroja un balance insatisfactorio ya que se ha antepuesto el bienestar individual al social; se ha extraviado la dimensión humana del desarrollo; se ha administrado privilegiando las rutinas y tareas diarias más que los procesos, el mediano y el largo plazo; se ha insistido más en la cantidad que en la calidad de los productos de la gestión, obviando evaluar los resultados y su impacto social; y la improvisación, el amiguismo, clientelismo y familiarismo ha tenido primacía sobre la capacidad y el profesionalismo. El resultado ha sido un país con uno de los mayores índices de corrupción y falta de transparencia a nivel mundial.

La cultura de servicio público puede robustecerse si, en primer lugar, quien desempeña una función pública, empezando por el presidente, tiene presente siempre que se debe a los votantes. Sin éstos no habría llegado a ese puesto y, esto también se aplica a quienes son contratados por los electos, independientemente del nivel de responsabilidad que ocupen, ya sea el ministro, diputado, asesor, jefe de departamento, chofer, o portero.

Un segundo elemento es tener una óptica nacional y, no partidaria ni de grupo, familia, o de pasada de cuentas. También es imprescindible, en tercer lugar, sostener y mejorar la participación de la sociedad civil en las actividades estatales, ya que da como resultado una mayor identificación de los ciudadanos con el quehacer de los distintos poderes. La población nicaragüense sabe que tiene derecho a conocer los proyectos y programas, participar en la toma de decisiones que le correspondan y, controlar si las cosas se están realizando a como se decidió.

El perfeccionamiento de los procesos de descentralización del poder central, democratización del poder local, mayor protagonismo de la comunidad local, rendición de cuentas de los diputados y, transparencia en el manejo de los fondos externos son también, en cuarto lugar, eslabones en la construcción de esa cultura.

Así mismo, el cumplimiento de lo que se prometió en la campaña electoral y, la incorporación de la evaluación como parte orgánica del quehacer estatal son dos factores a tomar en cuenta. El primero es decisivo para que los ciudadanos tengan mayor confianza en los electos y en el sistema político, mientras el segundo está en la base del éxito social de cualquier labor ya que, ayuda a que los funcionarios públicos se preocupen por cumplir sus obligaciones, además de ser un medio que permite conocer las fallas que se están cometiendo y reencontrar el camino de la buena conducción.

Finalmente, pero no menos importante que los anteriores, es la incorporación del estudio y debate —en los diferentes subsistemas educativos— de la trascendencia de la cultura de servicio público para la consecución de la gobernabilidad democrática en Nicaragua.

El autor es Consultor de Seguridad Pública  

Editorial
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