Centenario del Beato Escrivá de Balaguer

Violeta Reyes de Padilla

Cada vez que dios quiere algo de la humanidad suscita una persona o un profeta, tal es el caso de Moisés a quien llamó y confió la misión de liberar de la esclavitud de Egipto al pueblo israelita. A los apóstoles los llamó como guías de la Iglesia, para que predicaran el Evangelio por todo el mundo. Cuando el cristianismo se extendió, atacado por las herejías, suscita entonces los defensores de la Fe como los Padres de la Iglesia, los Doctores de la Iglesia, filósofos y teólogos de la talla de San Agustín y Santo Tomás de Aquino. Funda las órdenes religiosas y se crean monasterios, dentro de los que surgen muchos santos. Por ello se llegó a pensar que la santidad era exclusiva de las comunidades religiosas, olvidándose de los primeros cristianos que fueron santos imitando a Jesucristo en sus respectivos quehaceres, y buena parte de ellos llegaron a ser mártires por la Fe.

Dios providente preparaba el camino para contrarrestar el ateísmo secular, el materialismo y las doctrinas falsas que invaden al mundo actual. El hombre se hace poderoso, prescinde de Dios, y deja de reconocer el origen divino de la Creación. Y es así como en la segunda década del Siglo XX, inspira al Beato Josemaría Escrivá para la fundación del Opus Dei, u Obra de Dios, en la que se hace un llamado universal a los hombres y mujeres de todos los pueblos, de todas las razas y condición social, a santificarse en medio de su trabajo y deberes de cada día.

Desde muy joven, el Beato Josemaría presentía que Dios quería algo de él, algo más que el sacerdocio, y suplicaba al Señor: ¡Domine ut videam! ¡Señor que vea! El 2 de octubre de 1928, en la Fiesta de los Ángeles Custodios, después de celebrar la Santa Misa, ve claramente la misión que Dios quería de él: millares de personas santificándose a través de su trabajo realizado por amor a Dios. Fiel a la iluminación divina redobla su oración y mortificación.

El joven sacerdote de 26 años, sin recursos económicos, contando con la gracia de Dios se lanza a comenzar la obra. Como en ese tiempo era capellán del Patronato de Enfermos de Madrid, solía visitar los barrios más pobres y los hospitales de enfermos incurables. Apoyándose en la oración y sufrimiento de los enfermos, a quienes él mismo atendía espiritualmente y socorría en sus necesidades materiales, busca la fuerza en el sufrimiento humano llevado por amor a Dios para poner los cimientos de esta obra.

Cumplir la voluntad de Dios fue una tarea ardua, difícil, llena de espinas, grandes contradicciones, murmuraciones y calumnias que lo hicieron sufrir amargamente, pero el Beato Josemaría en silencio, orando y perdonando a los detractores, pide a los suyos que tengan siempre una sonrisa en los labios. Cruz, trabajo y tribulaciones fueron el comienzo de la obra, con la incomprensión de muchos, incluso sacerdotes y religiosos, que no entendían que se podía ser santo en la calle, algún prelado romano le comentó que llegaba con un siglo de anticipación.

El Beato Josemaría se trasladó a Roma y allí radicó la sede central, en un edificio adquirido con el trabajo y ayuda de muchos de sus hijos y amigos. Jóvenes de diversos países fueron llegando atraídos por el espíritu de la obra, los cuales después de recibir la formación fueron enviados a abrir brecha primero en Europa, luego en América, Asia, África y Oceanía, donde impulsaron diferentes labores apostólicas.

El Beato Josemaría también tuvo sus alegrías, se supo apreciado y querido por los diferentes papas que vivieron en su época. Dios le concedió el tiempo para ver la obra esparcida por los 5 continentes donde han surgido una gama variadísima de iniciativas apostólicas: residencias universitarias, centros de capacitación profesional para obreros, escuelas agrícolas, universidades, clubes juveniles, colegios, etc, etc.

Al morir formaban parte de la misma unos 60,000 miembros, y una de sus mayores alegrías fue cuando el Concilio Vaticano II proclamaba con gran solemnidad la vocación divina del laicado. Este año en la reciente Carta Apostólica Novo Milennio Ineunte, S.S. Juan Pablo II hace un llamado a todos los bautizados a ser santos, ya que el don de la santidad se da a cada bautizado. Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación.

El Beato Josemaría un gigante de innegable santidad sembró de nuevo la semilla evangelizadora de los primeros tiempos y la inyectó en el mundo para que el mundo se santificara. En la actualidad pertenecen a la obra 80,000 miembros regados por diferentes partes del mundo.

El Beato Josemaría fue llamado por Dios para una misión y la cumplió fielmente.

La autora es miembro de la Asociación ANIMO  

Editorial
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