A juicio de expertos electorales no partidistas, un debate de los candidatos presidenciales no influiría significativamente en la voluntad de los electores que ya decidieron por quién votar. Y por lo tanto, no modificaría el virtual empate en que, según las diversas encuestas, se encuentran apasionadamente abrazados los candidatos del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) y del FSLN, don Enrique Bolaños y el señor Daniel Ortega, respectivamente.
Se dice al respecto que los ciudadanos nicaragüenses son muy politizados y eso no les permite cambiar la opinión ni la decisión que ya tomaron, de votar —según las encuestas—, una mitad por los candidatos liberales y la otra parte igual por los candidatos sandinistas. De manera que el debate no rompería el virtual empate que hay entre los candidatos presidenciales, Bolaños y Ortega, y en consecuencia nada se habría perdido en el caso de que finalmente no haya debate.
Sin dudas que es razonable el argumento de que el 80% de ciudadanos que ya tomó la decisión de votar, también ya escogió al partido y candidatos a los que va a favorecer con los votos. Pero el debate es importante, necesario, e incluso decisivo para los mismos candidatos del PLC y del FSLN, precisamente porque el virtual empate en que se encuentran hasta ahora sólo se podrá dilucidar con los votos de una parte —la que sea— del 16% a 20% de indecisos y abstencionistas. Estos son los que harían finalmente la diferencia en las votaciones del 4 de noviembre. Por lo tanto el debate no sería para la mayoría de los votantes, que ya están definidos, sino para quienes están indecisos o no quieren votar pero que todavía podrían definirse y, pese a ser minoría, definir finalmente el resultado de la elección presidencial.
Por otro lado, aparte de la importancia que tendría el debate para romper el empate y decidir la elección, su mayor significación radica en que los ciudadanos deben tener la posibilidad de conocer y valorar mejor el talento, la preparación, la capacidad, la sinceridad y las intenciones de quienes les piden el voto con mucha vehemencia y a cambio de incontables promesas, pero que en su propaganda ocultan la verdad y dicen muchas tonterías.
El diálogo es la expresión más auténtica de la democracia. Por eso es que en todos o casi todos los países democráticos, cuando se celebra alguna consulta electoral importante los candidatos debaten cara a cara sus programas, sus promesas y sus intenciones, y las principales estaciones de radio y televisión los transmiten a todas partes del país para el debido conocimiento de la población y particularmente de los votantes.
En realidad, el debate público no es sólo un derecho de los candidatos que ellos quieran practicar o al que puedan renunciar. Es también una obligación que los candidatos deben cumplir responsablemente, por respeto al interés de los electores y por coherencia con todo lo que hablan sobre democracia y participación ciudadana.
El domingo recién pasado, el candidato liberal, don Enrique Bolaños, declaró en Masaya que él está dispuesto a participar en el debate que está organizando la Fundación “Violeta B. de Chamorro”. Sin embargo, lo más probable es que el debate no se efectúe, porque los estrategas de campaña de los dos principales candidatos consideran que podría más bien perjudicarlos.
Pero sería verdaderamente lamentable que esta campaña electoral culmine, igual que las anteriores, sin un debate entre los candidatos presidenciales. Primero, porque el debate podría motivar a una parte de los indecisos a romper el empate Bolaños-Ortega; y segundo, porque en la crucial situación política que hay ahora en Nicaragua precisamente por la incertidumbre electoral, los candidatos deberían dar el buen ejemplo a los ciudadanos y demostrar con su propia actuación que para defender lo que cada uno cree y fortalecer la democracia, lo que se debe hacer no es una campaña mentirosa y sucia, ni provocar la confrontación violenta, física o verbal, sino debatir de manera pacífica y respetuosa las ideas opuestas.
La falta de un debate público es el peor favor que los candidatos le pueden hacer a sus propias campañas electorales y a la precaria democracia nicaragüense.