Eduardo Enrí[email protected]
Estamos en la última curva de esta campaña electoral y la carrera no podría estar más cerrada. No hay un solo sondeo que no dé entre el candidato liberal y el sandinista un empate técnico, una diferencia entre ambos que es menor al margen de error de la encuesta.
Para ninguno de los dos partidos debe ser una posición cómoda, pero, ¿de dónde pueden sacar los votos para obtener una ventaja clara? ¿qué se puede hacer para garantizar esa estocada final?
Las encuestas también dicen que el votante que ya está decidido por Enrique Bolaños o por Daniel Ortega tiene muy pocas posibilidades de cambiar de opinión. O sea, allí no hay mucho que hacer. Eso deja el bolsón de los indecisos.
Según el voto simulado de la última encuesta de CID-Gallup realizada entre el primero y el siete de septiembre, hay un 23 por ciento de ciudadanos que no le daría el voto a ninguno. Ese 23 por ciento se divide en 11 por ciento que votó en blanco, un 1 por ciento que anuló su voto, y otro 11 por ciento que no quiso votar.
La misma encuesta dice que sólo el nueve por ciento de los encuestados ya decidió no votar, eso dejaría un porcentaje de potenciales indecisos del 14 por ciento, sin contar que el voto conservador es el más “suave” de los tres partidos, y que muchos que tienen intención de votar por los verdes admiten que a última hora podrían cambiar de opinión.
El punto es que el bolsón de los indecisos es bastante grande. Hay de dónde sacar en este último mes, pero, ¿cómo? ¿Qué más pueden ofrecer los candidatos que no hayan ofrecido ya? Tienen que ofrecer algo que los indecisos todavía no han oído. Algo más que empleo y toda la trenada de promesas con las que tanto un candidato como el otro han saturado los medios de comunicación.
Gran parte de esa gente que no se decide por quién votar está, simplemente, desilusionada. La mayoría de esa gente no es, nunca ha sido, sandinista. Daniel Ortega está actualmente en el máximo de su popularidad, en su techo electoral, entonces no tiene mucho de qué sacar, porque tendría que convencer ahora a gente que nunca ha estado con él. Algo muy difícil.
Tal vez podría ganar unos cuantos votos si devolviera la casa que hoy habita, así como varias propiedades clave que tienen en su poder dirigentes sandinistas.
Pero hacer eso sería como negarse a sí mismos, sería como haberles pedido en 1990 que anunciaran la derogación del Servicio Militar. Son cosas que según ellos —están plenamente convencidos— están bien hechas, que son parte de lo que son y que la gente los apoya por ello.
Por el contrario, Bolaños tiene más espacio. Muchos de estos indecisos fueron parte del 51 por ciento que en 1996 votó por Arnoldo Alemán. Pero ahora están desilusionados porque el hombre al que le confiaron el voto resultó ser el mejor amigo del sandinismo y de Ortega. Fue quien, prácticamente, los revivió.
Pero, ¿cómo convencer a esa gente de que Bolaños no es simplemente la continuación de Arnoldo Alemán? Para eso Bolaños debe denunciar todo lo que significa el arnoldismo: el Pacto, la repartición de los Poderes entre arnoldistas y orteguistas, los megasalarios y las “raterías”, que al final de cuentas resultaron ser mucho más que eso.
Bolaños debe dejar clara su posición ante esas características del arnoldismo, pero también debe dejar claro cómo, de llegar a ganar, las va a revertir en un futuro gobierno. ¿Cómo va a lidiar con los megasalarios, con las denuncias de corrupción, con la alegre repartición de inmunidades, y con casos como la quiebra escandalosa del Banco Nicaragüense y del Interbank?
Pero creo que más importante de todo, ¿cómo garantiza que va a deshacer el Pacto? Sobre todo en el entendido de que tanto Alemán como Ortega, los padres del Pacto, van a estar en la Asamblea Nacional.
Esa sería la estocada final, la que demostraría que él puede acabar con los caudillos y enrumbar al país hacia la construcción de una democracia sólida. Pero aquí no sólo cabe preguntar si puede, sino también, si lo dejan.
El autor es periodista