Edgard Rodríguez C. [email protected]
Sé que “Tito” Trinidad no necesita de mi aprobación para sentirse el número uno. Sin embargo, para mí no lo era. No lo era incluso aún después de haber vencido a Oscar De la Hoya, en una pelea que desde mi punto de vista, nunca perdió el “golden boy”.
Siempre pensé que De la Hoya era lo más próximo al boxeador perfecto, preciso en su golpeo, dueño de una llamativa capacidad resolutiva y con el talento suficiente para imponerse en el plano que le exigían las circunstancias.
Además, con otra virtud, simpático, lo que facilitaba su proyección y promoción. Incluso, hasta su penetración en el sentimiento popular, sobre todo entre las muchachas. Sin obviar que en más de una ocasión, expertos le consideraron el mejor de cuantos había.
A De la Hoya lo vimos en plena línea de fuego con Ike Quartey en una pelea en la que crujieron los huesos de ambos. Ofreció un concierto de jabs ante Miguel Angel González y controló hasta donde fue posible al confuso Pernell Whitaker.
Y mientras eso ocurría, Trinidad forjaba su carrera a pasos sólidos, pero sin llegar a conseguir el consenso de las opiniones, que a menudo se detenían en sus continuas caídas antes de levantarse a noquear. Pero ciertamente ahora es el número uno, sin discusión.
Trinidad no ha dejado rival en pie, mientras De la Hoya se ha distraído en otras ocupaciones, que lejos de contribuir a consolidar su idolatría, la han mermado. Se metió al canto y hasta se maneja solo. Él debería estar completamente enfocado en lo que mejor hace, boxear.
Sin embargo, no pretendo decir que como De la Hoya se distrajo en otras cosas, Trinidad ahora sí es el mejor. No, él tiene sus méritos. Pero me hubiese gustado observar lo que haría un De la Hoya bien entrenado y concentrado totalmente en el boxeo.
La vez que se enfrentaron Oscar había dominado el combate en los ocho asaltos iniciales. Y hacía bien con rehuir la pelea en corto. Pero hay que admitir que se excedió en sus carreras y al final eso lo costó la derrota que marcó su carrera.