El bloqueo y un avión perdido

Roberto Fonseca [email protected]

El corazón dio un vuelco, cuando oímos la comunicación radial. “Esta vaina está despejada”, advirtió el capitán Neil Escobar, costarricense y piloto de la avioneta Cessna, modelo Sosloy, refiriéndose al imponente cerro Fábregas.

Al fin, tras cuatro intentos infructuosos de aterrizaje y rescate, había llegado el momento propicio para arrancarle a aquella mole de roca y montaña, de 3,335 metros de altura, los cadáveres de los seis tripulantes del avión carguero DC-6 de Aeronica, que se había estrellado y desaparecido el 24 de mayo de 1988.

“Vamos, vamos, arriba, arriba”, ordenaron los dos capitanes de los helicópteros MI-17, Manuel López y Enrique López, y subimos a bordo de aquellas aeronaves soviéticas, desartilladas. Eran las seis de la mañana del sábado 19 de agosto de 1989.

Minutos después lo vimos. Allí, hecho una montaña de escombros, de hierros retorcidos, estaban los restos del carguero de bandera nacional, de cuatro motores y de 35 metros de largo. Era una imagen dantesca y, a la vez surrealista, pues se distinguían claramente motocicletas y electrodomésticos, intactos, como en un exhibidor comercial.

La aeronave líder, piloteada por Manuel López, empezó a descender, a maniobrar, azotada por vientos de hasta 40 kilómetros de velocidad. Abordo viajaba el equipo de rescate de la Fuerza Aérea Sandinista (FAS), el Director de Aeronáutica, Alejandro Argüello, y mi amigo de aventuras, el camarógrafo televisivo Orlando Flores, entre otros.

“Sólo uno va a bajar”, dijo el capitán Enrique López, refiriéndose al helicóptero líder. La cara la tenía helada y los dientes traqueteaban por el frío. Sobrevolábamos a 3,200 metros de altura y los instrumentos de la aeronave marcaban una temperatura de 5 grados.

“Arrojaron unas granadas de humo”, dijo excitado uno de los soldados. Comenzaba la operación de rescate en tierra. En pocos minutos debían localizar y traer los cadáveres de los seis tripulantes. Sus familias vivían una prolongada agonía que duraba un año, dos meses y 29 días.

EVADIENDO EL EMBARGO

La mañana en que desapareció el avión DC-6 de Aeronica, matrícula YN-CBE, con seis tripulantes a bordo y 23,863 libras de carga, el embargo comercial estadounidense contra la Revolución Sandinista, impuesto por la administración Reagan, cumplía tres años y 18 días.

“Tendrá el efecto del terremoto de 1972”, predijo en su momento, mayo de 1985, un dirigente sandinista y no se equivocó. El embargo comercial, impuesto el primero de mayo de 1985 y vigente a partir de las 12:01 de la madrugada del 7 de mayo de ese año, en horario del Este, tenía al borde del colapso a la quebrantada economía nacional, junto a los gastos excesivos de defensa.

Sin embargo, la dirigencia sandinista no sufría los efectos del mismo. “Si necesitás algo, pedíselo a Paul Atha”, decían a sus escoltas y empleadas y minutos después estaban en el local de H y M, abasteciéndose de potería importada, electrodomésticos o artículos de uso doméstico o personal. Ahí no escaseaba nada. Mientras en los llamados CAT (antiguos supermercados), los estantes generalmente permanecían vacíos o llenos de un solo producto. Con suerte, una pasta dental búlgara, que sabía a bicarbonato y no hacía espuma.

En tono de sorna, la militancia sandinista decía que la tienda H y M significaba “Héroes y Mártires”, sin embargo, la verdad era otra. Constituida años atrás, se trataba de una sociedad anónima inscrita en inglés, Holding and Management, S.A., para efectuar cualquier tipo de transacción dentro y fuera del país. Sus socios principales eran: Paul Atha, Federico Vaughan y Horacio Vargas.

Ahí, en ese local, se buscaban e ideaban formas para burlar el embargo estadounidense. Asimismo, para obtener “divisas frescas” con lugares como la Diplotienda o Montelimar. Para ello era indispensable la conexión Cuba-Panamá-Nicaragua.

UN DÍA MUY TRISTE

Ha sido uno de los días más tristes de mi vida. Aquel domingo 20 de agosto de 1989, desde la escotilla del MI-17, vi a los familiares de los tripulantes muertos, reunidos en la terminal del hangar de la FAS, en Managua, y se me salieron las lágrimas. Recordé el dolor que produce un familiar muerto abruptamente.

Con nosotros venían los restos de cinco tripulantes, adentro de unos ataúdes sellados, de color blanco y de tamaño diminuto, como el de los niños. Un sexto había quedado en San José, Costa Rica, el del piloto, capitán William Gross, a solicitud de sus familiares.

Recuerdo que llegamos poco después del mediodía. Las autoridades de Aeronica se habían encargado de avisarles a los familiares del copiloto Ricardo Czarsky, del ingeniero de vuelo Marvin Arana, del mecánico Francisco Pavón y de los sobrecargos, Francisco Chávez y Juan Morales.

Esperaban con ansias, para darles cristiana sepultura. Recordé en ese instante una frase de uno de los pilotos de helicópteros, sobre el accidente aéreo. “Ellos ni cuenta se dieron del cerro, piensan que siguen volando rumbo a Managua”, dijo y desee con todas mis fuerzas que así fuera.

El autor es periodista  

Editorial
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