Conrado Godoy
Un magnífico documental transmitido recientemente por la televisión internacional, que denuncia la descarada rapiña de los banqueros suizos en contra de los judíos, que confiadamente habían depositado sus enormes capitales en los bancos de Ginebra antes que ocurriera el genocidio nazi, nos hizo recordar este terrible y monstruoso capítulo de la historia de la humanidad, durante el cual las hordas de Hitler asesinaron a más de seis millones de judíos indefensos previamente confinados en conocidos campos de exterminio como Dachau, Buchenwald, Auschwitz y otros, creados con la demencial idea de hacer desaparecer de la faz de la tierra a este extraordinario pueblo.
Revela, entre otras cosas, el citado documental, que estos banqueros se apoderaron de incalculables sumas en dinero y joyas, utilizando para ello execrables argucias como la de exigir que los familiares de las víctimas presentaran certificados de defunción para hacer efectivos sus reclamos. Habráse visto. Pero no es este comportamiento despreciable de los financistas helvéticos lo que nos interesa comentar, al menos por ahora, sobre la conmovedora historia del pueblo hebreo, cuya existencia constituye la más grande odisea de todos los tiempos, iniciada con la expulsión de su patria natal por los romanos durante la toma de Jerusalén en el año 70 de nuestra era.
Difícilmente se escribirá un drama que pueda rivalizar en la grandeza del sufrimiento, variedad de escenas y por la gloria y justicia de su epílogo. Ni siquiera una obra de ficción podría equipararse al romance de esta realidad vivida por el pueblo judío, que durante siglos, dispersos a raíz de la Diáspora por todos los continentes, perseguidos y diezmados por las grandes religiones, cristianismo e islamismo, que irónicamente nacieron de sus escrituras y memorias, impedidos por el feudalismo de poseer tierras y por los gremios de tomar parte en la industria; encerrados en guetos y asediados por persecuciones; asaltados por el populacho y robados por los reyes, no obstante haber construido con sus finanzas y su comercio las ciudades y capitales indispensables para la civilización; expulsados y excomulgados, insultados y vilipendiados, más aún, sin siquiera poseer una lengua común, este asombroso pueblo se ha mantenido en cuerpo y alma, preservando su integridad racial y cultural, conservando con celoso amor sus rituales y tradiciones antiquísimas, esperando paciente y resueltamente su liberación, surgiendo más numeroso que antes, renombrado en todos los campos por las contribuciones de sus genios, hasta el día en que fue restituido triunfalmente en su antigua e inolvidable patria.
Al recordar el Holocausto y los millones de vidas cobradas por el odio racial, lo hacemos con respeto y admiración ante el martirio de este valeroso pueblo y con la esperanza que la humanidad jamás vuelva a permitir que ocurra una atrocidad semejante.
El autor es periodista