La difícil tarea de ser nicaragüense

Ernesto Rivas S.

Con un país eternamente en problemas, y una gran responsabilidad de ciudadano, tiene que resultar una tarea difícil ser nicaragüense.

Porque no basta con la nacionalidad, hay que cumplir con la misión trazada en la forma correcta, y es ahí donde fallamos, porque la mayoría de las veces nos dejamos llevar por nuestras propias pasiones, por nuestra convicción de que las cosas deben ser como nosotros queremos que sean, aunque no sea eso lo correcto.

Los nicaragüenses dejamos influir nuestro juicio por pasiones sentimentales; por nuestra conveniencia personal (olvidándonos de los demás); por nuestra simpatía personal, aun cuando el que seguimos no tiene las cualidades requeridas. Anteponemos nuestra intransigencia personal que demanda cumplir con nuestra voluntad, sin contar con que también los otros tiene la suya.

Con harta frecuencia vemos defectos donde no los hay, o exageramos los que sí existen, de la misma manera que vemos virtudes donde queremos verlas, aun cuando en el fondo sean tan sólo a medias. En política, nuestro candidato es el mejor, los demás serían “un desastre”. Y para aquéllos que han logrado la cima, el cumplir como ciudadanos —que debería ser su ineludible responsabilidad— se vuelve una obligación ignorada, pues resulta más fácil y conveniente utilizar la fuerza del poder por encima de la ley y de la posición, para beneficiar nuestros bolsillos o para escalar los peldaños sociales que perseguimos, si es que no se ha logrado todavía.

Los sandinistas, por ejemplo, no tenían que haber sido como fueron. No había necesidad de ser asesinos, ni de robarle al pueblo su riqueza. No resultaba inaplazable el enriquecimiento personal ni la ilegal adquisición de bienes que, en ciertos casos, fue indiscriminada, y en otros impulsada por odios personales y enemistad política. No había necesidad de todo eso, porque ya habían conquistado el poder. Lo que sí les tocaba era cumplir con sus promesas de sacar al pueblo de su eterna miseria repartiendo riquezas, y lo único que lograron fue repartir pobreza.

Por todas estas cosas, resulta muy difícil ser nicaragüense. Resulta muy difícil escoger lo que el país necesita, sin mirar lo que nosotros necesitamos individualmente. Resulta muy difícil deponer intereses unilaterales para apoyar intereses nacionales, que son los que ameritan y demandan nuestra inmediata atención. ¿Resulta, acaso, demasiado difícil ver de dónde venimos y para dónde vamos? ¿Es que al encontrarnos en el cruce de caminos no sabemos el camino correcto que nos pueda llevar al correcto destino?

Las circunstancias nos enseñan que no nos han dejado más que una sola alternativa. Para salvar al país de nuestros propios errores, tenemos que enmendar la plana que nos han preparado. Tenemos que escoger ineludiblemente, aunque no nos parezca lo mejor, a la fórmula Bolaños-Rizo para la Presidencia, y una Asamblea con mayoría de los valores independientes que propone el PC.

No es una forma común de hacer las cosas. No es lo que se ha acostumbrado en Nicaragua. Pero tampoco nos podemos dejar presionar y caer en las manos de Daniel o de Arnoldo (que es lo mismo) si se vota es cascada por una sola vía.

El autor es periodista nicaragüense residente en Miami.  

Editorial
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