Objetivos loables y alcanzables

Francisco Aguirre Sacasa

Les doy una calurosa bienvenida a esta ceremonia de inauguración de la Tercera Reunión de los Estados parte de la Convención de Ottawa. Y brindar un saludo muy especial a los miembros de las delegaciones que vinieron desde muy lejos —desde Africa, Asia, Europa y Oceanía— bajo circunstancias difíciles, debido a la pesadilla logística que el mundo entero enfrenta como consecuencia de los tristes acontecimientos del 11 de septiembre en los Estados Unidos.

Quizás algunos se preguntaron, ¿por qué no se cambió la fecha de esta conferencia? Consideramos esa opción. Hubiera sido fácil —facilísimo— hacerlo. Después de todo, la ONU postergó su conferencia de la niñez y el Banco Mundial y el Fondo Monetario cancelaron su Asamblea Anual. Y la ONU postergó el debate general de su Asamblea General.

Hubiera sido fácil mover la fecha de este encuentro y todo el mundo lo hubiera comprendido y quizás algunos hasta lo hubieran hasta aplaudido. Pero no lo hicimos por dos razones fundamentales.

Primero, porque el encuentro es de gran importancia para la paz mundial y para los millones de ciudadanos que viven en países en donde el flagelo de las minas antipersonal representan una amenaza para ancianos, personas en la plenitud de su vida y para niños.

Y, segundo, porque no queríamos claudicar ante el terrorismo, no queríamos dejarnos arrinconar por esa fuerza siniestra y cobarde que pretende interrumpir la normalidad, paralizarnos y convertirnos en rehenes del miedo, todo en el nombre de causas que se plantean como objetivos nobles.

Al venir a Nicaragua, los delegados le dieron un voto de confianza a la paz, a la solución pacífica de conflictos y a la civilización. Y un no rotundo al odio, a la ley de la selva y a la violencia insensata y cobarde.

Por sus antecedentes, muchos de los delegados —quizás la mayoría— están acostumbrados a viajar frecuentemente por aviones. Y no me extrañaría que muchos de ustedes hubieran pasado por, o hasta vivido en Nueva York y Washington. Por eso, se tienen que haberse sentidos conmovidos por las imágenes que pasaron por la televisión.

Permítanme una última reflexión. El lunes 17 de septiembre, por la mañana, visité a un joven nicaragüense de 24 años cuyo nombre es Lorenzo Hurtado Suazo. Lorenzo es un soldado de nuestro Ejército, un zapador. El jueves pasado estaba destruyendo minas antipersonales en el Departamento de Jinotega. Lorenzo tenía año y medio de estar haciendo este trabajo sin incidente pero el jueves —como él me dijo— la suerte le falló. Una mina estalló destrozándole el pie derecho y parte de su pierna.

Lorenzo está en el Hospital Militar de Managua enfrentando su accidente con estoicismo, coraje y optimismo. Y está, gracias a Dios, en franca recuperación. Me aseguró, con una sonrisa en el rostro, que en pocos meses estará caminando de nuevo con la ayuda de una prótesis.

Para mí, Lorenzo es un héroe. Hacía su trabajo con el pleno conocimiento de que era peligroso, pero también consciente de que estaba protegiendo a los vecinos de El Cua y Bocay contra las minas sembradas en las comarcas aledañas. Gracias a la valentía y a los sacrificios de muchos como Lorenzo, poco a poco Nicaragua se está liberando de las minas, uno de los más perniciosos legados de nuestra guerra fratricida de los años ochenta.

Gracias a Lorenzo y sus compañeros, y a la generosidad de la comunidad internacional, Nicaragua está en la vanguardia de la lucha mundial contra el horror que representan las minas antipersonal. Ya destruimos la mitad de las minas sembradas en los ochenta, la mitad de nuestras minas almacenadas, y todas las minas sembradas en nuestra frontera sur. Con voladuras como la que hicimos el lunes 17 de septiembre, habremos liquidado todo el stock de minas antipersonal en nuestros arsenales para finales del 2002, y con el trabajo riesgoso que hacía Lorenzo, podremos declarar a Nicaragua zona libre de minas sembradas para el 2004.

¡Esos sí son objetivos loables y alcanzables! Y casos como el de Lorenzo y experiencias exitosas como la de Nicaragua deben de animarnos en nuestro trabajo.

El autor es Canciller de Nicaragua. Resumen de su discurso de bienvenida en la Tercera Reunión de los Estados Partes de la Convención de Ottawa. Managua, 18 de septiembre del 2001.  

Editorial
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