Latinos, encabezados por mexicanos, en las calles de Nueva York.

A cinco minutos de la muerte

Oswaldo tiene moretones en todo el cuerpo y un ojo lastimado. Pero, sobre todo, está emocionalmente destrozado. Tiene lagunas mentales. No recuerda algunos nombres, sólo ciertos momentos antes de llegar a su casa. De noche las pesadillas no lo dejan dormir. Escucha voces y todavía siente el olor y el humo del estallido dentro de […]

  • Oswaldo tiene moretones en todo el cuerpo y un ojo lastimado. Pero, sobre todo, está emocionalmente destrozado. Tiene lagunas mentales. No recuerda algunos nombres, sólo ciertos momentos antes de llegar a su casa. De noche las
    pesadillas no lo dejan dormir. Escucha voces y todavía
    siente el olor y el humo del estallido dentro de sus pulmones. Es uno de los nicas sobrevivientes a la tragedia de Nueva York
  • A cinco minutos de la muerte

Mariana VilnitzkyEnviada Especial de LA PRENSA [email protected]

Guillermo Cepeda se salvó de la muerte por cinco minutos. El día del ataque a las Torres Gemelas llegó tarde a la oficina. Trabajaba en el piso 81 de la torre número 1, en el Departamento de Inversiones del Bank of America.

Guillermo es nicaragüense, pero se fue de Nicaragua durante los años 70. Su esposa y sus hermanos también trabajaban en la zona de Manhattan, cercana a la tragedia.

“El tren se demoró, y cuando salí del subterráneo (cercano a las torres) la calle era un caos. Me llamó la atención, pero no sabía qué estaba pasando, así que me dirigí a mi oficina. Cuando miré hacia arriba me di cuenta de que el humo venía desde el edificio”, recuerda.

La primera reacción de Guillermo fue correr a verificar qué había sucedido con sus compañeros de trabajo. Todos los pensamientos se le juntaron. Pensó también en sus papeles, en su trabajo y en el desastre que se venía.

“Estaba ya enfrente mirando el edificio cuando la gente comenzó a tirarse de los pisos. Caían uno detrás de otro, y yo ya no quería mirar. Pensaba: éstos pueden ser mis compañeros y me tapaba los ojos”.

Entonces Guillermo comenzó a rezar. Inmovilizado. En la puerta del edificio sin decir una sola palabra, ni caminar ni mirar hacia ningún lado. Lo único que hacía era rezar. Rezaba a Dios para que se acabara la tragedia, hasta que una explosión le interrumpió el rezo.

“Era un estruendo como no he sentido nunca en mi vida”. Se trataba del segundo avión. “Caía aluminio y olía mucho a gasolina. Recién entonces fue cuando empecé a pensar que no había sido sólo un avión accidentado en el edificio, sino algo adrede”.

Un pedazo de aluminio cayó a un paso de su cabeza e interrumpió sus pensamientos por segunda vez. Recién en ese momento comenzó a correr. Se metió en un pasadizo de la línea de subterráneos que tenía una salida a trescientos metros de la zona del desastre. Pero en un momento frenó y regresó. Todavía en la zona se encontraba su esposa.

“Ella trabajaba a tres cuadras de las torres. Así que otra vez salí para el lado contrario de donde iba la gente y me fui a buscarla”.

La esposa, bañada en lágrimas, estaba a salvo en su oficina. Pensaba que su marido había muerto. Cuando se estrelló el primer avión pudo ver cómo caían las personas de la torre e imaginaba que uno de ellos era su esposo. Cuando lo vio llegar no podía creerlo.

Pero todavía había más familiares en la zona. Así que salieron juntos de la oficina y se fueron a buscar a los hermanos de Guillermo que trabajan en el circuito financiero de Wall Street. Comenzaron a andar entre la gente cuando escucharon otro estruendo y vieron que se les venía encima una ola de humo y polvo.

“Nos estábamos ahogando. Comenzamos a correr, y en un acto de supervivencia nos metimos en el primer lugar que encontramos abierto. Allí nos dieron agua y unas servilletas para asearnos y taparnos la cara. Después volvimos a salir y estaba todo oscuro. No se veía nada. Todo era ceniza y desperdicios. Parecía una guerra”.

Pero Guillermo seguía pensando en sus familiares y se acercó a un teléfono público que milagrosamente funcionaba. “Yo creo que Dios me ayudó, porque los teléfonos no funcionaban y yo justo encontré uno que sí. Llamé a mi mamá que estaba despedazada porque pensaba que yo había muerto. Le dije que estaba bien, y en el momento en que corté vi que se venía encima la segunda ola de humo”.

Era el segundo edificio que se desmoronaba. Guillermo y su esposa corrieron otra vez y llegaron al puerto de donde suele zarpar el barco que visita la Estatua de la Libertad. Allí les repartieron agua para que mojaran los pañuelos y les ayudara a respirar. Mientras esperaban que los pasaran a buscar un ferri para cruzar hacia fuera de la isla de Manhattan, Guillermo tuvo tiempo para pensar que sería el único empleado de su oficina que había sobrevivido.

“La gente estaba en shock. Yo pensaba en el hijo de mi jefe, que tiene seis años, como mi propio hijo. Pensaba en un empleado que había comenzado a trabajar apenas dos días antes del atentado. Pensaba en las familias… y lloraba”.

El primer ferry se llevó a las mujeres, niños e inválidos y los Cepeda pudieron viajar en el segundo ferry. Fueron llevados a una base militar en donde pudieron descansar, tranquilizarse y limpiarse. En la noche pudieron otra vez cruzar a Manhattan y dormir, nuevamente en su casa ubicada en el Bronx. Tenía en el contestador automático 58 mensajes. Dos de los compañeros todavía están perdidos entre los escombros. El resto logró salir con vida.

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