De entrada, debe decirse que hay mucho en el islamismo que el cristiano puede afirmar. Entre las doctrinas islámicas más significativas que pueden ser afirmadas genuinamente por el cristiano es su creencia en un Dios, su reconocimiento de Jesús como nacido de una virgen, un profeta sin pecado y mesías de Dios, y su expectativa de una resurrección y juicio futuros.
Hay, sin embargo, algunas áreas muy significativas diferentes. Mencionaremos sólo unas pocas.
Primero, la percepción musulmana de Dios no es de ninguna forma la misma que la que revela la Biblia. El islamismo retrata a Dios como imposible de conocer en última instancia. De hecho, en el Corán, Alá revela Su voluntad, pero nunca se revela a sí mismo. Ni tampoco es retratado jamás como un Dios de amor, ni como un Padre para su pueblo, como es retratado en la Biblia.
Segundo, si bien Jesús es presentado como un profeta hacedor de milagros y un mesías, y aun sin pecado, el islamismo niega que Él es el Hijo de Dios o el Salvador del mundo. Por cierto, se niega el hecho mismo que Jesús haya muerto, y mucho menos por los pecados del mundo.
Tercero, si bien la humanidad es descrita como débil y propensa al error, el islamismo niega que el hombre sea pecador por naturaleza y que necesite un Salvador, como la Biblia enseña tan claramente. Las personas son capaces de someterse a las leyes de Dios y de merecer su aprobación final. Según el islamismo, la necesidad espiritual del hombre no es de un salvador sino de un guía.
Esto conduce al hecho de que, dado que en el islamismo la aceptación por Dios es algo que debemos ganar por nuestras obras, no puede de ninguna forma proveer un sentido de seguridad que puede hallarse en la gracia de Dios, tal como lo enseña la Biblia.