- Cuando los viejos caciques de Arauco consideraron que Caupolicán había superado con creces la prueba de cargar durante varios días con sus noches aquel pesado tronco de árbol, vivamente emocionados ordenaron “¡Basta!” Caupolicán se detuvo, y para demostrar que aún le quedaban fuerzas para combatir a los españoles, alzó en vilo el gigantesco tronco y con él los arrojó a gran distancia.
“¡El Toqui! ¡El Toqui!” clamaron los indios de las distintas tribus.
Y todos aceptaron aquella jefatura, incluso el gigantesco Lincoyán que aun odiando en extremo al extranjero invasor, no pudo superar la voluntad y fuerza del Gran Caupolicán.
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
Transcurría el año 1938, y en Matagalpa Sánchez Salgado se ganaba la vida ordeñando vacas y “haciéndole de albañil”. Así pasaron varios años, hasta que en 1943 los obreros de la construcción iniciaron un movimiento huelguístico reclamando aumento de salario. “No sabíamos nada de leyes del trabajo, pero se logró el propósito. También por ese tiempo viajábamos algunos domingos a Managua para ver los juegos de nuestro equipo de béisbol. Me interesaban los asuntos sindicales y gremiales… Por eso cuando supe que mi amigo el doctor Ramón Romero estaba ofreciendo charlas dominicales a los obreros, me sumé a las personas que se reunían en el Teatro Margot a recibirlas. Ahí supe del Código del Trabajo, de sindicalización y de derechos laborales.
Un domingo al salir del estadio alguien me entregó un periodiquito que se llamaba “Orientación Obrera”. Era el órgano del Comité Organizador de la Confederación General del Trabajo que dirigían el constructor Absalón González y el periodista Alejandro H. del Palacio, somocistas ambos.
Me reuní con ellos en una casa de la Colonia Somoza, les dije que estaba interesado, y les conté lo de nuestra huelga. Quedamos en que Romero, Absalón y otros líderes llegarían a Matagalpa a darnos orientación, así fue, y eso nos sirvió para comenzar a construir nuestro sindicato. Para entonces ignoraba que había otro movimiento de obreros izquierdistas, entre los que estaban Armando Amador, Ricardo Zeledón, Manuel Pérez Estrada, Edmundo Leets y otros.
Llego al fin el momento de formar la Confederación. Los izquierdistas querían que se llamara Confederación de Trabajadores de Nicaragua (CTN), Absalón prefería “Confederación General del Trabajo” (CGT).
Cuando llegamos al congreso que se realizaba en la Casa del Obrero, un grupo encabezado por Absalón salió a nuestro encuentro y nos dijo: “Ya no va a haber congreso”. “¿Y por qué?”, preguntamos. “Los izquierdistas lo sabotearon”.
Salimos los matagalpinos de la casa, y ya en la calle nos encontramos a Amador, Manuel, Ricardo y Miguel Medina. Para entonces yo simpatizaba con la Unión Soviética, pero no por comunista, sino por su resistencia heroica contra Hitler. Amador y los otros me explicaron que ellos eran del ala izquierda, y aquéllos, los de Absalón, los del ala derecha.
Me pareció bien ser izquierdista y les dije que llegaran a Matagalpa a enseñarnos. “Lleguen que yo los espero —les dije, después aprendí a decir los esperamos”.
Enviamos un telegrama a Absalón terminando la relación, y un domingo recibimos en mi casa a Amador, Miguel Medina, Ricardo Zeledón y Domingo Vargas. Con todos ellos, el 3 de julio de 1945, fundamos el Partido Socialista de Nicaragua.
Con mis camaradas yo tuve un progreso ideológico vertiginoso, y el marxismo leninismo caló también en mi madre, que fue una convencida de esa doctrina”, señala don Domingo, que ya para ese tiempo era conocido como “Chagüitillo”, en referencia a su lugar de origen.
EN WAYWAY RIVER, JOSECITO Y JUAN ÁNGEL LÓPEZ
A partir de esos acontecimientos comienza para Chagüitillo otra etapa de lucha. Participa en la manifestación que se realizó contra Somoza en ocasión de la visita del presidente de Chile, Antonio Ríos, donde escapa de los balazos de la GN refugiándose en el estudio fotográfico “Lux”, de don Francisco López, padre de Irene López.
“Cuando Somoza derrocó a Leonardo Argüello, llegó a Matagalpa la instrucción de que debíamos tomarnos el cuartel, porque llegaría ayuda armada de Guatemala y de Managua, y que se iba a sublevar Boaco. Eso ocurre en 1947, Argüello estaba refugiado en la Embajada de México, y allá fuimos en comisión de partido para decirle que auspiciara el movimiento de reivindicar su presidencia, pero este señor nos dijo: “Yo soy el presidente”. Jamás se quitó la banda y se negó a cualquier propuesta.
Fracasó la conjura y la guardia comenzó a echar presos, la célula socialista en la que yo estaba salió huyendo hasta un lugar llamado Wayway River Mistu, donde se construía una presa de energía eléctrica. Allí encontramos a Josecito Cuadra Vega, que era enfermero y médico del lugar.
Le cuento —interrumpo— que dice Josecito que durante el tiempo que él estuvo allí, su mejor trabajo fue aumentar casi en ocho manzanas el área del cementerio, tan chambón era en la aplicación de curas y medicamentos.
Ja, ja, ja, eso dice. Lo que yo sé es que fue muchas cosas, hasta sindicalista. Total que los mineros presentamos un pliego petitorio al comandante de Siuna, el célebre Juan Ángel López, el del Zanjón de Posoltega. Ante él nos presentamos la patronal y nosotros, cuando leíamos los puntos de nuestro petitorio él sólo le decía al secretario: “Póngale que sí”. Que necesitamos tal y cual cosa… “Póngale que sí”. Que queremos esto y lo otro… “Póngale que sí”. Cuando el representante de la patronal quiso protestar él lo hizo callar. Pero cuando leímos el punto final que era el aumento del 30 por ciento del salario, dijo: “Póngale que no”, y se levantó y se fue. En ese tiempo López era teniente.
A fines de diciembre de 1946, concluido el contrato con la mina, Juan Ángel nos mando a dejar en avión a Matagalpa, se portó a la altura con nosotros.
LOS TRAGOS PROVIDENCIALES DE LA MARIÍTA MATUS
Volví a las andadas con mis camaradas de Managua, y en cierta ocasión acordamos una reunión en el barrio Monseñor Lezcano, en la casa de Rosalina Pereira, pero nos cayó la guardia y se llevaron presos a varios compañeros. Yo regresé a Matagalpa y anduve semiescondido, pero el 13 de enero del 48 me capturaron. A las once de la noche me sacaron, y conducido por dos guardias salimos a la calle. Yo pensé que me llevaban a mi casa, pero pasamos frente a ella sin detenernos y comencé a pensar lo peor, pues íbamos rumbo al panteón. La última casa de la ronda era la cantina de la Mariíta Matus, que estaba cerrada acatando una ordenanza policíaca de operar hasta las diez de la noche. Cuando pasamos frente a ella grité: “¡Mariíta! ¡Mariíta! ¡Soy Chagüitillo, ando preso!” La puerta se abrió y apareció la Mariíta. “¿Y para dónde lo llevan?”, preguntó la señora. “Vamos a cortar zacate”, respondió uno de los guardias. Pero, ¿qué zacate podríamos ir a cortar si íbamos sin machete y sin mecates?
Se me ocurrió entrar de sopetón a la cantina. “Mariíta, ponenos un litro de guarón”, e invité a entrar a los dos guardias. Entonces, dividí el litro de guaro en tres tragos, yo me eché mi trago de un solo golpe y los guardias me imitaron. “Poneme otro litro, Mariíta…”. Estaba bajo una tensión terrible, sabía que me llevaban a matar, y quizás por eso no me emborrachaba, estaba plenamente lúcido. “Ponéme otro, Mariíta”, le dije. Ya al tercer litro de guaro los guardias cayeron bolos.
Así las cosas, la Mariíta y otros parroquianos sacaron a los dos militares que quedaron tendidos en la acera, yo tomé los dos rifles que andaban y me fui al cuartel a entregarlos. Ya a esa hora la Mariíta había avisado a mi madre, hubo un pequeño escándalo en el cuartel, y a las cuatro de la mañana me pusieron en un jeep custodiado y me trajeron preso a El Hormiguero de Managua. El comandante de Matagalpa era el coronel Federico Davidson Blanco.
En El Hormiguero me encontré con el doctor Mario Flores Ortiz, a quien también habían capturado, ambos pasamos como un mes en una celda donde uno de nosotros tenía que permanecer sólo de pie y el otro sólo acostado, sin posibilidad de intercambiar situación, allí estuvimos un mes, después nos llevaron a las cárceles de La Aviación a una celda que era para 16 presos, pero ellos metieron 68.
Allí pasé tres meses, para colmo de males, a mi madre le dio un derrame cuando un ciudadano llamado Domingo Alaniz le dijo que él venía en camión de Managua a Matagalpa cuando vio que en la Cuesta de El Coyol la Policía estaba enterrando un cadáver, y que el muerto era yo, y que hasta ayudó a sepultarme.
Después también supe que el Obispo, monseñor Isidro Augusto Oviedo y Reyes se presentó a mi casa para exorcizarla. “Doña Juanita —le dijo una señora que acompañaba al Obispo—, aquí viene Monseñor a exorcizar la casa porque el demonio se ha apoderado de ella, porque Domingo es comunista y por eso la casa está en poder del diablo y hay que sacarlo”. Mi madre le respondió: “Si Domingo es el diablo, yo soy la diabla porque yo lo parí”, y no dejó entrar a la bendita delegación.
Cuando sacaron a varios camaradas de la cárcel, un compañero llamado Itamar Vásquez viajó a Matagalpa para decirle a mi madre que yo estaba vivo… Y mi madre no lo quería creer, porque me creía muerto y enterrado en la Cuesta de El Coyol.
Al día siguiente mi madre viajó a Managua en compañía de mis tres hijos: María Lourdes, Efraín y Luis, allí los pude ver durante cinco minutos. Sólo nos abrazamos y lloramos. Estuve ocho meses en la cárcel.
¿Como fue eso de su matrimonio?
Yo me casé con Juanita Sancho en 1938. Mis hijos son María Lourdes, que vive en Estados Unidos; Efraín que vive en Linda Vista, y Luis, editor de LA PRENSA. Ellos aguantaron todos esos sufrimientos.
Por mediación de Gabry Rivas y con el compromiso de abandonar toda actividad sindical y disolver el Partido Socialista, me pusieron en libertad junto con otros camaradas, para eso tuvimos que firmar un documento condicionante.
Pero volvimos a las andadas en la organización de los trabajadores. Y en 1949 Davison Blanco me martirizó con persecuciones y carceleadas, hasta que una vez me citó y me dijo que no era grato y que mejor me fuera de Matagalpa, porque me estimaba mucho y no quería que me sucediera algo malo.
Mi madre se llenó de miedo, y así el 13 de enero de 1950, montamos unos cuantos trastos en un camión y salí deportado para Managua junto con mi esposa y mis tres hijos. Ya en la capital yo no sabía adónde ir, pero de repente me acordé del Hospital General, donde había estado grave mi madre y donde murió Monchita, mi hermana, y donde estaba Sor Sacramento, amiga nuestra.
La monjita nos ayudó, y mi madre, Juanita y mis tres hijos se quedaron momentáneamente en el hospital, yo me fui a ver a mis camaradas. Pasé o pasamos muchas penurias hasta que conseguí un trabajo de mensajero en la Compañía Nacional de Seguros, así aprendí a andar en bicicleta y las difíciles direcciones de la vieja Managua.
DEFENSOR DE LOS POBRES
Perdió su empleo de cartero por negarse a suscribir una carta servil para Somoza. Ese mismo día falleció su madre.
Los años de la dura dinastía de los Somoza vieron en “Chagüitillo” a un tenaz defensor de los obreros y de las clases desposeídas de Nicaragua.
Se puede afirmar que en la historia de nuestro país no ha existido alguien tan comprometido como “Chagüitillo” en el progreso de su comunidad y de su pueblo.