Alegría con la desgracia ajena

Roberto Aguilar Briceño. Observando atentamente las cadenas televisivas durante el día y parte de la noche del martes 11 de septiembre, a fin de tratar de entender la indescriptible catástrofe que la violencia disfrazada de creencias filosóficas, políticas y religiosas nos “brindaba” al mundo entero, agregando nuevos elementos para cuestionarnos si realmente estamos evolucionando en […]

Roberto Aguilar Briceño.

Observando atentamente las cadenas televisivas durante el día y parte de la noche del martes 11 de septiembre, a fin de tratar de entender la indescriptible catástrofe que la violencia disfrazada de creencias filosóficas, políticas y religiosas nos “brindaba” al mundo entero, agregando nuevos elementos para cuestionarnos si realmente estamos evolucionando en la escala animal o nos estamos quedando rezagados con relación al resto de especies, tuve oportunidad de ver dos escenas que atrajeron poderosamente mi atención:

1. Un grupo de niños palestinos celebraba con sincera alegría las noticias preliminares del hecho terrorista. Más tarde, líderes y personas mayores de dichas comunidades aclararon que fueron reacciones aisladas y espontáneas de niños que ignoraban la naturaleza y magnitud de la catástrofe. Posiblemente esto sea comprensible (no justificable) si tomamos en cuenta que la educación de estos niños desde sus inicios contempla los valores de quienes viven una guerra eterna y son entrenados para, llegado el momento, actuar aún a costa de sus vidas y las ajenas, como un acto de heroísmo patriótico que tendrá su recompensa celestial.

2. Las escenas vergonzosas de un grupo de personas que, en la Rotonda Santo Domingo, respaldados por las banderas de Nicaragua y los Estados Unidos, hacían proselitismo político en plan de “fiesta cívica”, aprovechando para sus intereses las miles de vidas humanas perdidas, la mayoría de las cuales aún no son del conocimiento pleno de sus deudos, irrespetando flagrantemente los símbolos patrios de ambas naciones y los sentimientos de consternación y duelo que tales hechos originaron en la mayoría de pobladores del mundo.

En este caso, no me resultó ni siquiera comprensible tal actitud, puesto que a estas “personas” nadie les ha lavado el cerebro, entre otras cosas porque ¿qué cerebro les van a lavar?.

Quiero solicitar que, al igual que en el primer caso, alguien en nombre de nuestro país aclare que éstos son hechos aislados de personas que no tienen capacidad de distinguir un hecho que enluta al mundo, posiblemente porque están entrenados para basar su alegría en la desgracia ajena.

Agradeceré la publicación de la presente como un testimonio de “una persona mayor”, esperando que oportunamente se produzcan las aclaraciones de nuestros líderes, a fin de que la vergüenza no nos cubra a todos.

Cédula 562-170446-0000M  

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