Cuadrillas de rescate y limpieza buscan sobrevivientes y remueven escombros del edificio del Pentágono, en Washington.

Washington un día después

David PezzulloEspecial para LA [email protected] Washington D.C. Otro día excepcionalmente claro y lindo en Washington. Todos los más de 500 mil empleados del gobierno federal fueron al trabajo como si fuera cualquier otra mañana. El metro funcionaba como todo los días. Todos haciendo un gran esfuerzo por mostrar que las cosas andaban normal. Pero todo […]

David PezzulloEspecial para LA [email protected]

Washington D.C.

Otro día excepcionalmente claro y lindo en Washington. Todos los más de 500 mil empleados del gobierno federal fueron al trabajo como si fuera cualquier otra mañana.

El metro funcionaba como todo los días. Todos haciendo un gran esfuerzo por mostrar que las cosas andaban normal. Pero todo ha cambiado. Las imágenes de los aviones de pasajeros explotando al chocar contra los edificios, de gente tirándose de las torres en llamas son una sombra general, una visión compartida. Y las conversaciones usuales inevitablemente giran hacia lo impronunciable:

“No dormí bien anoche porque…”

“Que llegué tarde porque los hijos…”

“Pues, después de ayer…”

“Que estaba hablando con familiares que viven en Manhattan a ver si…”

Primero fui hacia el Pentágono. En la ruta vi que varias iglesias tenían rótulos hechos a mano anunciando reuniones esta tarde para rezar. No explicaban para qué. Se daba por entendido.

Varias rutas de acceso al Pentágono por el lado oeste, donde fue la destrucción, estaban bloqueadas por simples cercas de metal. Sin embargo pude llegar al edificio y estacionar en el parqueo. Nadie me dirigía, nadie me paraba.

No hubo presencia policial notable. Estaba todo increíblemente tranquilo, sólo que el humo negro seguía saliendo lentamente del lado oeste de ese enorme edificio. Y las cuantas banderas alrededor estaban a media asta.

En el centro de la cuidad la calma fue notablemente igual. El Departamento de Estado, normal. Bueno, unos cuantos oficiales de seguridad de más, pero nada especial.

Manejando por la Calle Constitution que cruza el centro de la cuidad del monumento Lincoln hacia el Capitolio, no había evidencia de cambio. Algunos turistas en el Mall —el jardín central de Washington— visitando los monumentos y museos. Algunos hacían su jogging diario.

Lo único fuera de lo normal eran las banderas frente a los edificios gubernamentales, todas a media asta.

Nada especial frente a la OEA. Más policías que lo usual en el lado sur de la Casa Blanca, pero era como si algún Presidente extranjero estuviese de visita, algo usual aquí en Washington.

Sólo subiendo al Capitolio cambiaba un poco el aspecto. Aquí sí había mucha policía, inspeccionando vehículos antes de entrar al parqueo por las varias calles de acceso. Y el campanario en el jardín a un costado tocaba una canción patriótica de la época de la Guerra Civil. Esto le llega a uno, esta música solitaria de lamento y fe.

HÉROES Y SOBREVIVIENTES

Hablé con amigos en Nueva York. Uno tiene un primo que pudo bajar del piso 81 de una de las Torres Gemelas y escapar el desastre. Decía el primo que la Policía y bomberos guiaban a la gente por las miles y miles de gradas oscuras. Que los bomberos subían y subían buscando gente entre el humo y la oscuridad.

Si gente pudo salir de tan arriba, da esperanza de que bastante gente pudo escapar antes del colapso. Otro amigo tiene un hermano bombero que participó en el rescate. De su grupo, más de 100 desaparecieron en la caída de la torre sur. Éstos son los héroes de esta tragedia. Mucha gente logró salir por el trabajo que hicieron estos bomberos que subían hacia las llamas.

Las discusiones en las salas del poder, en las casas y entre vecinos son sobre “¿ahora qué? Y sobre si se puede hacer algo efectivo contra el terrorismo. Pero, por otro lado, es más fácil ir con el momento, y hacer algo para calmar el hambre con algún tipo de venganza. Para construir algo efectivo habría que involucrar a todo el mundo y mostrar liderazgo, voluntad y consistencia.

David Pezzullo, periodista nicaragüense que reside en Washington.  

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