Jorge Eduardo Arellano
Cuando en los años 80 fue elaborada la bibliografía Nacional Nicaragüense/1800-1978 —que me correspondió coordinar en Nicaragua y asesorar en Redlands, California— los fondos del “Liceo Lola Soriano” no podían faltar entre las fuentes consultadas. Y así aparece consignado en esa obra magna en tres volúmenes, única en su género a nivel latinoamericano.
Tal fue uno de los principales contactos que tuve con la fundadora de ese centro; un kindergarden surgido en los años 30 que se transformó en templo de cultura. Efectivamente: no sólo se dedicaba a la enseñanza diurna y nocturna, para niños y adultos, pudientes o no sino a difundir la música orquestal y las artes plásticas, el pensamiento y la poesía, también coleccionaba testimonios aborígenes y construyó en piedra y cemento, el primero y único mapa en relieve de Nicaragua, destruido por el terremoto de 1972.
Respondiendo a una voluntad excepcional, esa gestión y eficacia permanente era posible dentro de las circunstancias históricas hace tiempo desaparecidas, en que se inscribía. Pero no conviene olvidarla —ahora que el alma de ese centro acaba de fallecer a los 79 años— había nacido en Managua el 18 de junio de 1922 y que, de acuerdo con un reciente editorial de LA PRENSA, ninguno de los candidatos presidenciales ha formulado un plan concreto de política cultural, como lo requiere una sociedad moderna.
Pues bien, “Lolita” —tal como se le llamaba cariñosamente— hizo lo que podía, durante varias décadas, como promotora de cultura, fundando y animando asociaciones, formando parte de otras, como el Instituto Bolivariano o el de Cultura Hispánica —a los que facilitaba su local para reunirse—, apoyando a nuevos y a reconocidos artistas nacionales. Y ello sin descuidar su vocación de pedagoga y su producción personal impresa, confirmada por ocho títulos; desde su “Viaje por el sendero educacional” (1946), que le sirvió para incorporarse al Ateneo de Masaya, pasando por sus minibiografías del sacerdote capitalino, Juan Manugel Argüello —nacido en 1886— y de Rubén Darío, un “Breve ensayo político” (1957) y la lección teórica “Folflore, Folkvisa y folkway” (1958), hasta el discurso en la celebración centenaria de la gloria inmortal de Marcelino Menéndez Pelayo (1966).
Por tanto, esta maestra —toda energía, toda fe, todo entusiasmo—, llegó a ser una referencia inevitable en el medio cultural del país anterior a 1979 y, estoy seguro, perdurará por su labor de educadora, unida al hombre con quien compartió su vocación intelectual, el recordado doctor Julián N. Guerrero, dejando publicadas más de 50 obras. La última fue “Nicaragua turística” (1996) que se sumó, con precisión sintética y elemental, a tantas aportaciones, entre ellas los dos volúmenes de “100 biografías centroamericanas”, la “Biografía del cacique Yarrince”, “La Guerra de los indios de Matagalpa” en 1881, “Rubén Darío: poeta místico y diplomático”, el “Diccionario histórico y geográfico de Nicaragua”, etcétera.
Salvo en cierta manera la de Pablito Steiner (1915-1985) y María Teresa Sánchez (1918-1994), no ha existido en el país una pareja tan creadora y fecunda como la formada por Lolita y Julián, hasta el punto de contribuir como nadie a la sistematización del conocimiento monográfico de los catorce departamentos nuestros; labor tesonera que siempre hay que reconocer. Labor realizada mediante esfuerzos supremos e infatigables, tenacidad que sólo merece calificarse de patriótica.
Toda esa proyección —hay que señalarlo— estuvo signada por la orientación didáctica y un sentido oportuno de la efemérides, por el culto a nuestro paradigma universal Rubén Darío (el “Liceo Lola Soriano” también es un museo iconográfico del poeta) y el contenido cristiano del folclore nacional (Lolita editó dos folletos sobre la materia), por una actitud laudatoria y un afán enciclopédico. Todo ello con el ánimo de ser útil y servir a la juventud nicaragüense y, general, a todo coterráneo con deseo de ahondar en su entorno e identidad histórica.
Por eso considero muy merecido el homenaje póstumo que se le tributó oficialmente a Lolita en el Palacio Nacional de Cultura, precedido a principios de este año por la colocación de su busto y el de su compañero de vida e intelecto en el patio Este del edificio que había ordenado Clemente Guido Martínez, ex director del Instituto Nicaragüense de Cultura.
* El autor es historiador y escritor.