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Resulta un poco extraño que a uno lo llamen “ciudadano centroamericano”. Quizás porque en la región los pobladores de cada país nos hemos visto con diferencias y tendemos a identificarnos con base en estereotipos, aun siendo amigos. Los hondureños dicen que los nicas somos “los chochos”, por esa expresión admirativa que usamos con frecuencia, y así cada cual tiene una idea, falsa o verdadera, de los vecinos del istmo.
En la frontera de Las Manos, cruzando hacia Honduras, el oficial de Migración me entregó una esquela que me autorizaba a pasar, en la que pude leer que el documento CA-4 me daba todos los derechos como “ciudadano centroamericano”. Aunque hemos oído hablar de integración un sinfín de veces, creo que nos resulta difícil sentirnos ciudadanos centroamericanos.
Centroamérica es una región relativamente pequeña, pero cargada de tantos conflictos en el pasado que, además de distanciarnos, cubrieron a nuestros pueblos de imágenes falsas en determinados momentos. Tres días después de estar en Tegucigalpa, uno de los miembros del equipo de LA PRENSA me comentó: “Me habían dicho que los hondureños eran malos, pero veo que la gente ha sido muy amable con nosotros”.
Podríamos decir que por décadas la conducta frente al resto de centroamericanos ha estado signada por cierta discriminación, en la que los nacionales de cada país tratamos de reafirmarnos como mejores. O sea, que además de las fronteras físicas nos han dividido fronteras culturales, y los efectos de las políticas y ambiciones de algunos gobiernos que entran en conflicto con los de otro país.
Tenemos diferencias, por supuesto, muy importantes, que si las vemos desde el lado positivo, nos podríamos percatar de que hacen más variado y rico el potencial de lo que podría ser la nación centroamericana.
Recuerdo que en 1991, en la Universidad Centroamericana de El Salvador le pregunté a un sacerdote jesuita qué necesitaba Nicaragua para levantar su economía, que había quedado muy rezagada por el conflicto de los años 80, y él sin inmutarse me respondió: “Un millón de salvadoreños”.
En toda Centroamérica, los salvadoreños han adquirido la fama de ser laboriosos, por superar las peores dificultades económicas a puro trabajo, y muchos nicaragüenses recordamos cuando había refugiados salvadoreños aquí y Managua se llenó de pupuserías, como hoy las encuentra uno en Washington o en Los Ángeles.
Los centroamericanos tenemos que conocernos mejor y aprender más unos de otros, porque ninguna unión o integración regional puede llegar a dar frutos, si unos pretenden imponerse a los otros. No. Se trata de compartir culturas, experiencias y conocimientos, y unir esfuerzos laborales.
Aunque deberíamos de comenzar por conocernos bien los mismos nicaragüenses, porque somos muchas las personas del Pacífico que, por ignorancia, discriminamos a los habitantes del Caribe.