Réquiem por el café

  • En Nicaragua no podemos
    esperar de brazos cruzados a
    que el mundo nos compre a buen precio lo que estamos acostumbrados a producir. La pregunta apropiada es: ¿qué es lo que el mundo quiere comprar y que
    nosotros podemos producir?

Jorge [email protected]

Toda defunción causa tristeza. La actividad cafetalera, tal como la hemos conocido por más de un siglo en Nicaragua, está muerta. Murió de vieja, y no como consecuencia de un “descuido” del gobierno ni de una maquinación perversa de malévolos capitalistas extranjeros empecinados en causarle daño a los países pobres.

Por más de cien años nos dedicamos en Nicaragua y en todos los demás países centroamericanos, exclusivamente a sembrar, cosechar y exportar café en oro. Cuando otros vieron que esa actividad era rentable, hicieron lo mismo. Consecuentemente, la oferta mundial fue creciendo hasta llegar a estar muy por encima de la cantidad que los consumidores deseaban comprar. La consecuencia de ello: una drástica caída de los precios. Simple ley de oferta y demanda.

Los caficultores se habían acostumbrado a un repetitivo ciclo de precios bajos y precios altos. Cuando los precios bajaban, era cosa de rezar y esperar a que hubiese una “helada” en el Brasil que disminuyera la producción para que los precios subieran. Cuando éstos subían, los caficultores pagaban sus deudas, y algunos —los más dedicados— aumentaban el área sembrada. Otros se gastaban alegremente el dinero. Jamás pensaron que algún día esa “estructura” cambiaría radicalmente como consecuencia de innovaciones tecnológicas que volverían irrelevantes las heladas, y de un drástico aumento del área sembrada en otras partes del mundo. No fueron previsores; no se diversificaron, ni se industrializaron.

Ahora escuchamos a los productores y a los políticos “exigir” que “se le dé una solución a la problemática del café”. Todos sabemos lo que eso significa: que el Gobierno resuelva el problema. Y el Gobierno, compuesto por políticos, dice, obviamente, que está dispuesto a “ayudar a resolver el problema”. Para eso ha anunciado la creación de dos fondos de crédito: uno en base a 25 dólares por quintal exportado en la cosecha pasada, y otro en base a 50 dólares por cada manzana sembrada de café hasta por un máximo de 200 manzanas.

Pero el Gobierno sabe bien que con eso no está resolviendo nada, sólo dándole una aspirina a un enfermo de cáncer. Así lo reconoció la Comisión Nacional de Producción del Consejo Nacional de Planificación Económica Social (CONPES), en un comunicado que publicó en el Diario LA PRENSA el viernes 31 de agosto. En el fondo, los productores también saben que su actividad ha dejado de ser rentable. Eso lo he confirmado en conversaciones con varios caficultores fuertes. Durante la reciente visita a Nicaragua del presidente Francisco Flores, de El Salvador, observé que depositaba su confianza en un gran esquema de retención y destrucción de café para provocar un repunte en los precios. Creo que su optimismo es exagerado. A mi juicio, los precios bajos llegaron para quedarse. Duele decirlo, pero es la realidad.

¿Qué significa todo lo anterior? ¿Que la caficultura tiene que desaparecer por completo de nuestro país? No necesariamente. El café que se produce aquí y en otros países del área es café de buena calidad. Una buena parte de la caficultura podría salvarse si los productores se convirtieran en empresarios. El productor, tal como se percibe a sí mismo en Nicaragua, es alguien dedicado a una determinada actividad agropecuaria que, por ley, piensa que debe siempre ser rentable. El empresario, por el contrario, se caracteriza por su capacidad de convertir los reveses en oportunidades. Toma riesgos, planifica estratégicamente, permanece alerta a las señales del mercado, hace ajustes, es agresivo en la búsqueda de nuevos negocios, diversifica sus actividades. Sabe que en el mundo real puede sobrevivir y tener éxito sólo si produce bienes y servicios que la gente esté dispuesta a comprar.

En Nicaragua no podemos esperar de brazos cruzados a que el mundo nos compre a buen precio lo que estamos acostumbrados a producir. La pregunta apropiada es: ¿qué es lo que el mundo quiere comprar y que nosotros podemos producir? Hay demanda para café orgánico. Se pueden desarrollar nuevas marcas y buscar alianzas estratégicas para industrializar el café y para buscar nuevos esquemas de comercialización. Se puede dedicar la tierra a otros cultivos o a otras actividades.

Sí, ya lo sé. Se me dirá que nada de eso se puede lograr de la noche a la mañana. Cierto; pero no hay otro camino. Con todo lo difícil que lo anterior parezca y sea, es mucho más real, y factible de lograr, que prometer demagógicamente la solución de la crisis cafetalera extendiendo un “Certificado de Salvación de la Caficultura”, como lo está haciendo en su propaganda electoral el partido Frente Sandinista.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la UTM.  

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