Pablo Padula
Hortensia Rodríguez murió de la misma forma en que vivió los últimos 4 años de su vida, aterrorizada. El monstruo que la asesinó primero mató a sus hijas para que ella lo viera, lo sufriera, y luego le disparó. Enseguida el cobarde se pegó un tiro en la cabeza.
Danny Dehoyos no era cualquier hombre, era su esposo y el padre de las niñas, Celeste de 1 año y medio y Valerie de 7 meses de edad.
Poco antes de morir Hortensia, desesperada, le pidió a su hermano Armando que fuera a buscar ayuda. Estaban todos en un minivan tras salir de una cita con el médico. El joven quiso sacar a una de las niñas, pero no pudo porque estaba amarrada a la silla infantil.
Cuando llegó la policía, encontró la macabra escena: Hortensia esposada al volante y las niñas sentadas en sus asientos. Todas muertas. Luego se supo que había otra víctima. La joven, de 18 años, estaba embarazada.
Me imagino que ustedes se están preguntando lo mismo que yo: ¿por qué? ¿Cómo alguien puede sentir tanto odio por otro ser humano, mucho menos por la madre de sus hijos como para someterla a la tortura de ver morir a sus bebés y luego matarla?
La respuesta a estas preguntas se las llevó Danny Dehoyos a la tumba, pero dejó algunos indicios que podrían servir para explicar semejante atrocidad.
Él dice que su madre nunca lo quiso. En una de las pocas charlas que tuvo con la madre de Hortensia le contó que él fue producto de una violación.
Dehoyos, de 26 años, pesaba 320 libras el día de la tragedia. Ella no llegaba a 100. Era pandillero, usaba drogas, estaba siempre armado, y había amenazado con matar a toda su familia en otras ocasiones.
José Rodríguez, el padre de la joven, me contó que el asesino de su hija y sus nietas era un hombre inseguro, violento, extremadamente celoso, que siempre hizo todo lo posible para que Hortensia estuviera constantemente embarazada, como una forma de lograr que su cuerpo se deteriorara y ningún hombre la quisiera seducir. Le ocultaba las pastillas anticonceptivas.
Su primer embarazo fue a los 14 años. A los 18 ya tenía dos hijas y esperaba otro bebé.
Su desesperación por controlar a su esposa lo llevó al punto de hacerle perder varios trabajos porque Dehoyos se presentaba inesperadamente y le hacía escándalos porque sospechaba que ella hablaba con otros hombres a sus espaldas.
Sus padres llamaron a la policía en varias oportunidades porque sabían que la joven estaba en peligro, pero las autoridades siempre le respondían que si ella no quería presentar cargo no podían hacer nada.
Hortensia no tenía salida. En una oportunidad, luego de que ella encontró el coraje de pedirle el divorcio, él la amenazó con una pistola y cuando su padre llegó a buscarla se quedó con la pequeña Celeste como rehén.
Al día siguiente se presentó de improviso en la oficina del abogado que estaba tramitando la separación definitiva y le pidió que regresara con él. Como tenía una orden judicial de no acercarse a ella, algo que violó en varias oportunidades, su padre llamó a la policía y logró que se lo llevaran preso. Pero Dehoyos salió libre pocos días después porque, según los detectives asignados al caso, no pudieron contactar a Hortensia para que ella lo acusara formalmente de abuso.Dos semanas más tarde toda la familia estaba muerta dentro de un minivan en un suburbio de Dallas.
El “animal”, como lo describe José, dijo, antes de la masacre, que “lo perdonen porque eso era algo que tenía que hacer”. Matarlas.
¿Por qué las criaturas? ¿Qué hicieron ellas para merecer morir? ¿Por qué nadie pudo evitar semejante atrocidad?
Hortensia fue enterrada en el mismo ataúd junto a sus hijas y el bebé por nacer. Parecían angelitos, fueron angelitos y lo serán por siempre.
Y mientras en Texas se buscan las respuestas para explicar semejante tragedia, la policía en California está tratando de encontrar a Nikolay Soltys, un inmigrante ucraniano que mató a su esposa, también embarazada y a 5 miembros de su familia, incluidos sus hijos.
Por el amor de Dios, ¿qué está pasando?
* El autor es periodista.