Emilio Zambrana
Realmente en el ajedrez político hay mucho que aprender. Los giros que está tomando la política en nuestro país, posiblemente estén llevando a cierto políticos a subestimar el voto de los ciudadanos comparando las candidaturas con una mercadería que tienen que comprar los electores porque, según expresan los pontífices de la política, “los votantes viven de las ilusiones políticas”.
Un amigo granadino que tiene aspiraciones casi paranoicas de participar como candidato a cualquier cargo de elección popular, ya sea para alcalde, diputado o por último como asesor de imagen de algún político, me espetó hace algún tiempo: “al pueblo le encantan las promesas de los políticos… votan por ellas”, me dijo sin rubor alguno.
Ciertamente los votantes compramos, para emplear el lenguaje moderno del marketing político, ilusiones y simpatías a la hora de elegir a nuestros candidatos. Pero no debería de ser así. Los votantes tenemos una enorme responsabilidad a la hora de ejercer nuestro derecho ciudadano del voto. Y no podemos asumir una postura abúlica ante la elección de una persona de cualquier partido político que aspire, en las presentes circunstancias, a ganar la presidencia de la República.
Algunos políticos precisamente, a la usanza de décadas pasadas, consideran que el garbo de sus discursos acompañados de emblemáticas y emotivas oratorias bastan para persuadir al votante en su carrera por un cargo de elección popular.
Están equivocados aquellos políticos anacrónicos si piensan que en este mercado electoral la tesis de que las ilusiones y las promesas son las que les garantizarán el voto de los ciudadanos. No es cierto que ésa sea la medida de los ciudadanos a la hora de ejercer el voto.
Cierto, la imagen, las promesas, las ilusiones, las simpatías, entre otras propiedades de los políticos, juegan un papel importante para tratar de persuadir a la clientela política. Pero no lo es todo. La inteligencia de los votantes, marcada a través de las últimas contiendas electorales, estará de manifiesto en las elecciones de noviembre próximo.
No hay que subestimar la inteligencia de los votantes circunscribiéndolos a optar por un mercado de ilusiones a la hora de elegir a un candidato. No se puede, por lo demás, atribuirle indolencia a la actual clientela política, cada vez más ecléctica por los sinsabores y las amarguras de las últimas elecciones.
Es posible que la venta de ilusiones esté presente en la mayoría de los candidatos en la presente campaña electoral, pero de allí a que la clientela sea mayoritaria, hay un absurdo de diferencia.
Muchos politólogos y avezados periodistas latinoamericanos sostienen, con mucha razón, que la realidad política de nuestros pueblos está en plena armonía con el realismo mágico representado en la literatura y que, dicho sea de paso, ese realismo tiene una vertiente kafkiana porque se inventan conspiraciones, caprichos, megalomanías, secretividades policíacas y hasta raptos de ensueños de algunos políticos.
Lo ideal sería que estas elecciones sean un termómetro para medir, no sólo las simpatías de los candidatos, sino también si en ese mercado de ilusiones hay cabida para elegir con pragmatismo y realismo una agenda nacional que impulse el desarrollo sin ilusiones ni espejismos. De hecho, si no hacemos lo anterior caeríamos en la tendencia de estigmatizar aún más a nuestra clase política. Bien dijo el gran poeta y escritor Jorge Luis Borges: “… no me gustan las personas que se promocionan con la política. Son despreciables”.
* El autor es poeta y periodista nicaragüense.