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Acompañé a Carlos Alberto Montaner en visita a Zoilamérica Narváez poco después que la denuncia de violación a manos de Daniel Ortega impactara en los medios de comunicación. La reunión tenía por objeto escuchar su versión de viva voz. Carlos Alberto deseaba manifestarle apoyo y colaboración para una mayor divulgación a nivel internacional. Mi intención, luego de conversaciones telefónicas, era conociéndola poder discernir la veracidad de su historia.
Esa tarde Zoilamérica narró su larguísima noche oscura, paso a paso desde sus once años. A medida que hablaba y recordaba, fuimos testigos de su dolor aún pendiente, de la sana vergüenza de mujer y su valentía; observando a la vez cada uno de sus gestos, el énfasis en sus palabras y hasta los movimientos de sus ojos, como para detectar quizás la motivación oculta.
Pero fue en vano. Todo indicó el genuino sufrimiento de mujer en transición hacia una liberación y sanidad interior. Su pesadilla y su dolor nos fueron creíbles de principio a fin, según los presentaba, a veces con la mirada ausente y prudentes lágrimas: desde aquellos años de preadolescente llenos de angustia y confusión, víctima temprana de Daniel Ortega; los inenarrables detalles de los sistemáticos abusos físicos y emocionales de tantos años; el extraño silencio y complicidad de su madre, quien la abandonó a merced y capricho del “padre”; la impotencia del joven marido, esperanza que fracasa, paralizado por el terror y el acoso del poderoso; los inauditos “consejos espirituales” de Miguel D’Escoto, exhortándola a cargar su cruz y ofrecerse en sacrificio vivo por la revolución (?); el silencio de todos aquellos cobardes que siempre supieron lo que sucedía, pero tal vez envidiando al bárbaro amordazaron una vez más sus conciencias. Hasta que finalmente llegó el momento y la oportunidad de escapar.
Guardamos silencio mientras Zoilamérica revelaba pormenores. Conocimos así rincones oscuros de la enferma psiquis de su victimario. Procurando no interrumpir, y entre cafés, cigarrillos y agua, escuchamos la muerte vivida por Zoilamérica. Recuerdo la silenciosa vergüenza, como testigo no invitado, mientras me decía a mí mismo que Ortega no representaba a los verdaderos hombres, sino que encarnaba el penoso estado al que algunos llegan cegados por la corrupción y el poder.
De toda aquella conversación quedó también grabada la actitud de Zoilamérica al afirmar que su mayor aspiración era que algún día su madre acepte la responsabilidad que le corresponde en esta tragedia, y pudiera recibir el perdón que le ofrecía. Porque, a pesar de semejante barbarie familiar, el amor-dolor por su madre, y el sufrimiento por el aislamiento y manipulación de sus hermanos, estuvieron presentes todo el tiempo.
De esto han pasado algunos años. Y esta tragedia ha recorrido un singular camino, aún inconcluso. Pero hoy, cada vez que veo propaganda de Daniel Ortega, pienso en el significado que constituye para nuestro país que alguien sobre cuya conciencia pesan el fardo de ésta y muchas otras denuncias, sea candidato a presidente de la República. Y que un sector de nuestra población, entre quienes están mujeres, hombres y jóvenes con supuesta sensibilidad social y humana, sean capaces de respaldarlo y manifestarle admiración. Todos somos testigos. Esto, francamente, debería preocuparnos mucho más que las recurrentes incoherencias ideológicas y curiosas fórmulas económicas que Ortega en su miedo a la derrota exhibe.