Eduardo Enrí[email protected]
Uno esperaría que en estos días en que la campaña electoral se empieza a poner caliente, los partidos políticos hicieran gala de sus dirigentes de mayor renombre, sacaran a relucir los símbolos que los identifican y se llenaran la boca recordándole a la gente, al votante, las maravillas que sus correligionarios o sus administraciones han hecho en el pasado.
Pero aquí está ocurriendo precisamente lo contrario. Particularmente los dos partidos mayoritarios están haciendo todo lo posible por desligarse de su pasado, por demostrarle al votante que ahora no tienen nada que ver con lo que pasó ayer.
En esto el Frente Sandinista tiene una actitud más marcada. Además de mantener a su candidato diciendo lo menos posible, cuando habla, no es para recordar a los votantes lo que es capaz de hacer, sino para asegurarles que no hará lo que hizo cuando fue gobierno.
Pero además de eso, los estrategas de la campaña sandinista parece que le han tomado fobia al rojinegro, un símbolo omnipresente en la década de los ochenta. En la campaña actual, esos colores están relegados a una esquinita en la propaganda electoral; predomina el “rosado chicha” en las mantas, calcomanías, y hasta en la camisa del mismo candidato, que como siempre ha optado por un nuevo uniforme. ¡Ah! Y se me olvidaban las margaritas, que en un comercial de televisión las presentan por millones
Y en cuanto a los dirigentes, que son los mismos que ocupaban altos cargos en los ochenta y que ahora encabezan las listas para diputados nacionales y departamentales, pues parece que la jefatura de campaña ha decidido que mientras menos se les vea, mejor. Y no los culpo, es mejor mantenerlos escondidos cuando se llevan candidatos como el ex ministro del Interior, Tomás Borge, sólo para mencionar uno.
Pero no quiero dar la impresión de que este problema sólo lo padecen los sandinistas, aunque en el caso de ellos es más agudo porque se ven obligados a dar un nuevo “rostro” a su candidato perpetuo a la Presidencia de la República.
Los liberales también tienen que luchar contra su pasado, y el problema de éste es que es reciente, o más bien actual, si cabe tal expresión.
Varios liberales me han comentado, por ejemplo, que para ellos fue un alivio que el presidente Arnoldo Alemán no haya estado presente en la apertura de campaña de su partido en Matiguás. No es secreto para nadie que al menos en el equipo de campaña del candidato presidencial, el actual presidente es considerado una desventaja, más que una carta de presentación, como debería ser si hubiera hecho un buen gobierno.
Don Enrique, por ejemplo, ha tomado como uno de sus lemas de campaña: “Hagamos un trato…”, eso no es por casualidad, es un esfuerzo claro por distanciarse del Pacto que Alemán hizo con Daniel Ortega. El Pacto y su subsiguiente destrucción de las instituciones democráticas son el logro más visible de la Administración Alemán.
Para más señas, el candidato liberal aprovecha cada oportunidad que tiene para recalcar que él “no es de los que hace pactos de cúpula”.
Por otro lado, llama la atención que para jefe de campaña de Managua el equipo de Bolaños haya seleccionado a Pedro Solórzano. ¿Liberal Constitucionalista? ¡Nada que ver¡ Uno pensaría que después de 10 años de controlar la Alcaldía de Managua los liberales tendrían algún líder, popular, capta-votos. Y en este caso también hay una clara intención de alejarse de los colores partidarios. El amarillo es predominante en los carretones, no el rojo.
Pero bueno, ¿qué nos quieren decir los políticos, sandinistas y liberales, con esto? Para mí, están desesperados por convencernos de que no son lo que son, de que si salen electos van a ser algo diferente, pero el problema es que aparte de cambiarse de camisa o distanciarse del “Hombre”, ambos partidos y sus candidatos deben demostrar con hechos que no van a volver a las andanzas, de lo contrario, lo único que demuestran es que les da vergüenza lo que han hecho, pero no necesariamente que no lo van a repetir.
* El autor es periodista.