Las cartas del general

Joaquín A. Pastora*

Desde su cima rumbosa de “hombre de negocios”, Humberto Ortega se empecina con cíclica puntualidad en enviar cartas a las cúpulas políticas del país, insistiendo en un “Acuerdo nacional” que es parte de su entelequia, de su esperanza.

El propósito no tiene nada de malo. Lo que nulifica la credibilidad es la oscura procedencia del remitente.

No hace mucho se salió de su “covacha” empresarial al enviar una misiva más, que fue dirigida a los tres candidatos presidenciales. Uno de ellos respondió con un “NO”. Los otros con el silencio. Anteriormente había soltado dos proyectos dirigidos a mayor número de dirigentes. Ninguno respondió, ni su hermano.

Como tiene mucho dinero usa una vía poco aconsejable para vender el mensaje: “el campo pagado”, recurso que da la rústica sensación de licitar en hojas volanderas, una empresa inmaterial como lo es el destino de Nicaragua.

Marejadas de hielo sacuden los documentos enviados en diferentes formas. Siguen cayendo en el fondo indoloro de la gaveta. Ni Juan Pueblo desde su llanura les ha hecho rueda. El Frente Sandinista es otro escéptico.

¿Qué significado tiene esa indiferencia? Que la influencia del “General” como dirigente político está devaluada, carece del peso de años anteriores cuando apoyado en su posición de prominente miembro de la Dirección Nacional, ponía a la oposición y aun a los indiferentes con “los pelos de punta” cuando con toda la imperiosidad verbal auspiciada por las circunstancias temporales del poder, imaginaba postes cargados de enemigos.

Ahora las propuestas están rebasadas de “Libre Mercado”, alternabilidad. Llevan todas las recetas de Occidente.

Ortega, quién como lo dijera un cáustico orador “sólo tenía tierra en las uñas”, ahora es un “nuevo rico” y no en “chancheros”. Por lo tanto desde su sino movedizo le corresponde velar por la preservación de su capital.

“El ojo del amo” debería estar más vigilante y encendido que nunca. Por hacer cartas infructuosas no puede dejarse en la soledad el oro acumulado.

Cuando estamos ante un político que fue defensor del proletariado antes de encantarse con la náyade de su plata, se nos viene a la memoria —inevitablemente— uno de los pocos hombres que fue simultáneamente admirable poeta y admirable estadista: el republicano Alphonse Prat de Lamartine, quien puso la lira en el alabastro y el garbo de la tribuna.

Si el gobierno no cumple con su deber, decía, “Francia, que ha tenido las revoluciones de la libertad y las contrarrevoluciones de la gloria, tendrá la revolución de la conciencia pública, la revolución del desprecio”.

La frase encaja con la línea de la subestimación y de lo que pudo ser un proyecto para todos los nicaragüenses.

Terminó siendo una gesta fallida. No sólo admiramos a Lamartine por esa frase y la obra emprendida, sino por su conducta vertical rubricada por el discurso de Alejandro Dumas, cuando luego de reconocerlo como hombre ejemplar al lamentar la pobreza en que murió, hizo esta sarcástica pregunta a la ilustre calavera: “Lamartine, tú que fuiste Ministro seis veces, ¿por qué no te hiciste rico cuando estabas en el poder”?

Tantos años después, la memoria lo enaltece mientras entierra a los que no fueron leales con sus principios.

* El autor es periodista  

Editorial
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