El precio de la verdad

Sergio Boffelli

Los nuestros son tiempos en que el relativismo parece impregnar todos los ambientes. Se dice que nada es enteramente cierto, que todo “depende del cristal con que se mira”, que los tiempos cambian y por eso lo que era considerado verdad hace unos años ahora ya no lo es. Sin embargo el relativismo en sí mismo encierra su propia grotesca negación, pues afirmar que todo es relativo es proponer una supuesta verdad absoluta que no admite discusión ni grado alguno de “relativismo”. Pero, en aras de una desvirtuada “tolerancia”, a los cristianos se nos exige que callemos y aceptemos aún aquello que es contrario a nuestros principios, valores y creencias, olvidando que precisamente en ellos se fundamenta nuestro conocimiento de la verdad y la interpretación del entorno.

Pero la verdad existe, e incomoda a quienes son confrontados por ella. Por eso proclamarla exige un costo que debemos estar dispuestos a asumir, pues los que son descubiertos por ella generalmente intentan silenciar a quienes los “desafían”. En esta última categoría calzan los funcionarios públicos corruptos; los políticos demagogos cuyas vidas desdicen lo que atrevidamente ofrecen; los empresarios que han olvidado el valor y la dignidad humana de sus trabajadores; los oportunistas que insaciables negocian con la pobreza e ignorancia de los demás; aquellos medios de comunicación que han hecho de la violencia y la pornografía un instrumento de mercadeo; los narcotraficantes y grupos armados para quienes el fin justifica los medios; las organizaciones nacionales e internacionales que bajo distintos ropajes promueven la devaluación moral de sociedades agobiadas por el peso de su propia miseria; y todos aquellos personajes que, en beneficio de su vanidad y supuesta imagen, intentan hacer de la misma verdad un objeto manipulable a conveniencia y donde lo que dicen no corresponde con lo que viven.

La fantasía de creer que la verdad es relativa, negociable o temerosa; o que es posible huir de ella indefinidamente, es la terrible fijación de quienes llevan agendas oscuras. Lo hemos visto: grupos e instituciones de distinto signo procurando silenciar a quienes por decir y defender la verdad están en sus “listas negras”. Me constan las amenazas directas o indirectas ofreciendo “recompensas”, o “haciendo ver” al empleador la conveniencia de cerrar la boca a sus subordinados. Es que la verdad compromete, reta, descubre. Proclamarla implica arriesgarse, exponerse al furioso contraataque. La Iglesia Católica lo ha sufrido desde sus inicios, y lo sufre hoy en Nicaragua. El periodismo nacional es un ejemplo valiente. Pero caben también escritores independientes, empresarios y funcionarios públicos honestos, y todos los hombres y mujeres “anónimos” que cada día optan por la verdad sin esperar reconocimientos.

Decir y vivir en la verdad tiene un costo, que en vez de desanimarnos nos debe llevar a asumir sus consecuencias valientemente y con orgullo, redoblando esfuerzos para batallar contra todo aquello que cobardemente pretende hundirnos en la cloaca de la falsedad. Si nuestras conciencias son lo más preciado que poseemos (y finalmente lo único que nos llevaremos), su dignidad y defensa están sobre toda otra consideración.

Si la verdad nos hace libres, los nicaragüenses tendremos esperanzas en la medida que hombres y mujeres se decidan a vivir en la verdad, dispuestos a proclamarla guiados por sanas motivaciones. De lo contrario el camino será siempre un violento cauce que, además de la postración económica, nos conduce también hacia la miseria interior.

* El autor es educador.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí