Ernesto Rivas Solis
El milagro de los panes de Jesús consistió en que con unos cuantos panes, comieron centenares de personas que, al acompañarlo, pasaban hambre a orillas de la playa. Pero como dicen: “En Nicaragua el plomo flota y se hunde el corcho” a través de los años se ha logrado invertir el milagro de la historia de Cristo, para, con muchos panes, apenas coman un puñado de hombres, dejando centenares en la hambruna.
Desde los tiempos de los sandinistas, que al subir al poder encontraron al país en una situación confortable hasta nuestros días, el milagro ha consistido en que recibiendo tanto, han logrado tan poco. Pocos gobiernos como el sandinista han recibido en nuestra historia patria la ayuda material y económica del mundo exterior, suficiente para paliar el hambre y las necesidades, e inclusive, para lograr adelantos en la producción y elevar el nivel de vida de nuestro pueblo. Pero todos esos millones, toditos esos panes, fueron consumidos con exclusividad por los privilegiados, y se extendió la falta de trabajo, se extendió la pobreza, y todo aquello que existía antes —como un paso adelante— se estancó o retrocedió de tal manera que se logró con los múltiples panes producir una hambruna inacabable que dura todavía. La deuda externa se subió a las nubes sin que cayese lluvia sobre las cosechas de esperanza.
En el gobierno de doña Violeta, surgieron nuevos panes. Nuevas donaciones que el mundo, generoso siempre, volcó sobre nuestro país, para ver si salía de aquel caos en que se consumía. Se bajó la deuda externa, pero la ayuda que llegó, a duras penas salpicó a lo interno. No hubo grandes progresos, no hubo producción de empleos, no hubo planes, todo se quedó en el tintero para poder sobrevivir al sandinismo. Pero como es costumbre ya enraizada, sí hubo algunos que usaron aquellos alimentos para su propio y personal sustento.
Pero no pasó a más. El hambre, la miseria, la falta de trabajo y falta de progreso (sin mencionar la paz, que hay que reconocer que sí la hubo) quedaron como legado en retroceso que mató la esperanza de todo nuestro pueblo.
Vino entonces Arnoldo y su camada. Nuevos panes y ayuda monetaria. Y continúa así la vida diaria sin progreso, con hambre y sin trabajo. Para Alemán la hambruna es un fantasma que ha inventado la gente, claro, es que aquéllos a quienes él llama “su” gente están muy bien forrados, todos gordos, todos viajados, ricos, y sonrientes. ¿Cómo va a ver la hambruna quien sólo usa un cristal para dos ojos? La hambruna está allá lejos donde uno de sus ojos ha perdido la vista y ha perdido su corazón el sentimiento. Para él, la hambruna no existe, es un espejismo que fabrican sus enemigos para desprestigiarlo. Y ¿quién va a poder desprestigiar a quien se desprestigia solo día a día, quebrantando la ley a su antojo? No es necesario ya inventarle nada.
Y entre todos, los Ortega y los Alemán, han dejado a su pueblo sin el pan, a pesar de haberlo recibido por millones. Y han logrado así el milagro de los panes, pero al revés, ya que mientras más reciben, menos panes le quedan para el prójimo, hasta llegar al grado que la hambruna, dicen que no hay, que ¿dónde está la hambruna?
Pobre mi pueblo donde el plomo flota, y el corcho se hunde al peso de una bota.
* El autor es periodista.