Roberto Fonseca [email protected]
La noticia entró como huracán, haciendo añicos la monotonía propia de una escuela de formación política. Estados Unidos había invadido la minúscula Isla de Grenada y, por primera vez en la historia, soldados cubanos y norteamericanos se enfrentaban cara a cara. Por tanto, había una expectativa morbosa sobre el desenlace final. El heroísmo vietnamita venía a la mente.
Los medios de comunicación cubanos, sobre todo la radio, contribuían a soliviantar el clima bélico y nacionalista. Durante varios días, desde el amanecer, a través de los parlantes de la Escuela Nacional de la UJC “Julio Antonio Mella”, en La Habana del Este, escuchábamos durante los recesos, himnos y marchas patrióticas, comunicados de prensa y consignas antiimperialistas.
Sin embargo, lo que en verdad hacía detener el tiempo y acelerar los corazones, eran las transmisiones de los mensajes urgentes, entrecortados, al filo de los combates, del Coronel Tortoló, al frente del destacamento de constructores cubanos, a quienes les faltaba sólo cinco meses para concluir el aeropuerto de Point Salines, que tendría una pista de 10,000 pies de desplazamiento.
Eran mensajes dramáticos y conmovedores, como los capítulos finales de una radionovela. Hablaban de inmolarse, antes que permitir que la bandera cubana cayera en manos de los invasores. Tortoló, por tanto, lucía como un gigante, de apellido ridículo. Pero, inclaudicable, heroico, valiente.
Cuba, de lado a lado, lloraba la suerte de sus hijos y se preparaba para una posible invasión contra la isla. Y a ese clima de guerra no escapaba la escuela política. Recuerdo que casi todos regresaron a sus lugares de origen, para reforzar las estructuras político-militares territoriales, precedidos de emotivas despedidas, abrazos, y gritos de “Patria o muerte, venceremos”.
Mientras la delegación nica, compuesta de unos 30 cuadros de la Juventud Sandinista y carcomida por la incertidumbre, estábamos a la espera de órdenes. Deseábamos regresar de inmediato a casa, ya que no se descartaba que los gringos, después de Grenada, caerían sobre Nicaragua. En ese escenario, obviamente, ninguno de nosotros quería estar lejos.
w Miedos y retórica
El embajador estadounidense Anthony Quainton, sin lugar a dudas, gozaba con la reacción provocada en Nicaragua. Se nota en sus telegramas secretos enviados a Washington, en la pizca de humor que contenían. En especial, el que escribió bajo el código “Managua 4980” y que tituló “Batman al rescate?”.
Se refería a una alocución pública, el sábado 29 de octubre de 1983, de Tomás Borge, en la que el dirigente aseguraba que Nicaragua derrotaría una invasión militar norteamericana, aunque “las ciudades quedaran en cenizas”. La audiencia se emocionó, no sé si imaginando la cantidad de trabajo que tendrían. Eran los bomberos bajo sus órdenes.
“Grenada es una pírrica victoria del gobierno norteamericano”, dijo el Ministro del Interior, pero si intentan invadir Nicaragua, “tendrían que echar mano de Batman, Superman y El Hombre Araña”.
Paradójicamente el 26 de octubre de 1983, un día después de la invasión militar a Grenada, un oficial de protocolo del gobierno sandinista le había asegurado al oficial político de la embajada americana que “los comandantes habían cancelado sus compromisos regulares”, debido a la situación en Grenada.
Cuatro días después —el 30 de octubre— reapareció públicamente el jefe del EPS, Humberto Ortega, en una asamblea con miembros de la JS, celebrada en Managua, planteando la tesis de que Estados Unidos perseguía provocar un incidente armado con Honduras, para montar luego una intervención militar.
“Nicaragua no quiere luchar contra jóvenes soldados norteamericanos”, dijo Ortega, pero a los Reagan, Shultz, o Kissingers, “los escupiremos a la cara y les mostraremos el odio del pueblo por esos actos inhumanos”, añadió refiriéndose a Grenada. Para ese entonces, los 1,200 marines norteamericanos ya habían abandonado la minúscula isla y habían retornado a casa.
w La caída de un mito
En Cuba, semanas después, cayó la farsa oficial y surgieron los chistes en la calle. “¿Cómo se toca a retirada?”, preguntaban, “Tortoló, tortoló, tortolóóóó….”, decían, simulando una trompeta. O bien, “Tortoló, la mejor marca de zapatos deportivos”.
Resultó cierto que aquel 25 de octubre de 1983, las tropas norteamericanas y aliadas hallaron una fuerte resistencia armada, que les provocó muertos y helicópteros derribados, pero fue efímera. Duró pocas horas. El ejército local se rindió, igual que los cubanos.
Sin embargo, en La Habana, seguíamos oyendo partes de guerra, comunicados, frases de inmolación. ¡Increíble! Y para cerrar con “broche de oro” la radionovela, recuerdo que el propio Fidel Castro llegó a recibirlos al pie de la escalinata en el aeropuerto “José Martí” y muchísimos de ellos bajaron de pronto con muletas, con los brazos entablillados o vendajes en la cabeza. Tortoló, por supuesto, le dio emocionado un parte de guerra y no sé si hasta le entregó la bandera cubana, que “no permitirían les fuera arrebatada de sus manos”.
Luego circuló un video interno, que mostraba a Tortoló frente a un tribunal disciplinario militar. Lo que más le dolía a sus superiores, según me contaron quienes lo vieron, era que los militares cubanos se habían acobardado en aquel primer enfrentamiento militar con los “americanos”. Un pecado en aquella sociedad machista.
Así que lo sancionaron. Le retiraron los grados y lo enviaron a la guerra que libraba Cuba en Angola. El pobre Tortoló nunca logró levantar cabeza, a pesar que dicen que peleó con bravura en Angola. Le tocó pagar los platos rotos de la farsa revolucionaria.
* El autor es periodista.