Sometamos la política al imperio de la moral

Oscar Herdocia Lacayo

Política es el arte de poner los medios para el logro de los fines propuestos. Es aplicable a todas las ramas de la actividad humana y así decimos Política Económica, Industrial, Agraria, Social, etc.; imagino que podría darse la Política delictiva, pero es ésa precisamente la que debemos evitar, para no repetir el concepto de Estado Delincuente que analizó Del Veccio.

Por razón de su importancia y frecuencia en el uso el término simple de Política se atribuye al concepto de Política nacional cuando se relaciona con la actividad de gobernar un país. También se confunde con la Política Partidaria que es la que aplica un partido político para obtener el Gobierno de Estado y desde allí aplicar sus ideas de administración en beneficio del pueblo en general. Hay que diferenciar entre la Política Partidista Electoral y la que luego, si triunfa ese Partido en los Comicios, aplica como Gobierno en su actuación.

El hombre en su estado primitivo no actuaba bajo égida de la razón sino de sus impulsos animales, pero a medida que fue civilizándose comprendió que no podía vivir en compañía de otros seres de la especie sin que existieran normas de conducta que frenaran sus impulsos individuales egoístas que lo llevaban a la agresión y a la violencia, entonces como su mente se había desarrollado racionalizándose y reconociendo la existencia del Ser Supremo, como imperativo de conciencia según los que creemos en Dios, o en un supuesto pacto social, según Rosseu, entre otros, se sometió al imperio de normas de conducta que podíamos resumir así:

a) La Moral, encarnada principalmente por el decálogo, que constituye la columna vertebral de las religiones superiores. Estas normas no tienen más fuerza de aplicación que la creencia en Dios creador quien infundió en el espíritu del hombre esos principios que aplicamos por convicción propia. Para los no creyentes surgió, como producto de la civilización, en el plano estrictamente humano, la Ética, fundada en la razón, con un contenido semejante aunque no idéntico a la Moral. Ninguna de las dos categorías tiene lógicamente fuerza coercitiva que obligue su aplicación.

b) El Derecho, constituido por normas aceptadas generalmente por la Sociedad como obligatorias para todos los habitantes del territorio de la organización política de que se trate. La creación del Derecho, en un principio consuetudinario y de inspiración colectiva, fue asumida por quienes detentaron la dirección de los grupos sociales que en su desenvolvimiento dieron origen al Estado. Para hacer efectivo el cumplimiento de estas normas fue preciso reconocer o admitir en los gobernantes una fuerza coercitiva necesaria para la aplicación forzosa de Derecho. Así surgieron los grupos armados oficiales que se encargaron de guardar el orden y hacer cumplir el Derecho. Este sin la fuerza es importante, así como la fuerza sin el Derecho es despótica.

Mientras los gobernantes actúan en beneficio del pueblo en general, respetan la voluntad de los gobernados, creando y aplicando con equidad el Derecho y combatiendo la impunidad, se mantiene el Orden Público, hay tranquilidad y armonía, que ahora se conocen como gobernabilidad, y se vive en Democracia.

Lamentablemente en Nicaragua hemos perdido esa armonía social y cada día más nos acercamos al caos. La clase política se ha desentendido del interés colectivo y considera los cargos públicos como un simple medio de garantizarse la subsistencia. Hay partidos políticos organizados con métodos de acción basados en la convicción de que el fin justifica los medios, y sus finalidades tienen su esfera en su interés particular o partidario olvidándose del concepto de patria.

La solución es la misma que diseñaron nuestros antepasados y que cuando se cumple con honestidad y moral confiera a los pueblos períodos de tranquilidad, armonía y progreso. Consiste sencillamente en la aplicación de Derecho y la Justicia, que no tiene adjetivos porque cubre a todos.

Nuestro émulo debe ser el hombre honesto que sometiendo su actuar a la Moral y la Ética, desempeña los cargos públicos en cumplimiento sencillo de sus deberes sin pretender privilegios y prebendas.

Moralicemos nuestra clase Política, pero también a nuestro pueblo que ha perdido los valores morales sempiternos que hacen sanas a las sociedades humanas que los practican. Hagamos que vuelvan al hábito del trabajo que muchos han abandonado y al respeto al derecho ajeno.

Pero no basta educar a nuestro pueblo en los valores humanos, exaltando por todos los medios las virtudes de la solidaridad, la generosidad y el patriotismo; hay que desterrar impunidad aplicando a los delincuentes cualquiera que sea su posición social o política la sanción que a sus delitos corresponda. En otras palabras hay que entronizar en Nicaragua el Estado de Derecho.

Sólo mejorando al nicaragüense salvaremos a Nicaragua.

* El autor es Jurista,
Miembro del Movimiento de Acción Republicana (MAR).  

Editorial
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