Los muertos de todos

Al rey inglés Ricardo III (en el drama histórico del mismo nombre, de William Shakespeare), antes de la batalla decisiva en Bosworth se le aparecieron los espectros de todas las personas que por su culpa y avaricia de poder habían muerto, y le causaron su perdición.

Al parecer algo así, figurativamente, es lo que le está ocurriendo al candidato presidencial del FSLN, el ex presidente Daniel Ortega, a quien antes de las elecciones cruciales de este año le están sacando los muertos de la Zona Franca industrial de Managua, donde hubo una cárcel durante el régimen sandinista y según denuncias públicas fueron asesinados y sepultados numerosos presos políticos.

Sin dudas que el caso de la Zona Franca está siendo utilizado políticamente por los adversarios del FSLN y su candidato presidencial Daniel Ortega, para desacreditarlos y tratar de disminuir sus posibilidades de ganar los comicios del 4 de noviembre. Lo cual no debe extrañar a nadie, pues en Nicaragua como en todas partes del mundo las elecciones se ganan más por los defectos ajenos que por los méritos propios, y durante las campañas electorales cualquier asunto de interés público y hasta los de incumbencia particular son aprovechados por los contendientes para favorecer sus campañas proselitistas.

Eso es lo que está ocurriendo con el caso de la Zona Franca, que es utilizado por los liberales para descalificar al FSLN, del mismo modo que la hambruna del norte y el occidente del país ha sido manipulada por los sandinistas para denigrar a los liberales.

Pero del caso de la Zona Franca se podría sacar algo muy positivo siempre y cuando los dirigentes políticos tuvieran la voluntad de ponerse de acuerdo en que, en lo sucesivo, la memoria y los huesos de los nicaragüenses que murieron durante los conflictos armados y bajo los regímenes despóticos de uno y otro partido, nunca más volverán a ser usados como medios de lucha política y campaña electoral.

Según el escritor español Javier Pradera, la principal enseñanza de la transición democrática en la época contemporánea es que una sociedad desgarrada por los recuerdos de conflictos fratricidas y por la memoria de los muertos en combates y por la represión, sólo podrá alcanzar la verdadera reconciliación cuando los antiguos enemigos entiendan las razones de sus adversarios y acepten compartir el duelo por sus deudos. O sea, cuando los muertos de un bando sean también los muertos de la otra parte y, en fin, cuando sean los muertos de todos.

En ese sentido es atendible la propuesta que han hecho algunas personas, de formar una Comisión de la Verdad y elaborar un Libro Blanco sobre todos los nicaragüenses que cayeron en nuestros conflictos armados o que fueron asesinados por los regímenes opresivos. Pero además de hacer un Libro Blanco también habría que construir un camposanto o memorial donde sean enterrados los restos de todos los compatriotas que cayeron por causas políticas, o los de aquellos cuyos huesos pudieran ser recuperados, y que en el caso de las personas cuyos restos nunca aparezcan se inscriban sus nombres en lápidas o muros erigidos especialmente para tal efecto.

A un memorial sagrado de esa naturaleza podrían concurrir los deudos de todos esos muertos de Nicaragua, y los nicaragüenses en términos generales, para rendirles el tributo que se merecen y jurar por ellos el compromiso de fortalecer la reconciliación nacional, de que nunca más se derramará la sangre de hermanos por causas políticas, y que en Nicaragua, por fin, cada persona cumplirá la ordenanza divina de ser el guardián y no el asesino de su propio hermano.

Sólo que para hacer posible una auténtica, duradera y definitiva reconciliación, como dice Javier Pradera hace falta que los muertos de uno y otro partido se conviertan en los muertos de todos, y que los culpables de los distintos bandos pidan perdón y que sean perdonados. O que por lo menos quienes mataron y violaron los Derechos Humanos de los nicaragüenses, sean inhibidos moralmente y para siempre de regresar al poder. De otra manera los muertos seguirán saliendo —como a Ricardo III— y no podrán descansar en paz mientras no haya una verdadera reconciliación nacional.  

Editorial
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