Equivocación médica la maltrata dos décadas

Mayra Cristina es una abogada de 41 años que durante su niñez fue abusada por un joven cercano a su familia, lo cual le provocó daños emocionales. La familia le buscó ayuda médica y un “especialista” le hizo un diagnóstico equivocado, ocasionándole más problemas, porque durante 22 años estuvo sometida a un tratamiento que nunca […]

  • Mayra Cristina es una abogada de 41 años que durante su niñez fue abusada por un joven cercano a su familia, lo cual le provocó daños emocionales. La familia le buscó ayuda médica y un “especialista” le hizo un diagnóstico equivocado, ocasionándole más problemas, porque durante 22 años estuvo sometida a un tratamiento que nunca necesitó.

Rosario Montenegro Zeledón [email protected]

¿Cuántas veces un amigo o pariente cercano se ha ofrecido para cambiarle el pañal a su bebé, y usted lo ha permitido? Quizás más de una vez y no lo recuerda. ¿Qué relevancia puede tener este hecho? Aunque parezca insignificante o hasta un bonito gesto, podría marcar el resto de la existencia a cualquier ser humano.

Le sucedió a Mayra Cristina López, quien tiene 41 años y todavía busca el alivio para su vida colmada de abusos, rechazos, maltratos físicos, sicológicos y discriminaciones.

Ella sufrió abuso sexual (manoseo en sus genitales) cuando tenía dos o tres años de edad de parte de alguien cercano a su familia, quien acostumbraba cambiarle el pañal.

NECESITÓ REGRESIÓN

Pareciera contradictorio, pero Mayra logró superar los traumas mediante la regresión a los momentos más difíciles de su vida, los cuales plasmó luego en un testimonio escrito que ha titulado “Al Desnudo”, libro que hará público este mes.

No es ninguna obra literaria, no es ficción, es el testimonio de su vida, y su publicación “será como una liberación, una descarga de todo el dolor”.

“Todo esto ha sido muy doloroso para mí. ‘Al Desnudo’ no es una obra literaria, no contiene palabras bonitas ni rebuscadas, es pensamiento puro, es una triste realidad que me tocó vivir”, relata López.

Según los especialistas, nuestro subconsciente guarda todo lo que vivimos en nuestros primeros años de vida, y quizás por ello es que Mayra desde muy pequeña empezó a sentir terror nocturno, rechazo a colores, sitios, dolores de cabeza y muchas pesadillas relacionadas con culebras brillantes.

Hoy espera que su libro, además de haber sido parte de su terapia, sirva de ayuda a otras personas que enfrentan problemas similares. También pretende que sea una campanada para las autoridades, médicos, y, sobre todo, familias. El mensaje es que los padres tengan más cuidado con los niños, para evitar que sean abusados, y buscar siempre una segunda opinión sobre diagnósticos médicos.

UN DIAGNÓSTICO BRUTAL

Mayra relata que logró pronunciar sus primeras palabras a los tres años, pero lo hacía muy mal, y fue hasta los 12 que pudo articularlas bien, por lo que sus padres decidieron consultar con aquel “gran médico”, que tanta fama tenía en la ciudad.

El diagnóstico del “gran neurólogo” fue brutal: la niña tenía afectado el lóbulo temporal izquierdo o sea la parte del cerebro que rige la memoria, el aprendizaje, lenguaje, equilibrio, prácticamente todo el organismo.

Pero como la niña, a pesar de esa “enfermedad”, mostraba mucha viveza y era buena alumna, ese “gran médico” llegó a decir que aquella criatura era “un logro de la naturaleza”, lo que a Mayra Cristina le quedó grabado para el resto de su vida.

Relata que el médico, del que se reserva el nombre, tuvo cuidado de practicarle los exámenes físicos a los que la ciencia tenía acceso, a mediados de los años 70, pero se le olvidó algo muy importante, en este caso vital: “Olvidó mi parte emocional, olvidó mi enfermedad del alma”, recuerda aún con dolor.

El tratamiento fue a base de tegretol, valium, epamín y carbamazepina, entre otras drogas.

Pero la saturación de medicamentos le provocó que prácticamente viviera siempre “en onda”.

“En un tiempo con costo me podía mantener despierta, era una pesadez terrible, en 1998, cuando tuve una de mis peores crisis, me costaba caminar, mis piernas me temblaban y tenía mucha sudoración”.

22 AÑOS PERDIDOS

El tratamiento que para el médico y la familia representaba la posibilidad de una cura, para Mayra no fue más que el inicio de otro capítulo doloroso a su corta edad. Hoy considera que esa medicación fue la causa de nuevos y mayores abusos, maltratos, frustraciones y discriminaciones. “Fue el responsable de que haya perdido 22 años, los mejores de mi vida”, afirma.

A pesar de que la pequeña demostró ser una excelente estudiante, el médico se empecinaba en que no había que forzarla mucho, porque no era una niña normal, era enferma y había que tratarla como tal. Adiós el sueño de ser médica, y lo peor era que su “enfermedad del alma” continuaba y aumentaba.

Se casó muy jovencita con un hombre mayor que ella, con problemas de alcoholismo, quien la maltrataba y le recordaba que era “enferma”. En medio de estas humillaciones nacieron sus tres hijos, y así transcurrieron 15 años, “hasta que un día Dios escuchó una de mis dos súplicas: mi marido encontró una nueva pareja. Yo estaba tan desesperada y hastiada de tantas torturas que le pedí a Dios que mi marido se fuera con otra mujer o que se muriera. Cuando él se fue, me sentí feliz, fue un gran alivio”, dice Mayra.

A pesar de ser “enferma” y del daño que le causaron tantos medicamentos que nunca necesitó, más el maltrato de su marido, logró bachillerarse y obtener su título en leyes. Hoy, incluso, cuenta con varios posgrados.

Después de algunos inconvenientes, tiene otro esposo, quien la ha apoyado mucho para la superación de su “enfermedad del alma”, incluso le está financiando la publicación de su libro.

Precisamente, en este nuevo perríodo, ella buscó otras opiniones médicas acerca de su “enfermedad”, porque cada vez empeoraba, al punto de llegar a perder la fuerza casi por completo. Su cuerpo estaba debilitado e inflamado, tenía fuertes y constantes palpitaciones en su corazón y la mayor parte del tiempo estaba dormida.

Un buen día, un médico le recomendó visitar a otro neurólogo, que para su sorpresa le dijo que no tenía ningún daño físico, que todo era emocional y la remitió donde un siquiatra.

Esta situación, en vez de alegrarla, le provocó descontrol. Estaba dándose cuenta de que durante 22 años había estado sometida a un tratamiento que nunca necesitó, y que más bien le causó daños físicos y aumentó su problema emocional.

EL SÍNDROME DE ABSTINENCIA

“Quedé en estado de shock, cuando me dicen que tengo una inteligencia normal, que no tengo ninguna afección, y descubro que fui manoseada por alguien a quien yo recordaba con cariño. Sentí un profundo dolor por todo el daño que me hicieron, perdí mis mejores años, que aunque hoy ya estoy recuperada, ésos ya los perdí”, dice la autora de “Al Desnudo”.

A partir de entonces fue sometida a una intensa terapia con su siquiatra, quien poco a poco le suspendió los medicamentos sin los cuales prácticamente su existencia no era posible, y como cualquier persona con problemas de drogadicción, sufrió el síndrome de abstinencia.

La terapia, que ya culminó, incluyó diversas sesiones en las que apoyada por su siquiatra, hizo una regresión a los primeros años de su vida, así como de los momentos más dolorosos. Luego Mayra los tenía que escribir, lo que confiesa fue un proceso “muy duro”, pero era imprescindible para liberarse del dolor y dejar el “tratamiento” que por tanto tiempo la mantuvo sometida el médico.

También así nació su libro “Al Desnudo”, un testimonio vivo de una sobreviviente de abusos, de un diagnóstico errado, de la violencia intrafamiliar, y, sobre todo, de una sociedad que ha dado señales de estar enferma.

¿QUÉ ES LA REGRESIÓN?

Mayra Cristina nos explica que ella fue sometida a un tratamiento sicoterapéutico, denominado regresión, el que se realiza con la ayuda de un especialista. Puede hacerse con hipnosis, semi hipnosis o despierta.

A ella se la practicaron sin hipnosis. “Te ponen música relajante de fondo, vos empezás a contar desde tu infancia, lo que recordás, te preguntan de tu cuna, es un regreso a tu pasado paso a paso”.

“Por ejemplo, te preguntan si recordás tu primer cumpleaños, quiénes estaban, hay fases que vos no las querés recordar ni comentar, pero el médico te dice que sigás contando, el médico no habla, sos vos. Yo tuve muchas sesiones de una hora y hasta dos. Cuando narrás partes traumáticas te hacen que las saqués, cuando empezás seguís como carreta”.

“No podés quedarte a medio camino, tenés que ir hasta el final, porque vos vivís el momento, es traumático, cuando recordás llegás a vivir nuevamente el momento, por eso tenés que concluir porque si no es peligroso”, agrega Mayra.

“La otra parte es la escrita, para mí fue mejor porque escribía sin que nadie me viera, además, pensaba que nadie me leería, que era sólo para mí”, explica.

Para Mayra, la publicación de su testimonio es una especie de liberación, una descarga de su dolor, pero a través del mismo quiere enviar un mensaje a los médicos para que se preocupen más allá de las dolencias físicas de sus pacientes, para que indaguen sobre su entorno, sus vivencias, sus traumas, sus emociones y sobre todo por sus “enfermedades del alma”.

También quiere que los padres de familia sean más cuidadosos con sus niños, que no los dejen solos aunque sea con personas cercanas, queridas, mucho menos permitir que de niños les cambien su pañal. Las estadísticas indican que la mayoría de abusos son de parte de seres cercanos.

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