Xavier Argüello Hurtado*
La amenaza de un nuevo 19 de julio se cierne sobre Nicaragua. El actual resurgimiento político de Daniel Ortega sólo se explica por la pobreza moral e intelectual de la clase política nicaragüense y, principalmente, por la conducta del actual presidente, y pone en evidencia el alto grado de desesperación en que vive nuestro pueblo.
Esta amenaza podría convertirse, sin embargo, en un simple nubarrón que pase de paso a arrojar su veneno al mar, si los nicaragüenses hacemos de nuevo un acto de fe en la democracia y votamos por el candidato Enrique Bolaños. Bolaños es un hombre de familia, de sólidos principios morales, pero para ser electo tiene que distanciarse primero de Arnoldo Alemán y convencer al pueblo de que su gobierno será completamente distinto del régimen actual.
Las esperanzas electorales de Ortega descansan en el voto desesperado. Apartando la nomenclatura sandinista, que saliva engolosinada con una nueva piñata; la clase media profesional que desarrolló el FSLN en sus años de gobierno, y venida a menos con la democracia, espera llenar la burocracia estatal después que pase la escoba; y el voto cautivo partidario, que lo sigue con nostalgia como a un caudillo mesiánico, el pueblo que apoya a Ortega lo hace por desilusión con Alemán. Pero aun los que creen hoy en Ortega van a salir perdiendo con su elección. Si el FSLN repartió antes lo que no era de ellos, ¿qué va a repartir ahora que no sean cargos públicos que acaben con la disciplina fiscal, y terrenos urbanos que sepulten el poco respeto que queda por la propiedad privada? Una victoria electoral de Ortega provocaría irremediablemente un atraso en las inversiones a cuenta gota que recibe el país, con todos sus efectos, pues los inversionistas nacionales y extranjeros seguramente se tomarán un compás de espera mientras el nuevo gobierno define sus reglas. Lo que es como si le suspendieran el suero a un moribundo.
Los simpatizantes más moderados de Ortega y hasta algunos empresarios acomodaticios afirman que el candidato ha cambiado y que, de todas maneras, los acuerdos firmados con los organismos financieros internacionales y los países donantes no le dejan mucho juego al nuevo presidente, cualquiera que sea, y que el papel asignado a los gobiernos futuros se limitará al “mantenimiento prudencial” de la economía. Esto es una falacia, como lo fue en el 79 la creencia de que el FSLN y los hermanos Ortega no estaban vendidos espiritualmente a Castro, y que Tomás Borge y Lenín Cerna eran dos muchachos idealistas. No se necesita consentimiento de los organismos internacionales para quebrar un país y lanzarlo en brazos de la división y la anarquía, como lo prueban numerosos gobiernos forajidos, marginados por la comunidad internacional, en Africa y América Latina.
Ortega es un caudillo obsoleto que aún utiliza la efigie del “Che” Guevara para motivar a sus masas, en momentos en que como escriben Hardt y Negrin, “un sistema global fundamentalmente nuevo se está formando”. El candidato rojo y negro pretende que todos nos olvidemos de un plumazo, por un acto de contrición hipócrita, del azúcar negra, de los frijoles quebrados, de las largas filas para comprar papel higiénico y aceite; de los muchachos enviados como carne de cañón a la montaña. Sus verdaderas intenciones, sin embargo, se miden en su demagogia carente de escrúpulos.
Nicaragua es un país nuevo, política, económica, social y hasta religiosamente hablando. Para ser electo, Bolaños necesita dejar bien establecida su independencia de Alemán y su camarilla; convencer al pueblo de que no pretende utilizar al gobierno para beneficio propio y de sus allegados, y de que el nepotismo no es parte de su psiquis política. En otras palabras, trascender el enjambre liberal que lo rodea y convertirse en un candidato nacional.
Bolaños es ahora dueño de su propio futuro, y de él dependerá llegar al gobierno y poder conducir al pueblo por un camino de austeridad y trabajo hacia un futuro mejor.
* Ex diplomático. Analista político