Cuando a principios de la última década del siglo pasado se dio el colapso del mundo socialista, la izquierda política quedó huérfana de un referente ideológico que la motivara y le permitiera actuar con el entusiasmo que anteriormente le generaba la utopía marxista. Sin embargo, no tuvo que pasar mucho tiempo para que otra vez encontrara “algo” que la uniera y le diera una nueva razón de ser a sus temporalmente anquilosados instintos políticos. El movimiento antiglobalización se ha convertido ahora en el fenómeno unificador de la izquierda mundial.
Este movimiento nació en los países industrializados; sin embargo, está sucediendo al igual que con el marxismo, que, habiendo nacido en Europa en el Siglo XIX, se difundió posteriormente por el resto del mundo. El movimiento antiglobalización ha empezado a encontrar adeptos en los países subdesarrollados, y, como era de esperarse, a Nicaragua empiezan a llegar los primeros misioneros de la nueva “causa”. Uno de ellos es el ultraizquierdista Dr. Leo Gabriel, quien en 1978 apareció en Nicaragua como periodista, con el fin de cubrir para algunos medios europeos los acontecimientos que estremecían a nuestro país en aquella época. Se entusiasmó tanto con la revolución sandinista que se quedó en Nicaragua, ya que como él mismo dice: «Para mí las fantasías del cambio se realizaron en el 79 y ahí me quedé y ni siquiera fui a recoger mi ropa que tenía en México».
Posteriormente, este personaje —como muchos otros tantos internacionalistas de todo el mundo que en la década de los ochenta vinieron convencidos de que la utopía socialista se convertiría finalmente en una realidad bajo la dirección de los nueve comandantes sandinistas— desapareció de Nicaragua. Pero ha regresado; sólo que esta vez no como reportero, sino como un activista que insiste en que hay que juntarse “para resistir la globalización”. Sin perder tiempo ha empezado ya a predicar su nuevo evangelio en algunas universidades locales.
De seguro que no le costará encontrar entusiastas seguidores dispuestos a ser parte de su movimiento. Sería bueno, no obstante, que los nicaragüenses —cansados de las utopías que lejos de llevarnos a la “tierra prometida” lo único que han hecho es causarnos incontables dolores y sufrimientos— supiéramos que tras el movimiento antiglobalización están los intereses de los grandes sindicatos de los países industrializados. Esos sindicatos sienten que sus intereses económicos son amenazados cuando las empresas de esos países ven que pueden aprovechar el menor costo de nuestra mano de obra y deciden venir a invertir e instalar operaciones productivas.
Dicho con otras palabras: mientras a los nicaragüenses nos interesa que vengan nuevas inversiones extranjeras para que haya más empleo y poder así mejorar nuestro nivel de vida, a los antiglobalización lo que les interesa es lo contrario. Ellos no quieren que esas inversiones se den en nuestros países porque temen ver disminuidos sus altos salarios. Pero es obvio que eso no lo dicen. Dicen más bien que no están en contra en que vengan empresarios de otras partes a poner nuevas empresas, sino que lo único que quieren es “proteger” a nuestros trabajadores y nuestro medio ambiente.
La globalización es tan inevitable como los carros, las computadoras, y las máquinas. Si bien es cierto que cuando se dan ajustes en el mundo empresarial unos resultan beneficiados y otros perjudicados en el corto plazo, lo cierto es que en el mediano y largo plazo todos salen beneficiados. Así ha sucedido con aquellas economías que se abrieron a la globalización anteriormente, como es el caso de Japón en los años sesenta, Asia Oriental en los ochenta, y China en los noventa.
Muy bien haríamos los nicaragüenses en ser extremadamente cuidadosos cada vez que viene alguien de fuera a decirnos que lo único que quiere es defendernos contra la explotación y la miseria. Aprendamos de las lecciones del pasado, cuando los utopistas extranjeros de aquel entonces junto con los utopistas nacionales, creían que era posible la creación de un paraíso en el que el gran dispensador de beneficios sería el Estado. Todos sabemos que la utopía resultó en una represión y una escasez sin precedentes. No queremos que esta vez eso se repita con un nuevo disfraz.