Se aclara el panorama electoral

Mario Alfaro Alvarado

Los dos caciques reeleccionistas han presentado sus respectivas listas de candidatos a la Asamblea Nacional, las cuales, unidas, forman una sola lista aterrorizante. Son el producto de selección de los individuos más incondicionales del personalismo caudillesco, son las élites farisaicas del continuismo que esperan mantener durante cinco años en el Parlamento, la vigencia del pacto antidemocrático. Son el nitro y la glicerina para mezclarlos en el momento oportuno.

La Asamblea se convertirá en un feudo de posiciones extremas que se acoplan al calor de la lascivia reeleccionista que consume a los dos caudillos. Donde se intentará poner en el cuello de la institucionalidad un dogal llamado pacto, cuya traílla tirarán al unísono los caciques para imponerle un rumbo a los debates parlamentarios, rumbo que no será precisamente para beneficiar al pueblo de Nicaragua. Así, a un paso, tendrán la reforma a la Constitución para abolir la no reelección. Los caudillos competirán en la palestra parlamentaria para decidir a quién corresponderá restablecer la dictadura personal al mejor estilo zelayista, al mejor estilo somocista o al mejor estilo danielista.

No le importa a Alemán sacrificar al Partido Liberal, su partido personal, para asegurarse la reelección en el 2006. Con buena lógica prefiere que el gobierno venidero sea sandinista, para estimular al liberalismo a olvidarlo todo, a sacrificarlo todo para rescatar la bandera liberal de la claudicación. Es difícil imaginar que si los sandinistas capturan el gobierno, buenamente, “democráticamente” lo entregarán como en 1990.

Y a propósito de esa “muestra de democracia” –como dicen algunos interesados–los sandinistas entregaron el poder a doña Violeta porque fueron sorprendidos por sus propias encuestas que les prometían quedarse en el poder, porque la comunidad internacional estaba pendiente de ellos para aislarlos si no respetaban los Acuerdos de Esquipulas, y, lo más convincente, la presencia de más de quince mil contras armados, organizados y establecidos en posiciones estratégicas en el territorio nacional.

El panorama electoral está definido. Se enfrentan dos candidatos diametralmente opuestos, diametralmente diferentes por sus orígenes y por sus cualidades personales. El uno, producto de la violencia guerrillera, inspirado en el marxismo, ideología difícil de sacar de la mente, con un historial de abusos y arbitrariedades cometidos desde el gobierno. El otro, producto de una educación humanista, inspirado en las enseñanzas cristianas que recibió en el hogar y en el colegio, con limpias ejecutorias como empresario de éxito y promotor del trabajo honrado. Entre estos dos candidatos disímiles deberán escoger los electores. Esta vez, la finalidad del voto será evitar que uno de los dos caudillos se reelija y que luego ayude al otro a reelegirse en el 2006, como lo han pactado. La doble reelección es lo que pretenden garantizar las listas aterrorizantes, el nitro y la glicerina.

De ganar la presidencia don Enrique, ¿estará solo e indefenso? En modo alguno, porque además del respaldo constitucional y legal, tendrá el respaldo de la población que clama por honestidad administrativa, trabajo y progreso; por la población que rechaza el caudillaje y repulsa una nueva aventura castrosocialista en Nicaragua.

Algunas personas se preguntan preocupadas: “¿Pero qué se puede hacer si ya todo está amarrado en el pacto?” En realidad, no todo. Los pactistas no cuentan con el voto consciente de los nicaragüenses que quieren democracia y un cambio hacia la paz permanente y la prosperidad. Entre éstos están los disidentes del liberalismo continuista y los disidentes de la ortodoxia marxista.

* El autor es periodista.  

Editorial
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