Es repugnante, homicida y escandaloso querer hacerle daño a una persona como Monseñor Abelardo Mata, que como pastor espiritual ayuda, apoya y guía a los campesinos, a la sociedad norteña, al pueblo nicaragüense.
Parece que la muerte ronda a cada familia de nuestra nación. ¿Acaso se nos olvida que este hombre —uno de nuestros más dilectos e ilustres hijos, connotado y gran notable— ha servido de enlace en conversaciones entre campesinos y gobiernos por el problema de la tierra, que tanto dolor de cabeza nos está causando, que alza la voz por los hermanos norteños que no tienen un pedazo de pan, por los descalzos, los curtidos por el sol, los que no tienen con qué saciar su sed, a quienes en su apostolado monseñor Mata les lleva la esperanza y el fortalecimiento espiritual? Acaso se nos olvida que en sus homilías habla sobre la ética, la moral, lo cívico, lo social, o por la unión de la familia nicaragüense como urgente valor fundamental.
Tal vez algunas personas se molestan en sus sentimientos o en sus intereses personales porque nuestro jerarca dice prístinas verdades. ¿Repetiremos entonces los sucesos acaecidos por los Judas Iscariote en El Salvador, con Monseñor Romero, o recientemente en Guatemala con Monseñor Gerardi? Ellos pastoreaban a sus ovejas y por llegar al púlpito para hablar en nombre de los sin voz y en contra de caprichos políticos, los asesinaron, los crucificaron.
Hay que condenar enérgicamente estos actos de cobardía, carentes de lógica y raciocinio. No olvide el pueblo que nuestros sacerdotes ofrecen toda su vida a cambio de nada, llegan a ancianos y mueren diciendo la verdad, el tesoro más valioso que tenemos en la vida, cómo ofrendó toda su existencia por nuestro campesinado el Padre Odorico D’Andrea, o por sus muchachos el Padre Fabreto.
El pueblo debe reaccionar. No puede seguir callando. No queremos más derramamiento de sangre de hermanos civiles, de hermanos policías o de hermanos del Ejército. Erradiquemos la violencia y la delincuencia que tanta muerte nos están causando. Protestemos cívicamente para que se nos respete la vida. Manifestémonos contra la muerte. No olvidemos las leyes que Dios nos dejó escritas para que las cumpliéramos, específicamente el quinto mandamiento: “No matar”.
Monseñor Mata no está solo, tiene al pueblo de Dios que sabe agradecerle todo lo que ha hecho y continúa haciendo por nosotros. ¡Gracias monseñor! Siga defendiéndonos con su voz, de los hijos malos y mal agradecidos de nuestra patria, de los que en su corazón sólo anidan el rencor, el odio, el egoísmo, la mentira, la serruchadera de piso, o de los que gozan con las injusticias.
Como ciudadano nicaragüense y como buen hijo de mi patria, descendiente de padres campesinos, levanto mi humilde voz y digo: no seamos mal agradecidos, no le mordamos la mano al que bien nos sirve con ella, “no hay don más importante en un hombre que ser fiel y leal al mismo hombre”. Hermanos campesinos y de la ciudad, erradiquemos la “cultura” del odio, del egoísmo, de la muerte. Todos estamos cobijados por nuestra amada bandera azul y blanco y nuestro hermoso Himno Nacional.
Que la patria no siga llorando, que mi linda Nicaragua no siga sangrando, que brille hermosa la paz en su cielo y ya no ruja más para siempre la voz del cañón.
¡Señor… en tus manos encomendamos nuestras vidas y la de nuestro obispo!
Francisco Jarquín,
Músico y ciudadano nicaragüense.