- Dicen que fue un pirata el que llamó Bluefields a una de las regiones más exuberantes de Nicaragua, pero han transcurrido varias centurias y a pesar de sus riquezas, este paraíso permanece sumido en un letargo. Nada cambia a excepción de sus riquezas naturales, que van desapareciendo paulatinamente
Andrea Claudia HoffmannEspecial para [email protected]
La vendedora de Coca Cola, con mal humor, dice que el negocio está malo. Karla es una mujer miskita, de aproximadamente cuarenta años, a la que no le compran refrescos porque están calientes. Carga la cajilla de botellas sobre sus piernas, ofrece su mercancía, pero nadie le hace caso. Vive en Awas, un lugar paradisíaco que se encuentra entre palmeras en Laguna de Perlas, sitio preferido por los blufileños para bañarse los fines de semana.
Frente a la casa de Karla está la preciosa playa de arena blanca, el agua tiene una deliciosa temperatura para bañarse, cuando la gente viene los fines de semana, los pobladores se sienten como en estado de sitio. La gente de Bluefields lleva sus radios, tocadiscos, plantas eléctricas y sus refrescos. Se baila entre las casas de los lugareños, también ahí preparan sus comidas, beben y se enamoran.
Karla dice que eso no le molesta porque por la noche los visitantes se van. “Yo sólo quiero vender la Coca, porque he pagado mucho dinero por la cajilla”. Pero eso será imposible, porque en Awas no hay energía eléctrica y el hielo es un artículo de lujo.
ADIOS AL “BLUEFIELDS EXPRESS”
Los contactos entre el Pacífico y el Atlántico son mínimos porque para llegar a Bluefields hay que viajar en avión o abordar un barco, la construcción de una carretera que una a ambas regiones es una promesa que hacen los políticos en cada campaña electoral y que no se cumple todavía.
Aunque allí existen las playas más hermosas que se muestran en los catálogos de viajes, llegar a ellas es difícil. Hoy ya no es el famoso “Bluefields Express” el que lleva a los viajeros desde el puerto fluvial de El Rama hasta el mar, navegando sobre el Río Escondido que se desliza en un trayecto de cien kilómetros en medio de la selva.
Esta nave, que era una leyenda por ser un barco de “reggae”, fue destruida en 1988 por el huracán Juana, sus restos fueron encontrados en plena selva, a varios kilómetros del cauce natural del río. La gente lo vendió en piezas y ahora un pequeño barco hace el viaje, que dura casi un día.
“LOS CHELES NO SABEN BAILAR”
Bluefields también fue destruido por el huracán Juana, pero fue reconstruido rápidamente. Esta población tiene el aspecto de una ciudad del Lejano Oeste, de las que figuran en las películas de vaqueros, y sólo falta el tradicional “Saloon” para completar esa ilusión.
En este lugar, en cualquier momento, uno se puede imaginar que aparecerá desde las sombras, un pirata con su pata de palo y su loro en el hombro.
Solamente la iglesia blanca con sus ventanas de vidrio azul y su alta torre hacen contraste con el colorido del resto de edificaciones de la ciudad, que ante el embate del viento salitroso de la costa han perdido su anterior colorido.
Como sucedía en los reductos piratas del siglo XVII, Bluefields vuelve a la vida cuando se acuesta el sol. El aire de la costa huele a reggae, a merengue, a palo de mayo y calipso.
En un centro nocturno un ciudadano creole pregunta: “¿Cuál es la diferencia entre un chele y una tabla?”. La respuesta se la da él mismo: “La tabla sabe bailar y el chele no”, y se ríe a carcajadas, dándose fuertes palmadas sobre sus piernas negras.
De hecho, “el chele” o extranjero que se atreve a bailar en la pista muestra mucho valor porque será objeto de burlas. Hasta los “latinos” de la capital sienten respeto ante la capacidad danzante de los costeños.
Para los ojos europeos esos bailes tienen aspecto de “sexo seco”, con movimientos eróticos. Las parejas mutuamente mueven sus cinturas y a diferencia de otras regiones, ellos no tienen limitaciones para tocar sus cuerpos donde lo consideren conveniente.
“Los extranjeros muchas veces se equivocan cuando nos ven bailando”, dice una muchacha que está peinada con múltiples trencitas y que lleva una blusa transparente que la hace ver muy sexy, “el hecho de bailar no significa nada, sólo es un juego para nosotros, no hay nada más”.
RAICES DEL PALO DE MAYO
Cada año, en la Costa Atlántica se celebran las Fiestas del Palo de Mayo que constituyen un exhaustivo festival de baile donde los muchachos y muchachas participan en competencias danzarias. El palo de mayo es una mezcla rara entre el árbol de mayo de Bavaria (quizás una herencia de gente del sur de Alemania, que llegaron en calidad de migrantes a Nicaragua), con una mezcla del erotismo del Caribe y de los ritmos africanos. Pero definitivamente, las raíces del baile no han sido convenientemente exploradas ni estudiadas.
Solamente por las cintas que rodean el palo de mayo y que cada bailarín lleva en sus manos, lo demás nada tiene que ver con la antigua tradición bávara. Durante horas y días enteros todo Bluefields baila ante los troncos adornados con guirnaldas. En la cumbre del madero hay premios para los ganadores del evento, y consisten esencialmente en preservativos y botellas de ron.
Aunque vale la pena ver el espectáculo, los costeños se quedan solos. La razón para eso es que fuera de Nicaragua el festival no es conocido porque el Instituto de Turismo (Intur) no le otorga una completa publicidad. Pero si fuese lo contrario, la pequeña ciudad de Bluefields tendría muchos problemas, los lugares de hospedaje son pocos y no abastecen ni siquiera a los visitantes nicaragüenses que acuden a la fiesta.
PESCA TEMPRANA
Aunque la vida nocturna es excesiva, el puerto de Bluefields se despierta muy temprano. En el muelle los pescadores tiran sus redes redondas para pescar calamares. Estos animalitos no están destinados para el almuerzo sino que se utilizan como carnada para pescar peces, tortugas y cangrejos. La venta de peces y mariscos constituye la mayor actividad económica de la Costa Atlántica.
David Pineda muestra en su rostro las señales de su rudo y prolongado trabajo en el mar, es un mestizo de piel curtida, capitán de un barco langostero. Su vieja nave es una de las más grandes de las que están en el puerto, aunque ya está casi destruida por la herrumbre. Hace un año que Pineda, de 44 años, dejó el negocio de la pesca de mariscos.
“Este negocio ya no vale la pena porque el marisco cada año es más escaso”, dice Pineda. Desde su punto de vista, la culpa del fracaso de la pesca la tienen los barcos extranjeros que faenan en aguas nicaragüenses. Y tiene razón, frente a la costa navegan gran cantidad de pesqueros con banderas hondureñas, coreanas y norteamericanas.
“En Managua se les da a estas naves la licencia para pescar, nosotros estamos regalando nuestros recursos marítimos a los extranjeros”, se queja. Enfrentados a la técnica moderna que utilizan esos barcos, los pescadores nicaragüenses se sienten inermes y no pueden competir con ellos.
Para los pescadores costeños es un sueño poder adquirir el GPS (Sistema Global de Posición) o un sistema de radar. Sólo les quedan las sobras que dejan las flotas pesqueras extranjeras.
Los miskitos no quieren mucho al presidente liberal Arnoldo Alemán, porque lo consideran responsable de entregar estas licencias. Los costeños de cada color, etnia o partido político se quejan del gobierno. Dicen que Managua quiere retrasar los relojes al siglo XIX, o en otras palabras hacer de nuevo otra colonia de su región.
RIQUEZA ETNICA
La Costa Atlántica de Nicaragua es habitada por una amplia mezcla de etnias: miskitos, ramas, sumos, creoles y garífunas. Culturalmente es muy diferente al resto de Nicaragua, ya que fue un antiguo protectorado británico donde ahora se habla el inglés criollo y otros dialectos, pero muy poco el castellano.