- Las ideologías como las hemos conocido hasta ahora han llegado a su final; lo que permanecerá siempre es la diferencia entre la decencia y la indecencia, entre el conocimiento y la ignorancia, entre lo moral y lo inmoral, entre la valentía y la cobardía
Francisco Fiallos Navarro
Las ideologías políticas son respuestas teóricas a situaciones históricas concretas partiendo de una visión universal del hombre y de la historia, una cosmovisión, normalmente concebida intelectualmente en base a las opiniones —no muy objetivas algunas veces— y a los prejuicios de los pensadores políticos. Esa dicotomía entre lo teórico y lo práctico es lo que genera la semilla del fracaso de las ideologías pues, como decía el filósofo alemán Karl Jaspers: “Cuando el hombre cree abarcar el todo en lugar de perseguir en el mundo los fines concretos alcanzables, se convierte, por así decirlo, en Dios”.
Algunas ideologías han hecho aportes muy significativos al avance de la humanidad hacia una mayor libertad y una civilización más humana y menos injusta. El liberalismo, por ejemplo, ha señalado un hito en la evolución histórica de la estructura y la funcionalidad del Estado con la separación de éste en varias ramas, y en la protección a la libertad individual y a la libre expresión, pero la aplicación de sus doctrinas económicas en sociedades atrasadas, especialmente con lo que hoy conocemos como neoliberalismo, ha producido graves injusticias y explotación inhumana sobre vastos sectores de la población. El socialismo, por otra parte, ha generado conquistas que ya no podrán ser desmanteladas sin ocasionar un sustancial retroceso en la calidad de vida de los pueblos: la seguridad social, la protección de los débiles, la función social de la propiedad y del Estado, el impulso estatal directo al desarrollo económico en áreas en las que la empresa privada no puede generar riqueza, al menos inicialmente, son políticas que han dado frutos positivos en la lucha por la erradicación de la pobreza. Pero el socialismo real, es decir la imposición de medidas de carácter social por medio de la represión y la dictadura, abandonando el proceso de evolución democrática paulatina, pero firme, que requiere la convivencia humana, ha producido los mayores crímenes e hipocresías que registra la historia de la humanidad.
No se puede decir entonces que el liberalismo ha obtenido el éxito, o el fracaso completo; tampoco se puede decir lo mismo del socialismo; ambos han tenido éxitos y fracasos relativos. Lo que sí han dejado como valiosos legados son valores que seguramente permanecerán en el futuro de los pueblos.
En la actualidad está irrumpiendo con una fuerza inusitada una nueva ideología que ofrece ser la panacea de todas los males económicos y sociales: la globalización. Aparentemente ésta consiste solamente en ciertas medidas de liberalización del comercio y el tráfico libre de bienes y servicios en todo el mundo, pero la realidad es que tiene todos los elementos de una ideología porque también se pretende con ella señalar las políticas de los gobiernos para facilitar su indetenible avance en todas las esferas del quehacer humano: en la informática, la ciencia, la técnica, el comercio, el mundo del espectáculo, el deporte, la agricultura. La diferencia fundamental con otras ideologías es que la globalización ha nacido de las fuentes del poder económico y político mundial ante la necesidad de la expansión de sus intereses, y porque ha nacido y se ha desarrollado prácticamente sin oposición alguna. Sencillamente se da como un hecho necesario ante las realidades del comercio mundial, lo que define su carácter universal y la constituye como un fenómeno aparte de las otras concepciones ideológicas que han existido históricamente, las que se han desarrollado en el tamiz de la lucha y la confrontación.
En un país pequeño, vulnerable y dependiente como el nuestro, no estamos en capacidad de oponernos a semejante avalancha ideológica, pero sí podemos, con otros países en la misma situación, especialmente en América Latina, conformar una estrategia que nos permita obtener los mayores beneficios y sufrir los menores daños, especialmente durante el período de adaptación a la nueva realidad mundial. Por ello es muy importante que los próximos dirigentes de este país, y de los otros, sean personas que, además de tener la preparación intelectual y profesional suficiente para comprender lo que está sucediendo en el mundo, se hayan caracterizado por vivir los valores que han predicado, debido a que hoy, como siempre, es necesario enfrentar los desafíos del desarrollo con objetividad y honestidad.
No podemos confiar el gobierno de nuestros países a personas que en su vida pública y privada han definido su actuación alejadas de principios éticos, de la justicia, y del respeto a las otras personas y a sus bienes. Las ideologías como las hemos conocido hasta ahora han llegado a su final; lo que permanecerá siempre es la diferencia entre la decencia y la indecencia, entre el conocimiento y la ignorancia, entre lo moral y lo inmoral, entre la valentía y la cobardía. Esos valores, o antivalores, no son patrimonio de ninguna ideología, sino de personas y de candidatos.
* El autor es jurista, economista y politólogo. Rector de la Universidad Católica Agropecuaria del Trópico Seco (UCATSE).