Durante la manifestación que los trabajadores del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC) efectuaron el viernes pasado frente a Casa Presidencial, en reclamo por la reducción de las asignaciones presupuestarias a dicha institución, los protestantes desplegaron una vistosa manta en la que se decía: “La cultura es el rostro del pueblo”.
Pero la cultura no sólo es el rostro del pueblo. Es también el alma de la nación. Un pueblo sin cultura o con una cultura degradada es como una nación sin alma, o desalmada, carece de consistencia intelectual y de fibra espiritual, no mira hacia delante ni tiene fe en el futuro, y por lo tanto, es incapaz de soñar y de realizar las hazañas que lo pueden llevar a la grandeza y la prosperidad.
Como se sabe, el problema del INC, que inclusive provocó la renuncia de su director, Clemente Guido Martínez, se debe a que el gobierno disminuyó en un 30 por ciento o alrededor de 6 millones de córdobas (13.5 córdobas por dólar, más o menos), la asignación presupuestaria a dicha entidad que es una dependencia del Ministerio de Educación. Por cierto que el recorte al INC es parte de la reducción general del gasto público a la que han obligado los organismos financieros internacionales en virtud de que la economía nicaragüense ya no puede seguir aguantando que el gobierno gaste más de lo que produce el país y de lo que se recibe del exterior por cooperación externa y remesas familiares.
Sin embargo no sólo en Nicaragua ocurre que a la hora de reducir los gastos del Estado lo primero que hacen los gobernantes es recortar las asignaciones presupuestarias al sector cultura. Para las burocracias gubernamentales la cultura no es importante, sobre todo si, como aquí, los gobernantes no son precisamente personas cultas y por lo tanto no tienen capacidad de comprender que los recursos que se asignan a la cultura, igual que a la educación, no son propiamente un gasto sino una inversión para el presente y el futuro del país.
Hay quienes aseguran que la poca visión cultural del gobierno es porque está entregado a la globalización. Pero es al revés. La globalización exige más bien que se fortalezca la cultura nacional, que se exalte el valor del patrimonio monumental e histórico, pues el esplendor de los valores culturales hace que el país sea más interesante para la comunidad internacional y que haya mayores posibilidades de atraer el capital y la tecnología que se necesita para impulsar el desarrollo, o al menos para salir de la pobreza y el atraso extremo. Y por lo tanto, la atención a la cultura y la educación deben ser tareas prioritarias del gobierno y la sociedad.
Es cierto que no se puede sacar sangre de donde no hay. Es decir que si no hay suficientes recursos para atender las necesidades de educación y salud de la población más vulnerable, que es la gran mayoría, mucho menos que haya recursos suficientes para promover la cultura. Pero ésta es una primera necesidad espiritual aunque los gobernantes la vean como algo secundario y la consideran mucho menos importante, por supuesto, que los enormes sueldos y los cuantiosos privilegios que disfrutan los miembros de la élite gubernamental.
En realidad, si se racionalizara el uso de los modestos recursos disponibles se podría atender al sector cultura por lo menos de manera decorosa. Y a decir verdad, aparte de los abusos de los que se acusó al último director del INC —como el de despedir al personal preparado y experimentado que encontró en la institución cultural para sustituirlo con los allegados que llevó de la Alcaldía de Managua, incluyendo a su esposa, junto con la cual redondearon un ingreso casi igual al de todos los trabajadores del Instituto—, es innegable que durante los últimos años se ha hecho bastante en favor del fortalecimiento del patrimonio cultural de la nación.
Como sea, es una vergüenza nacional que el INC se paralice por falta de los fondos indispensables, incluso para mantener abiertos al público los pocos centros de cultura que hay en el país, los únicos sitios en los que se manifiestan los sentimientos de la nación.