Condenados a no ejercer

A sus dieciocho años era la mejor noticia que había recibido. Tras bachillerarse en 1982 con mucho esfuerzo y con el apoyo de sus padres, Osmán Perla Rojas, un muchacho de escasos recursos, fue becado por el Ministerio de Educación para estudiar veterinaria en la ahora extinta Unión Soviética. Su sueño de ser un profesional […]

A sus dieciocho años era la mejor noticia que había recibido. Tras bachillerarse en 1982 con mucho esfuerzo y con el apoyo de sus padres, Osmán Perla Rojas, un muchacho de escasos recursos, fue becado por el Ministerio de Educación para estudiar veterinaria en la ahora extinta Unión Soviética. Su sueño de ser un profesional sería cumplido.

Emocionado, empacó la poca ropa que tenía y sus ilusiones y viajó junto a un grupo de jóvenes a la ciudad de Krasnodar, Rusia. Estudió durante un año la prepa y el idioma de aquel país. Luego, por espacio de cinco años, estudió veterinaria y regresó a Nicaragua en 1988, con muchas ganas de trabajar en su profesión.

Tres años laboró en el Proyecto Lechero Chiltepe, hasta que en 1991 fue “compactado”, pues la empresa fue privatizada. Desde esa fecha, Osmán Perla Rojas, no ha ejercido su profesión ya que es una de las miles de personas “estigmatizadas” por haber realizado sus estudios superiores en un país socialista.

Debido a esto, no le quedó más remedio que trabajar para el Ministerio de Educación (cosas de la vida, el mismo que lo becó), y desde 1994 imparte clases de educación física y folclor. Actualmente es profesor del Centro Escolar Máximo Jerez y también imparte clases de danza moderna y folclor a más de sesenta niñas que conforman el “Grupo Solentiname”. “Estudié baile en la Escuela de Danza y fui miembro del “Grupo Macehuatl”, asegura como tratando de explicar su dedicación al baile.

El diploma “rojo” (así se le conoce a los certificados extendidos en países comunistas, en la década de los 80), le ha impedido a Osmán desarrollarse en su profesión. “La verdad es que aún existe el prejuicio, la gente cree que a los que estudiamos en esos países nos regalaron el cartón, supuestamente por aprender únicamente marxismo, pero la verdad es que nos costó mucho sacrificio y la educación que se recibe en los países europeos no tiene comparación con la de aquí”, agrega.

Su salario de maestro a duras penas araña los mil córdobas mensuales. Sueldo que pese a que no tiene obligaciones de mujer ni de hijos, le alcanza sólo para subsistir. Su casa, un pequeño cuarto donde caben hacinadas sus pocas pertenencias, se lo alquila a una señora que le cobra cuatrocientos córdobas, más que todo “por el gasto de agua y luz”.

Los vecinos del barrio México siempre han sido solidarios con el veterinario. Todos le tienen mucho cariño y le ayudan en la medida de sus posibilidades. “Por la comida no me preocupo, cualquier padre de familia me la vende a un precio muy favorable”, sostiene.

El día de Osmán Perla Rojas inicia a las cuatro treinta de la mañana. Sale a correr por el vecindario y regresa antes de las seis, se prepara un poco de café, se alista, y está puntualmente a las seis y treinta en la “Máximo Jerez”, siempre con el ánimo que lo caracteriza.

“La verdad es que no me quejo, pues me gusta enseñar a los niños. Sobre si algún día trabajaré en mi profesión, no sé, tal vez más adelante”.

Un ingeniero hidráulico rechazado

Amílcar Johani Ríos Rocha, estudió en Alemania por pura coincidencia. Originario de un humilde barrio capitalino, se trasladó con su familia a la ciudad de Chinandega tras el devastador terremoto de 1972. Se incorporó a la lucha antisomocista cuando estudiaba el cuarto año de secundaria, y con el triunfo de la revolución participó de lleno “en las tareas de la revolución”.

“Participé activamente en los barrios organizando a los CDS y me integré a la Cruzada Nacional de Alfabetización”, afirma Ríos Rocha.

“Recuerdo que como militante del partido, tenía que ir donde nos mandaran. Me ordenaron integrarme a la Policía Sandinista, pero uno de los candidatos a estudiar en Alemania no aceptó la beca y me la ofrecieron a mí”.

Amílcar se alegró mucho por esa decisión y no era para menos, pues de niño no estaba entre sus ilusiones estudiar en el extranjero, sus trabajos vendiendo helados en Chinandega y voceando La Semana Cómica, años después, no le dieron tiempo de pensar en esa probabilidad.

“Nos fuimos el 5 de septiembre de 1982 y regresé el 20 de abril de 1987. Teníamos un estipendio de 320 marcos mensuales y no pagábamos nada por los estudios”, recuerda.

Estudió los primeros diez meses el idioma alemán y los siguientes cinco años Ingeniería Hidráulica. Cuatro años de estudio y uno de práctica. “Recuerdo que nos llevaban a la televisión estatal para que brindáramos nuestro testimonio sobre la revolución aquí en Nicaragua. Nosotros hablando allá sólo cosas bonitas y aquí pasando sólo cosas feas”, asegura.

“Hay que reconocer que la revolución en los primeros años fue algo bonito, y que nos impactó mucho, pues éramos jóvenes y teníamos muchos sueños, además queríamos que las cosas cambiaran, que los muertos de la guerra no hubieran sido de balde”.

Mientras estudiaba en Alemania Federal, el destino le jugó una mala pasada a Amílcar Johani: su madre murió en 1983 y no pudo asistir a su sepelio.

Cuando regresó a Nicaragua en 1987 nadie de sus familiares se enteró. En el aeropuerto nadie lo esperó, pues desconocían la noticia. “Mandé razón que vendría, pero el amigo que traía el recado, vino a Nicaragua una semana después que yo”, recuerda mientras sonríe.

“Al regresar venía sofocado, quería regresarle a la revolución lo que me había dado, quería agradecerle al pueblo por la oportunidad de haber estudiado una carrera. Trabajé pocos meses en el MIDINRA, pero de entrada me salió mal el asunto ya que la persona con quien hablé para conseguir el trabajo me dijo al ver mi diploma: ¡ah, marxista leninista!”.

Al quedar desempleado visitó todos los días, durante tres meses el Proyecto Lechero Chiltepe, para ver si le daban trabajo, al final de tanto insistir lo contrataron, pero poco tiempo después comenzó el malestar entre los compañeros de trabajo.

“Se molestaron porque tenía mejor preparación y conocimiento que ellos, y entonces empezaron a ampararse en sus “chapitas”, porque eran trabajadores por la militancia, y a los que habíamos estudiado en los países socialistas nos empezaron a discriminar y nos llamaban los perestroika porque supuestamente veníamos con ideas renovadoras”.

Al verse en el desempleo nuevamente, tocó varias puertas, pero al apreciar que no resolvía su problema llegó a la Alcaldía de Managua, en esa época encabezada por Carlos Carrión.

“Llegaba todos los días para ver si me podían conseguir un empleo, hasta que una vez —yo creo que de aburrido— Carrión le dio una carta de recomendación para que fuera al Ingenio Victoria de Julio. Cuando la mostré el gerente me la rompió en mi cara y me dijo: “aquí no vale esto”, y la tiró a la basura, me fui decepcionado y pasé varios meses desempleado hasta que tiempo después me uní a un amigo y entre los dos formamos una empresita y nos hicimos contratistas”.

“Comenzamos haciendo puertas, pupitres, cosas así, pero ya hemos crecido un poco. Recientemente finalizamos la construcción de tres escuelitas y unos comedores infantiles. Estamos trabajando, no nos podemos quejar, pero eso sí: sólo nos ofrecen trabajos en las zonas más alejadas y de más difícil acceso, trabajamos donde nadie quiere trabajar”.

En 1989 los médicos le diagnosticaron cáncer en el hígado a Ríos Rocha. Sólo le daban cinco años de vida, pero ya ha vivido seis extra. Todo con la voluntad de salir adelante en la vida.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí