- Quien mató a los dos niños alzó el machete con dificultad, coinciden la Policía y los parientes de las víctimas
Amalia Morales [email protected]
“Con Dios los dejo mis niños, no creo que venga un mal corazón y les haga algo”, fueron las palabras con que Celina Cano se despidió de sus dos hijos, el martes a las siete de la mañana, sin sospechar que a su regreso los hallaría asesinados.
“Me saluda a Mincho”, respondió José Antonio González, de nueve años. “Dígale a mi papito que le tengo un “fayan”, añadió su hermana Katerin, de tres años, refiriéndose a una gallina que criaba en el corral de la casa, en la comunidad de Saguatepe en Boaco.
José Antonio González y Katerin González se quedaron al cuido del rancho de jalacate, al que semanas antes, por estar abandonado, se les habían metido para robarles parte de su escasa provisión.
Para que la desagradable visita no volviera a ocurrir, Celina Cano decidió dejar un par de guardianes. Había pensado en dejar al mayor de sus hijos, José Santana, de 12 años, pero José Antonio insistió en sustituirlo porque peleaba mucho con “la niña”, Katerin.
Cano, que es de poco salir, fue obligada al viaje porque su tierno de dos meses amaneció defecando sangre. Además, ese día la llamaría por teléfono Benjamín Cisneros, el padre de su hijo recién nacido, quien lleva seis meses en Costa Rica.
Pero el día que amaneció soleado oscureció antes de caer la noche. También de forma temprana tumbaron a los pequeños centinelas del rancho de Celina.
Todavía no hay una versión definitiva, pero se presume que antes de mediodía los hermanos González Cano habían sido asesinados. Es seguro que lo que les partió la vida fue un machete alzado por una mano de fuerza muy limitada, según coinciden la Policía y los parientes de los niños.
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