Jorge Salaverry*
El calendario elaborado por el consejo supremo Electoral establece como fecha de “Inicio de la Campaña” el 18 de agosto del 2001, o sea, que oficialmente, la campaña ni siquiera ha comenzado. Pero sólo oficialmente, por supuesto, porque si es por las diversas actividades políticas que vemos realizar a diario a los partidos participantes en la contienda, nos damos cuenta de que, para fines prácticos, ya estamos en plena campaña, por lo cual es válido decir que a mediados de agosto no se dará su inicio, sino tan sólo su intensificación.
¿Y qué es en el fondo una campaña electoral sino una carrera de obstáculos en la que todos y cada uno de los partidos participantes ponen todo su empeño y hacen su mejor esfuerzo por llegar de primero a la meta para alzarse con el poder político del país? Y como en toda competencia, es uno solo el que llega de primero a la meta, y es uno solo el que gana el primer lugar y se lleva el premio correspondiente. En las justas electorales, ese premio es, nada más y nada menos, que la autorización y la legitimización otorgadas por el pueblo para que el partido que llegó de primero gobierne en beneficio de todos los ciudadanos.
En estos momentos pues, los nicaragüenses estamos totalmente inmersos en un período electoral, período que es, por naturaleza, eminentemente político, y, por esa razón, muy bien haríamos en recordar que cualquier propuesta o actividad que hagan los partidos, tienen una única y verdadera finalidad: adelantarse lo más posible en la carrera para llegar de primero a la meta. Cualquier otra intencionalidad con que se pretendan revestir esas acciones no es creíble. Es el reino de la política, o sea, el “reino de las zancadillas” como lo llama Carlos Alberto Montaner.
Nosotros, los electores, seríamos unos grandes ingenuos si creyésemos que algún partido político en estos momentos puede querer, voluntaria y conscientemente, hacer algo que le permita a un contrincante adelantarse en la carrera. Claro está que no lo creemos porque no somos ingenuos ni tontos, pero eso es, precisamente, lo que los candidatos del Frente Sandinista, señores Daniel Ortega y Agustín Jarquín, creyeron que somos, cuando hace unos pocos días publicaron en campo pagado en los medios de comunicación escritos, una carta dirigida al presidente Arnoldo Alemán.
En esa misiva pública, los angelicales candidatos le dicen al Presidente que hay una crisis en el país, y que como ellos consideran su deber “ser factor de solución ante esta dramática situación”, proponen conformar una comisión “para encontrarle solución a la misma”. (Ya me imagino las carcajadas en las que habrán estado los redactores de esa carta). Así es. Los dos candidatos rojinegros están ansiosos y más que dispuestos para encontrarle “solución” a la crisis. Ellos quieren que las cosas marchen bien para que el Gobierno no sea criticado por la ciudadanía. ¿Lo puede usted creer, apreciado lector?
¿No es acaso mucho más creíble pensar que Don Daniel y Don Agustín están interesados en que hayan más problemas, incluso en promoverlos, para que la gente culpe al gobierno y perjudicar así a su competidor más cercano en la carrera electoral, como lo es el ingeniero Enrique Bolaños, candidato del partido de gobierno? ¿Es que acaso piensan que la mayoría de los capitalinos no llegamos a la conclusión de que la recién pasada huelga de transporte fue promovida por el Frente Sandinista, mismo para forzar al gobierno a subir el precio del pasaje del transporte urbano colectivo y depositar el costo político del alza en los hombros del candidato liberal? Cierto es que al final de cuentas “la jugada” no les funcionó, pero la intención era meridianamente clara.
No; no podemos creer que los señores candidatos a la presidencia del Frente Sandinista quieran “encontrarle solución” a ninguna crisis. Lo creíble, más bien, es que deseen todo lo contrario. Tampoco podríamos creer, por supuesto, que Don Enrique Bolaños haría de manera consciente nada que tendiera a hacer que los candidatos del Frente Sandinista o del Partido Conservador lo dejaran atrás en la carrera hacia el poder, así como tampoco podríamos creer que el candidato del Partido Conservador, Doctor Noel Vidaurre, estuviese dispuesto a favorecer a los otros candidatos.
La naturaleza de la competencia no lo permite. Nosotros, los electores, estamos conscientes de ello; así que, Don Daniel y Don Agustín, hagan todo lo posible por ganar. Están en su derecho, pero, por favor, no pretendan vernos cara de mentecatos.
* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.
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