Alfonso Dávila B.
La Ética como parte de la Filosofía, tiene un radio de acción muy visible y bien marcado en la vida educativa, profesional y socio-política como en las funciones estatales. Si se estima que la filosofía es la sabiduría misma, es admisible que la ética tiene un rol capital porque su conformación la sostienen reglas morales de alto valor estructural que facilitan su reconocimiento y señalamientos en el individuo y en la sociedad. Respecto a los encargados del ejercicio de las funciones estatales bien vale exponer que tales encargados llamados funcionarios públicos en sus actividades están sujetos a reglas, decretos, normativas y leyes preparadas para determinar la total funcionalidad operativa para el logro de realización de programas y proyectos de beneficio al Estado.
Lamentablemente muchos funcionarios dejan mucho que desear y caen en las tentaciones de la rapiña, la estafa, el hurto, el peculado y otros ilícitos dañinos y censurables. Y aquí los politiqueros que violentan los valores morales sin escrúpulo alguno actúan en conjunto con sujetos de dudosa reputación para la conclusión pretendida. Estimo muy justo y preciso aquí transcribir un fragmento del libro La Ciudad de Dios de San Agustín que dice:
“Dos amores construyeron dos ciudades; la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres. La ciudad de Dios quiere unirlos a todos en la justicia y la paz por medio del amor; amor a Dios y al prójimo. La ciudad de los hombres es creada por los políticos para el bien común, pero ellos se enfrentan unos a otros porque ésta ha sido fundada en el amor propio. El pecado consiste en alejarse de lo comunitario y refugiarse en lo particular, en la ambición de lo lucrativo.” Y aquí en Nicaragua los politiqueros sólo estiman y valoran y adoran lo que les dé beneficio muy particular. Aquí los políticos y los funcionarios públicos algunos andan y ejercitan liderazgos y funciones de espaldas a la ética. Necesitamos armonía total en los Poderes del Estado, y la Constitución Política de Nicaragua ordena la independencia entre sí de los poderes del Estado, pero sujetos a observar lo propio de los intereses supremos de la nación y de las ordenanzas de la Constitución.
Y en este momento que el Poder Electoral está en labores a tiempo completo vale precisar con afán democrático que la Ley Electoral obliga una total transparencia en los procesos electorales. Y mucho cuidado con los “aliados nominales” sin partido alguno, pues esa figura desfigura la seriedad del proceso electoral. Frenar la ambición de figuración, de cuotas de poder es menester por una Nicaragua de respeto y democrática.
El autor es Asesor Legal Penal