Un arte aerodinámico para elevar barriletes

En la novela de Julio Verne “Dos años de vacaciones” se cuentan las aventuras de unos muchachos que, perdidos en una isla desconocida, fabrican una gigantesca cometa tripulada, con la que logran reconocer la geografía de la ínsula y el lugar donde se encuentran los piratas enemigos Mario Fulvio [email protected] “El viaje maravilloso” era un […]

  • En la novela de Julio Verne “Dos años de vacaciones” se cuentan las aventuras de unos muchachos que, perdidos en una isla desconocida, fabrican una gigantesca cometa tripulada, con la que logran reconocer la geografía de la ínsula y el lugar donde se encuentran los piratas enemigos

Mario Fulvio [email protected]

“El viaje maravilloso” era un cuento de la escritora sueca Selma Lagerlof, que narra las aventuras de Nils Holgersson, un niño mataperros que sobre el lomo de una oca voló sobre los campos y ciudades de Suecia, cumpliendo una travesía que unida a sus experiencias vino a mejorar su conducta.

Ya para 1940 habíamos leído también que Simbad el Marino, héroe de “Las mil y una noches”, había escapado de un profundo cráter cubriéndose el cuerpo con pedazos de carne de diferentes animales, un águila bajó hasta esa sima y en calidad de alimento lo llevó en vuelo altísimo hasta el lugar donde tenía su nido.

La ilusión de volar era insistente en la mente de los chavalos de aquel tiempo, que ya a través de la historia conocíamos los vuelos en globo de los hermanos Montgolfiere, la odisea de Lindberg en su Espíritu de San Luis, la misteriosa desaparición de la aviadora Amelia Erhart, y las hazañas de guerra de la Luftwaffe alemana.

Con la sensación de navegar libremente por el aire, contemplando desde la altura con ojos de asombro los paisajes y maravillas del mundo, nos identificábamos intensamente cuando elevábamos durante el mes de octubre nuestros barriletes y cometas.

Estos juguetes se hacían con papelillos de colores, el esqueleto se construía con varillas de palma o bambú. Los barriletes eran hexagonales, las cometas o “lechuzas” tenían forma romboide.

Nosotros los de la pandilla del barrio de Santo Domingo construíamos nuestros propios y hermosos barriletes con lánguidos flecos en cuatro de sus seis lados, frenillos bien equilibrados y cola elegante a la que al final atábamos dos flores.

Muy temprano comprendimos que el arte de volar cometas tenía mucho que ver con la aerodinámica, y siguiendo empíricamente sus normas buscábamos la manera de combar la cara del barrilete tensando los hilos que le daban forma.

Otro problema a resolver era la longitud y peso de “la cola” que daba equilibrio al vuelo vertical del juguete. Si era muy corta, nuestro volador entraba en barrena, comenzaba a trazar círculos incontrolables — “cola de mico”— hasta que se estrellaba contra el suelo. Si ese apéndice era muy largo o pesado, el artefacto no se elevaba.

Elevar barriletes fue casi un deporte en la vieja Managua, los chavalos acostumbrábamos ir al Malecón para aprovechar las corrientes de aire del lago. Había que ver cómo “se paraba” allá a los doscientos o trescientos metros de altura “serenito… serenito” nuestro hermoso barrilete.

¡Qué hermoso era tener al volador en nuestro puño! ¡Qué emoción sentíamos cuando le dábamos más y más hilo hasta que el barrilete se convertía en un diminuto punto en el azul del cielo!

Muy pocas veces tuvimos la tragedia aérea de un “reventón” porque sabíamos escoger los mejores ovillos maraca “Mi Casa”, de la canasta de costura de nuestra buena madre.

Cuando el viento era manso y el barrilete volaba a poca altura sobre los techos de las casas, surgían los malditos cazadores de lechuzas que era unos tantos vagos iguales a nosotros, que provistos de “boleadoras” fabricadas con pedruscos, las lanzaban al aire desde los patios para que se enredara en el hilo de la cometa y diera a tierra con ella.

En cada barrilete iba intrínseco el sueño de volar, de ir más largo y más alto cada día, y como Quincho, le enviábamos telegramas al Colochón por medio de papelitos que engarzábamos en el hilo y que comenzaban a subir impulsados por el viento hasta llegar donde estaba nuestro sueño, la gloriosa cometa o el inconmensurable barrilete.

En la venta de doña Marcelina, de la Casa del Catecismo una cuadra arriba, las lechuzas valían diez centavos y los barriletes 25, eran malos para el vuelo, así que al comprarlos los sometíamos a reparación urgente.

Hubo algunos muchachos, como Alfonso Martínez “Ponchín”, del Barrio del Foker, que construyeron barriletes de dos metros de altura, pero era un dolor de huevos hacerlos volar si no era en la costa de la playa y con vientos casi de huracán.

Fueron épocas de sueños infantiles y de anhelos juveniles. No cambiábamos el mejor juguete de la burguesía por aquel barrilete de papelillo rojo y negro que era nuestro orgullo, el más hermoso objeto volador que ojos humanos hayan visto.

LA TABA Y LOS “CONFITES MOMOTOMBO”

La taba era un juego casi clandestino. Se practicaba con el hueso astrágalo del venado, que es casi cuadrangular, tiene una cara cóncava y otra convexa. Si al ser lanzado cae con la cara cóncava hacia arriba, pues usted “echó culo” y pierde, si por el contrario cae con la cara convexa hacia el sol, usted echó “carne”, y gana. Si tiene la habilidad de poner parado de cabeza el hueso, esa es “panameña” y gana doble.

Cuando era difícil conseguir el famoso hueso, los chavalos llenaban de arena una caja de fósforos y la forraban con papel periódico. Con eso jugaban la taba.

A mediados de los años cuarenta salieron al mercado los confites del “Álbum de oro zoológico Momotombo”, cada dulce valía “veinte bollos” porque traían en el envoltorio la figurita de un ejemplar del reino animal. Se ofrecían muchos premios, y a mi entender ésa fue la primera colección de figuritas que la publicidad promovió en Nicaragua.

JUEGOS DE TEMPORADA

Todos los juegos y pasatiempos de antes tenían su época. Para elevar barriletes y cometas se requería de suaves corrientes de aire, y éstas proliferaban durante los meses de octubre, noviembre y diciembre.

AVIONES DE BALSA

– A falta de aviones verdaderos los cipotes nos deleitábamos haciendo volar avioncitos de papel… y competíamos con ellos.

– Un día aparecieron en el comercio pequeños aviones de madera de balsa que volaban a distancias cortas.

– Allá por 1960 se comenzó a practicar el aeromodelismo. Los avioncitos ya tenían motor y eran manejados a control remoto.  

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