- Pero es que Managua también tiene el privilegio de sufrir admirables metamorfosis
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
Poco a poco las calles de Managua se han ido despojando de la capa de oro con la que estaba ataviada hace algunas semanas. Las primeras lluvias de mayo golpearon las flexibles ramas de la cañafístula india y los racimos dorados se desgranaron y lánguidamente cayeron al suelo.
Las corrientes se encargaron de hacer flotar las escamas y ellas, como diminutas canoas, se alejaron navegando hacia puertos ignotos.
No obstante, en un abrir y cerrar de ojos se produjo en la ciudad una maravillosa metamorfosis… Del recamado de oro cambiamos al frivolité de grana.
Los malinches vinieron providenciales, rojos como la capa de los toreros, como las rosas y amapolas, como un corazón generoso.
Cuando usted camina bajo la sombra de los malinches fíjese que lo hace sobre una alfombra de filamentos de oro y miríadas de pétalos del color de la sangre, combinación que produce el fuego sagrado de nuestros divinos crepúsculos.
Y otra vez lo invitamos a deleitarse en la contemplación del colorido de estos árboles, uno de los muchos privilegios que nos ofrece la vida, pero que pasan inadvertidos ante los embates del neoliberalismo salvaje: avaricia, egoísmo, corrupción y la frustrante lucha por la subsistencia.
Cantemos, pues, con Violeta Parra:
Gracias a la vida, que me ha
dado tanto,
me dio dos luceros que cuando
los abro
perfecto distingo lo negro del
blanco
y en las multitudes al ser que yo amo.