Róger Miranda Gómez*
Cuando a una idea le llega su hora en la historia, no hay fuerzas ni pretextos capaces de evitar su realización. Pueden transcurrir décadas o siglos; ser distintas las épocas en que surja; diversos sus períodos de incubación y presentarse dramáticas, o no, las coyunturas que le sirvan de catalizador. Lo cierto es que, como lo demuestra el ejemplo de la Unión Europea, de un acariciado ideal —que se remonta a los tiempos de Carlomagno— logró convertirse en viva realidad mediante la fórmula de juntar y defender intereses comunes, impulsada por estadistas encabezados por Schuman, De Gasperi y Adenauer. Hoy se trata de un proyecto histórico en marcha, cuya gravitación en las mentes y corazones de los europeos, pudo más que los lances de seducción y presión envueltos en celofanes, de “atlantismo” y de “internacionalismo proletario”, que eran los modelos ofertados como alternativa por los competidores nucleares del dominio geoestratégico del siglo pasado. Estamos ante un caso concreto en que, al momento de producirse la confluencia del ideal con el proyecto y la coyuntura, los hombres y mujeres de ese entorno en vez de fingir demencia al llegar a la hora de las decisiones, tomaron la historia por los cuernos: ¡Y le torcieron el rabo!
Obviamente, no fue tarea fácil. Hubo que luchar contra obstáculos de toda clase hasta vencerlos con la diligente perseverancia que distingue a los dirigentes políticos y sociales que estudian y aprenden lo que les enseña el pasado y el presente.
¿Y por qué traemos esto a colación? Porque, a nuestro juicio, todo hace indicar que de este lado del globo también se está produciendo ya un proceso similar que apunta a la confluencia del ideal integrador que el genio de Bolívar definió como “Una nación de Repúblicas”, con el proyecto histórico de una ‘Comunidad latinoamericana y caribeña de naciones’ ya prefigurada por las experiencias integracionistas en marcha a nivel centroamericano, Andino, del Mercosur y del Caribe. Todas se basan en el respeto de la soberanía e identidad peculiar de cada país miembro, pero expresado, simultáneamente, un nacionalismo más amplio, fraterno e incluyente, sin animosidad contra terceros. Son avances muy concretos de síntesis, fruto de la maduración histórico-sociológica que le confiere esa identidad propia de pueblos que comparten origen, religión y cultura, dentro de un ámbito geográfico y espiritual legítimamente heredado de las luchas de nuestros próceres de la independencia, la libertad y la democracia.
“Hemos expulsado a nuestros opresores, dice Bolívar en su carta a O’Higgins en 1822, roto las tablas de sus leyes tiránicas y fundado instituciones legítimas; más todavía nos falta poner el fundamento del pacto social que debe formar de este mundo una nación de repúblicas”. Estas, nos recuerda en otro momento, “están ligadas mutuamente entre si por el pacto implícito y virtual de la identidad de causa, principios e intereses; nuestra conducta debe ser uniforme y una misma. ¿Quién resistirá a la América (Latina), reunida de corazón, sumisa a una ley y guiada por la antorcha de la libertad?”.
La respuesta, sin duda, es que nada ni nadie, porque se trata de una causa justa a la que le está llegando la hora de amalgamarse como proyecto histórico de resonancia global, como ya lo es el de la Unión Europea. ¿Qué hay que vencer obstáculos? ¡Qué duda cabe! Sin embargo, estamos seguros que así como la causa de la integración racial y de “un hombre, un voto” terminó triunfando pacífica y democráticamente en Africa del Sur frente a los colonialistas que la resistían, así también cobra fuerza la convicción de que la mejor manera de defender los intereses latinoamericanos y Caribeños es negociando en bloque con otras regiones, que ya actúan como tales en el mercado de la globalización.
Esto es particularmente válido en el contexto del ALCA, ante el evidente desbalance de poder negociador de una economía de escala como la norteamericana, con su gigantesco despliegue comercial y tecnológico, subsidios a la agricultura y su legislación antidumping, entre otros aspectos, frente a nuestras endebles y dispersas economías, urgidas —en primer lugar— de unirse para poder superar su debilidad estructural. Después de todo, no puede haber competencia justa entre tigre suelto con cordero amarrado, como advierte el popular refrán. Prevenido contra este tipo de procedimientos, tiene razón el Papa Juan Pablo II al recordar a todos los que tengan entendederas para entender, que “la globalización no debe ser una nueva forma de colonización”.
Afortunadamente, como se observa en un ensayo publicado en Estados Unidos en 1917, “Los latinoamericanos se están haciendo cada vez más conscientes de aspiraciones nacionales sumergidas durante un tiempo demasiado largo”; evidenciando igualmente que ya desde entonces se había puesto en marcha “un nuevo nacionalismo alimentado con la conciencia de que la dependencia cultural y económica creciente de la región es uno de sus principales problemas” (1).
Por eso a estas alturas, habiendo transcurrido otros ochenta años, y más, de maduración de esa conciencia, no es ninguna hazaña constatar que en las iniciativas subregionales de integración, Centroamericana, Andina, del Mercosur y Caricom, subyace un avance concreto hacia la confluencia del ideal con el proyecto histórico de la Comunidad Latinoamericana y Caribeña que vislumbraron Bolívar, O’Higgins, San Martín, Artigas, Juárez, Morazán, Martí, Sandino y tantos héroes más de igual rango y valía. Sólo hace falta articular sus legados en una sola estrategia de negociación conjunta, frente a los otros bloques competidores.
Estamos conscientes de que los intentos de seducción y presión para obligarnos a ingresar al ALCA, antes de que estemos listos para defender eficazmente nuestros intereses comunes, se hacen sentir cada vez con mayor fuerza. Esto, en vez de intimidarnos, debemos asumirlo más bien como clara señal de arribo de la coyuntura, y con ella el anuncio de que llegó la hora de las decisiones. De esta suerte no importa que algunos opten, como siempre lo han hecho, por fingir demencia para disfrazar su egoísmo. Lo que cuenta, verdaderamente, es demostrar con hechos que la inmensa mayoría estamos dispuestos a tomar nuestra historia por los cuernos: ¡Y a torcerle también el rabo!.
(1) Claudio Vélez; Centralismo y Nacionalismo en la América Latina. Foreign Affais de 1968 en “Latin America and The United States in the 1970’S”, F.E. Peacock Publishers, Itasca III, 1971; p. 43-56. Citado por Rafael Caldera, en revista Informe ODCA, No. 31, Caracas, Venezuela; P. 101-102.
* El autor es Secretario Ejecutivo del Foro de Presidentes de Poderes Legislativos de Centroamérica y la Cuenca del Caribe (FOPREL).