Reconfortable lectura

Permítanme dirigirme al señor Mario Fulvio Espinosa para expresarle mi admiración ante los artículos que publica. Nomás encuentro un artículo con su firma e inmediatamente me acomodo en el sillón para tener un rato de reconfortable lectura. Su artículo acerca del juego del trompo me hizo recordar mis viejos tiempos de jugador de trompo, (chavalo […]

Permítanme dirigirme al señor Mario Fulvio Espinosa para expresarle mi admiración ante los artículos que publica. Nomás encuentro un artículo con su firma e inmediatamente me acomodo en el sillón para tener un rato de reconfortable lectura.

Su artículo acerca del juego del trompo me hizo recordar mis viejos tiempos de jugador de trompo, (chavalo con zapatos de trapo “Incatecu” de a quince córdobas, y pantalones cortos, trozados de los pantalones marca “Denis” que ocupaba para ir a la escuela) allá en Jinotepe, mi pueblo natal, en donde jugué “la mancha” de a veinte secos, en el populoso barrio de San Felipe, cuando jugaba con los chavalos de hace veinticinco años (Los Tarzanes, Tilila, Charnel, Rica y Calín que murió en la guerra).

En Jinotepe el vendedor de trompos más caracterizado era “El Chulito” quien vendía el trompo con todo y la manila por un peso. Pero lo más sensacional eran las “monas e cacho” con puyón “tajadizo”, pequeños trompos torneados sacados de la punta de un cacho, que fabricaba el maestro Miguel Carranza Aburto, de manera especial, para lo cual uno debía ir al Rastro Municipal para buscar entre la inmundicia el mejor cacho para el trompo y lavarlo todo un día entero con agua caliente para poder quitarle el mal olor.

Tuve la suerte de jugar trompo, chibolas, taba, billetes de envoltorios de cigarro, elevar barriletes de a un chelín que vendía doña Lola Cabezas, jugar “libre”, “el escondido”, “el mundo al revés”, “la cebollita”, “la gallinita ciega” y todos los juegos de niños que ahora han sido olvidados y sustituidos por el Nintendo y los juegos modernos de video y me queda el gran pesar que las actuales y futuras generaciones no tendrán el gusto de jugarlos.

Gracias por tan magníficos relatos y siga regalándonos su talento.

Alberto R. Aburto Jarquín.  

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