Emilio Alvarez Montalván
El comportamiento del capital nicaragüense frente a la política y los partidos ha sido ambivalente, pues al mismo tiempo que los busca, les teme. Durante los primeros 35 años de vida independiente, la anarquía que asoló a Nicaragua, impidió la formación de un capital nacional. Ese proceso comenzó, cuando el país se estabilizó durante el régimen conservador de los 30 años. Al principio la actividad económica se reducía a la explotación de latifundios, y exportaciones modestas de cueros de animales, madera de tinte, añil, quesos, ganado en pie y cacao, en volúmenes que apenas daba para subsistir. En pago, las casas importadoras libraban giros contra bancos de New York o Liverpool, que nuestros comerciantes negociaban en la plaza local.
Fue a partir de 1870 que el café empezó a destacarse como el principal rubro de exportación, originando a los exportadores ganancias sin precedentes. Ello permitió invertir los ahorros, en el cultivo extensivo del grano de oro en las sierras de Managua y Carazo, lo mismo que la instalación de plantas procesadoras de café y acondicionamiento del puerto de Corinto. A su vez el Gobierno, que mantenía una legislación laboral favorable a aquellos empresarios, pudo con sólo los impuestos sin recurrir a préstamos extranjeros, empezar a construir el Ferrocarril del Pacífico, tender líneas telegráficas y telefónicas, lo mismo que organizar un servicio de diligencias. Fue gracias a esos 30 años gobernados por el patriciado capitalista de Oriente y Occidente, bajo el liderato granadino que pudo fundarse el Estado nación nicaragüense. Ello aseguró la gobernabilidad y estabilidad de Nicaragua.
Esa entente de las élites dominantes fue interrumpida por la reforma liberal de 1893, que si bien progresista, no fue negociada en ritmo y profundidad con la clase establecida, sino impuesta manu militari. Ese desencuentro de las dos oligarquías dominantes fue fatal, porque mientras la granadina se empeñó en derrocar a Zelaya, éste les impuso fuertes impuestos confiscatorios. Al final, el incipiente capital nacional iniciado por los conservadores orientales, no sobrevivió al dictador.
De ahí que al regresar al poder el P. Conservador (1910), sus líderes se hallaban arruinados. Su situación se empeoró al surgir una encarnada lucha por el poder entre los mismos jefes militares victoriosos. Ello debilitó tanto al presidente de turno, que éste para gobernar necesitó pedir la protección de una fuerza militar norteamericana a costa de la soberanía pues los líderes de ambos partidos rechazaron en varias ocasiones llegar a un acuerdo.
En esas circunstancias el capital que precariamente comenzó a reconstituirse esta vez bajo el amparo del pabellón estadounidense, aprendió la lección y rehusó hacer causa común ni mucho menos confrontarse con el Gobierno. Firmada la paz en 1928 la élite occidental comenzó también a acumular capital, aunque de igual manera que su congénere manteniéndose independiente. De ahí que al asumir el mando Somoza García, el capitalismo vinculado a las familias tradicionales (conservadoras y liberales) aprovecharon el Pacto de los Generales para consolidarse, tratando de guardar la distancia en materia política, aunque haciéndose los desentendidos ante los desmanes del dictador.
Era una entente tan firme la habida entre los dos capitales, que al rompimiento de Somoza García con Chamorro en abril de 1954, no alteró nada. En esas condiciones, el PIB comenzó a crecer en 7%, impulsado por algodoneros, ganaderos y barones del azúcar. Sin embargo, la redistribución del ingreso y desplazamiento campesino fue descuidado. Al producirse el desprestigio y eventual disolución del régimen dinástico y formarse un vacío político por el deterioro de los partidos tradicionales, aquel hiato fue llenado con la victoria de un partido marxista-leninista.
De nuevo, los vencedores repitieron el error de Zelaya y no regatearon los cambios, sino que los implantaron dictatorialmente. Ese escenario produjo una confrontación de la sociedad civil con el Gobierno, que llegó al extremo de formar parte de la guerra fría. Como remate el gobierno revolucionario confiscó los ahorros invertidos, no sólo de la “burguesía libero-conservadora”, sino de la emergente clase media.
Con estos 10 años de paz y desarrollo iniciados en 1990, vuelve el capital a repollar lentamente, temiendo se interrumpan sus planes de fortalecimiento, aflicción aumentada esta vez con el temido regreso al poder del FSLN. Por esa razón las simpatías de los empresarios están lógicamente con el candidato que siendo de su gremio juzgan en mejor posición de evitar que regresen las políticas de los años ochenta.
No obstante, ese apoyo de los propietarios es coyuntural y alrededor de la persona del Ing. Enrique Bolaños y no de un partido, pues está empeñado el capital en conservar su independencia, que es la única manera de robustecer el hasta ahora endeble capital nacional, que sigue desconfiando de la clase política nicaragüense.
* El autor es analista político.