Se dice que la obligación de los políticos es infundir a la gente la esperanza en que pueden mejorar las condiciones materiales de su existencia y alcanzar una vida tranquila, cómoda y segura. De allí que el primer compromiso de los políticos sea el de conseguir la paz donde no la hay, y asegurarla donde existe, y por lo tanto excluir la violencia de las relaciones entre las personas y de éstas con el Estado.
Estamos hablando, por supuesto, de políticos en el buen sentido de la palabra, civilizados y democráticos, pues también los hay inhumanos, dictadores absolutistas y totalitarios que rinden culto a la violencia y la practican en todas sus manifestaciones, inclusive las peores. “A mí no me tiembla la mano cuando tengo que matar. Gobernar exige, a veces, mancharse de sangre. Por este país he tenido que hacerlo muchas veces. Pero soy un hombre de honor”, dice el tirano de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, en la celebrada novela política histórica del escritor peruano-español Mario Vargas Llosa, “La fiesta del Chivo”.
Hacemos estas reflexiones ante la preocupación que nos causa el lenguaje agresivo que están hablando los políticos nicaragüenses -con honrosas excepciones- en vísperas del comienzo oficial de la campaña electoral. En vez de presentar propuestas de solución a los innumerables problemas sociales, económicos, ambientales, judiciales, culturales, comunales, fronterizos e internacionales, los políticos se insultan y se acusan mutuamente de los peores delitos. En realidad, a juzgar por el lenguaje de los políticos pareciera que estamos al borde de una guerra de exterminio entre enemigos implacables, irreconciliables y mortales, no en el inicio de una campaña electoral cívica y democrática.
Sin dudas que hay un salto atrás en el proceso de reconciliación nacional y un deterioro de nuestra incipiente cultura democrática. Y esta situación podría empeorar peligrosamente, si los líderes de los partidos políticos que se disputan el voto popular en las próximas elecciones no sustituyen el lenguaje confrontativo y odioso por propuestas constructivas y democráticas, y si no son capaces de unirse para disuadir a los grupos de delincuentes que siguen ensangrentando el país y tratan de legitimar sus aciones criminales con falsos argumentos y demandas políticas.
Es cierto que los líderes partidistas de Nicaragua no son, ni mucho menos, políticos aristotélicos con vocación de servicio público y disposición al sacrificio en aras del bien común. Pero son los únicos políticos que tiene una población que ha sufrido los rigores de la guerra, de las dictaduras y de la violencia en todas sus formas, y por lo tanto ellos deberían considerar que la gente necesita escuchar mensajes positivos, para tener confianza en el futuro y creer que la democracia es útil en la búsqueda de mejorar sus condiciones de vida.
Ahora bien, ante la bancarrota cívica y ética de los líderes políticos y las instituciones tradicionales, le corresponde a los medios de comunicación promover la cordura y el civismo durante la campaña electoral. Los medios informativos han aumentado su credibilidad precisamente porque, en su mayoría, dejaron de ser instrumentos de luchas ideológicas y partidistas. Nos referimos a los medios independientes, claro está, porque el periodismo politizado y partidista sigue siendo portavoz de la intolerancia y los odios extremistas.
En lo que atañe específicamente a LA PRENSA, nuestros lectores pueden tener la seguridad de que este Diario de los Nicaragüenses no es ni será instrumento de nadie. Nuestro único compromiso es con la verdad y la ecuanimidad, somos un foro para que las diversas opiniones se expresen en forma respetuosa y propositiva, queremos contribuir a la educación de los ciudadanos a fin de que éstos desarrollen una conciencia democrática y sepan escoger adecuadamente a sus gobernantes.
Por eso, porque no compartimos sus odios ni sus filias, los extremistas atacan y denigran a LA PRENSA desde la diestra y la siniestra. Según sea el caso, nos acusan de sandinistas, bolañistas o conservadoristas. Pero pueden seguir atacándonos. Nada de eso va a alterar nuestra obligación y propósito de informar con veracidad, y de no ocultar nada que sea de interés público por temor ni por fidelidad a ningún partido o candidato, sea quien sea.