Desde el punto de vista de los candidatos a cargos de elección popular, una campaña electoral es una carrera hacia el poder, y con el fin de ganarla cada uno hace y dice todo aquello que cree que lo hará llegar de primero a la meta. A veces hasta los vemos adoptar posiciones histriónicas o ridículas con el fin de ganar un poco más de simpatía. Y eso no está mal. Como bien dice el periodista y escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza: “En toda Latinoamérica, en un buen candidato hay algo o mucho de teatro, y aquel que renuncia a ese papel de representación para quedarse en la pureza rigurosa de sus programas, se expone a ser derrotado”. Eso es algo que seguramente aprendió —aunque tardíamente— el escritor Mario Vargas Llosa, cuando fue candidato a la Presidencia del Perú en 1990. Vargas Llosa presentó al electorado un programa de gobierno prácticamente inmejorable, pero es obvio que su contrincante, el ahora expatriado Alberto Fujimori —que no tenía programa que mereciera ese nombre— fue más hábil que él en la representación teatral, y por eso, en parte, llegó de primero a la meta.
Lo que no está bien es que un candidato utilice un asunto de importancia nacional para ganar simpatías en otro país. Ese es el caso, por ejemplo, del candidato a la Vicepresidencia por el Frente Sandinista, ingeniero Agustín Jarquín Anaya, quien la semana pasada en Costa Rica vertió opiniones a la prensa tica con el claro objetivo de congraciarse con el gobierno y pueblo costarricense, a expensas de un tema importante y delicado para Nicaragua. Dijo Jarquín: “Aquí lo importante no es si un policía costarricense navega con su revólver en el San Juan. El objetivo es lograr un desarrollo integral de la zona, y prevenir la actual degradación ambiental.”
Como es sabido, Costa Rica pretende que elementos de su fuerza pública puedan transitar armados en el río San Juan. Nicaragua, por razones obvias, no lo permite, y por lo tanto, es impropio que un candidato se valga de conflictos como ese para ganar simpatías, y peor aún que lo haga en suelo costarricense y de manera tal que favorece las aspiraciones de la otra parte. No cabe duda que Jarquín, un político avezado y de larga trayectoria, que cuida muy bien su vocabulario, y que por lo general piensa mucho antes de hablar, no haya estado consciente de que lo que expresó era algo que le gustaría escuchar a los costarricenses y que es contrario a la posición nacional de Nicaragua.
Cierto es que Nicaragua y Costa Rica son países hermanos que deben trabajar y vivir en armonía, y que la integración de todos los países del área —el sueño morazánico— es algo a lo que aspiramos la mayor parte de centroamericanos. Pero las diferencias que puedan existir entre los países, así como el impulso hacia la concreción del sueño de Morazán, es algo que debe tratarse con responsabilidad y serenidad en los foros adecuados y no ser manipulado con claros fines electorales.
Es evidente que Jarquín está jugando el papel que le ha asignado el Frente Sandinista, partido del cual es candidato a la Vicepresidencia. El FSLN sabe muy bien que en Costa Rica hay temor por su posible triunfo en las elecciones de este año, ya que los costarricenses consideran que pudiera afectar negativamente la estabilidad del área y provocar una nueva oleada de emigrantes hacia su país. Agustín Jarquín pretendió calmar esos temores y dijo en Costa Rica que el sandinismo ha abandonado su postura leninista, y que ha asumido la identidad socialdemócrata. Incluso para tranquilizar aún más a los costarricenses, Jarquín se presentó como candidato de una supuesta coalición de Concertación Nacional y no del Frente Sandinista.
En Nicaragua, por su parte, el diputado sandinista Edwin Castro dijo desconocer a fondo las declaraciones de Jarquín, algo a todas luces improbable. El Frente Sandinista debe ser claro en este asunto y no asumir un doble discurso. Debería por lo tanto descalificar públicamente esas declaraciones de su candidato a la Vicepresidencia, aunque el daño, a decir verdad, ya está hecho.